INFORME DE IMPACTO CASTEX
Averiguaciones de la redacción sobre los costos, los aportes y el destino de los vehículos del operativo papal
Papamóvil, colecta y decretos sin montos: quién paga qué en la visita del Papa a la Argentina
Dos Hilux acondicionadas que entrega Toyota, una colecta en las parroquias, empresarios que aportan y figuran en la web oficial, seguridad y aviones a cargo del Estado. Un informe para entender el operativo económico detrás de la llegada de León XIV, en un viaje donde nadie publica la cuenta.
Cuando el papa León XIV baje del avión el domingo 8 de noviembre y se suba a la camioneta que lo va a llevar por Luján, por Buenos Aires o por Córdoba, lo va a hacer arriba de una Toyota Hilux. Blanca, con barandas y plataforma trasera, preparada para que pueda pararse y saludar. No es un auto oficial, no es un blindado, no sale de ninguna partida del Estado: son dos unidades que entrega Toyota Argentina, una para la provincia de Buenos Aires y otra para Córdoba, y que llegaron a la organización por la buena relación de algunos obispos con directivos de la planta de Campana.
La escena sirve para entrarle a una pregunta que se repite en cada rincón del país estos días y que casi nunca se responde en voz alta: ¿quién paga la visita del Papa?
El Papa no le pasa la factura al país que lo recibe
Lo primero que hay que desarmar es la confusión más común. Un viaje papal no funciona como una visita de jefe de Estado tradicional, donde el país anfitrión pone el hotel, el auto y la cena. La Santa Sede se hace cargo de su propia estructura: mover al séquito, sostener la organización del viaje, cubrir lo que le corresponde. Y en la Argentina, además, la Iglesia salió a juntar fondos con una colecta nacional en todas las misas del 22 y 23 de agosto y con una plataforma digital de donaciones.
El Estado, en todo caso, aporta lo que aporta cualquier país que recibe a un jefe de Estado: seguridad, ceremonial y logística. Nada más, y nada menos.
La cuenta, entonces, se reparte en varios bolsillos y ninguno la cubre entera. El Vaticano pone su parte. La Iglesia argentina junta la suya. Las empresas colaboran con dinero o con insumos. La Nación aporta seguridad, equipos de transmisión televisiva y vuelos de Aerolíneas Argentinas. La Ciudad, la provincia de Buenos Aires y Córdoba se hacen cargo de los actos que se desarrollan en su territorio. El papamóvil, en ese esquema, es una donación en especie: no lo paga la ciudadanía.
Por qué se armó la discusión por Fiat
Apenas se conoció que el Papa iba a viajar en una Hilux, en el sector automotor se levantó una pregunta con algo de fastidio: ¿cómo el Sumo Pontífice va a andar en una camioneta japonesa en su propia tierra?
El argumento tiene peso, y no es solo sentimental. Fiat es la marca con más historia industrial en la Argentina después de haber sido símbolo de la producción nacional: la planta de Ferreyra, en Córdoba, fabricó durante décadas los modelos que motorizaron a generaciones enteras. Además es italiana, del mismo país que el Vaticano, y el papamóvil más famoso de la historia fue justamente un Fiat: el descapotado en el que Juan Pablo II recibió los disparos de Ali Agca en 1981, en la Plaza de San Pedro.
Pero hay tres datos que explican por qué la balanza se inclinó para el otro lado. El primero, que la Hilux no es un vehículo importado: se fabrica en la planta de Zárate, con trabajadores argentinos, desde 1997, y es el modelo más producido en toda la historia de la industria automotriz nacional. El segundo, que las adaptaciones no las hizo una empresa de afuera: las hicieron empleados de la propia terminal, en Zárate y en Córdoba, siguiendo las especificaciones de seguridad que fijó el Vaticano. El tercero, que Fiat dejó de producir en el país en 2002: hoy sus modelos llegan desde Brasil y la marca pertenece al grupo Stellantis. Pedirle a Fiat el papamóvil en 2026 es pedirle a una marca que ya casi no fabrica acá.
