La brecha de esperanza de vida entre mujeres y varones no se explica solo por la biología. En la Argentina, la diferencia pasó de menos de un año en 1880 a casi siete años en 2010, según datos del Indec. Para especialistas en salud pública, los cambios en las condiciones de vida, el trabajo y los mandatos asociados a la masculinidad ayudan a entender por qué los hombres mueren antes y cuáles son los riesgos que enfrentan.

Alejandra Sánchez Cabezas, presidenta de la Asociación Argentina de Salud Pública, consideró positiva la publicación de una serie de artículos de The Lancet sobre salud masculina, pero advirtió que sus conclusiones deben leerse en contexto. La distancia entre la expectativa de vida de mujeres y varones comenzó a ampliarse en el siglo XIX, mientras que los genes no experimentaron cambios comparables en ese período.

La especialista sostuvo que la relación entre masculinidad y salud fue abordada durante décadas por los feminismos y los estudios de género latinoamericanos. En esa línea, el investigador Benno de Keijzer describió al varón como un factor de riesgo para las mujeres, para otros hombres y también para sí mismo. En la Argentina, Débora Tajer desarrolló este enfoque desde la salud colectiva.

Los mandatos de masculinidad y los riesgos para la salud

La antropóloga Rita Segato analizó la exigencia de demostrar ante los pares que se es “suficientemente hombre”, mediante la dureza, la exposición al riesgo y la falta de empatía. A ese aprendizaje lo llamó pedagogía de la crueldad, un proceso que, según Sánchez Cabezas, puede insensibilizar también frente al dolor propio.

Ese mandato, explicó la especialista, puede expresarse en conductas que afectan la salud: no ir a una consulta médica, manejar a alta velocidad, consumir alcohol en exceso o postergar el pedido de ayuda hasta que el problema se agrava. Ya a fines de la década de 1990, organismos como la UNESCO y el PNUD habían advertido que las normas de dureza podían empujar a los hombres hacia el riesgo y la violencia, y alejarlos de los servicios de salud.

Los autores de la serie señalan que la atención sanitaria a los varones, en particular a quienes viven en condiciones de marginación, ha sido escasa y desigual. La forma en que se prioriza la salud masculina depende de ideas, instituciones e intereses, además de las decisiones de gobiernos, organismos internacionales, empresas y organizaciones de la sociedad civil.

Por qué la salud masculina queda fuera de las políticas

En uno de los artículos, Sarah Hawkes y sus colegas sostienen que la limitada atención a la salud de los hombres en las agendas nacionales y globales responde a relaciones de poder, inercias institucionales y discusiones sobre el origen de las enfermedades. También advierten que ese vacío permite que actores comerciales influyan en los relatos y las políticas según intereses económicos o ideológicos.

“La escasa atención que reciben los hombres en las agendas globales y nacionales refleja cómo opera el poder a través de ideas e instituciones, lo que contribuye a la confusión entre género y mujeres, a la inercia institucional y a la disputa entre explicaciones individuales y estructurales de la enfermedad. Esto abrió un espacio en el que los actores comerciales moldean los relatos e influyen en la salud de los hombres en función de intereses económicos o ideológicos”, afirman Sarah Hawkes y sus colegas.

Los investigadores describen una paradoja: durante siglos, la medicina estuvo dominada por hombres y el cuerpo masculino se utilizó como referencia para diseñar ensayos clínicos. Sin embargo, las necesidades específicas de salud de los varones, sus patrones de riesgo y sus formas de pedir ayuda siguen siendo puntos ciegos de las políticas sanitarias. Ese modelo de investigación perjudicó a las mujeres y, al mismo tiempo, no indagó qué problemas afectaban particularmente a los hombres tomados como referencia.

Entre los obstáculos conceptuales, el estudio identifica el uso frecuente de “género” como sinónimo de “mujeres” y un enfoque que atribuye la mala salud a decisiones individuales, sin considerar suficientemente el contexto socioeconómico y cultural. También señala que la percepción de los hombres como grupo aventajado puede restar atención a daños graves y sostenidos. Como ejemplo, menciona las altas tasas de suicidio entre hombres blancos de Estados Unidos, un problema que, según los autores, recibiría mayor prioridad si se evaluara con otros criterios de muertes evitables.

Instituciones y estrategias de salud para los varones

La salud masculina suele abordarse desde las masculinidades y, al mismo tiempo, existe preocupación por que destinar recursos a los hombres reduzca los fondos para la salud de las mujeres, que tardó en incorporarse a las agendas. En el plano institucional, los autores describen una estructura limitada: no hay organismos multilaterales con un mandato específico para coordinar la salud masculina y la Organización Mundial de la Salud carece de un enfoque poblacional sobre el tema.

La única estrategia regional de la OMS mencionada en el análisis fue publicada por su oficina para Europa en 2018. Además, el Objetivo de Desarrollo Sostenible sobre igualdad de género incluye a los varones de manera marginal. En muchos países existen áreas ministeriales dedicadas a la salud de las mujeres, aunque suelen concentrarse en aspectos reproductivos y maternos.

Los autores también advierten que la presencia de hombres en numerosos cargos de decisión no alcanza para impulsar cambios. Faltan incentivos, capital político y una demanda organizada de la sociedad civil. Irlanda, Brasil y Australia figuran entre los países que buscaron poner la salud masculina en el centro de sus políticas, y fueron analizados en detalle.

Irlanda y Brasil, experiencias con enfoques diferentes

En Irlanda, una extensa ronda de consultas permitió apartarse de visiones esencialistas y contemplar la diversidad de experiencias masculinas. El proceso incluyó a hombres desempleados, agricultores, integrantes de minorías étnicas y hombres gays, bisexuales o trans.

En Brasil, la política se impulsó con el respaldo de organizaciones sociales y académicas, junto con la participación de urólogos y de la industria farmacéutica. Estos actores instalaron la salud sexual y la próstata como vías de entrada al tema. El enfoque recibió críticas por la medicalización del cuerpo masculino y por concentrar demasiada atención en un solo órgano. La información disponible sobre el análisis de estos casos no detalla aquí los resultados correspondientes a Australia.