Todos los sábados del Festival Nacional de Folklore de Cosquín se extienden hasta que el sol se asoma en el Pan de Azúcar e ilumina las butacas amarillas y grises de la plaza Próspero Molina. Todo gracias a “la manija” de los músicos y espectadores que mantienen viva la tradición de la cacharpaya.
La cacharpaya es una palabra de origen quechua que significa despedida o despedirse. Se trata de una danza y fiesta folklórica tradicional de la región andina, que abarca el norte de Chile (específicamente las regiones de Tarapacá y de Antofagasta), Argentina, Bolivia y Perú.
Es una expresión de origen precolombino que pertenece a la familia del género huayno. Su función principal es marcar el cierre de las festividades, como el Carnaval, o despedir a personas que emprenden un viaje o peregrinación, simbolizando la unión comunitaria.
Según la región, la cacharpaya puede referirse a una danza colectiva en la que los participantes forman hileras tomados de la mano o parejas mixtas tomadas del brazo, creando figuras de caracol, de círculos y de formas serpenteadas; o a la música propiamente dicha, interpretada con instrumentos tradicionales como zampoña, quena, tarka, bombo y, en ocasiones, trompeta y trombón.
La cacharpaya de Cosquín
En el caso de Cosquín, la cacharpaya es “el after folk” de la primera y octava luna, es decir, los dos sábados que abarca el festival. Después del número principal, se abre una grilla especial que incluye a artistas de todas partes del país que traen las mejores canciones folklóricas para seguir la fiesta con los que tienen energía y aún no quieren volver a casa.
Consultados por este medio, “los fiesteros +40” que se criaron yendo a Cosquín recuerdan quedarse en las cacharpayas hasta que los cuidadores de la plaza los echaban, pero la celebración no terminaba allí, ya que todos iban directo al balneario de La Toma y sólo se volvían a sus casa cuando el cuerpo decía basta.
Hoy en día, algunos siguen manteniendo esa tradición, ya sea en el río o en alguna peña aledaña.
El sábado pasado, esta cronista se quedó por primera vez a este after para conocer de primera mano cómo se vive esta tradición.
Se presentaron Los Duarte, Emilio Morales, Silvana Casavalle, Kimsa Juy, Maxi Acosta, Laura Gómez Weisz y Agustín Toro.
El desafío máximo es aguantar hasta, por lo menos, ver salir el sol por detrás del Pan de Azúcar. Cuando eso sucede, no hay suficientes palabras para describir semejante belleza. La plaza se va iluminando hasta que las luces artificiales ya no surten efecto y la gente sigue escuchando o bailando como si recién arrancara todo.
El mate, fiel compañero a cualquier hora
Mientras tanto, el equipo de limpieza de la plaza va levantando la basura que quedó de la velada (que lamentablemente es mucha) y deja todo listo para la noche siguiente.
Uno podría pensar que muchos se quedan tomando bebidas espirituosas de todo tipo, pero lo que más circula es el mate. Si nos conocemos o no, poco importa, ya que lo que vale es compartir.
Además, las puertas se abren para que los que quedaron sin entrada o estaban cerca y quieren seguir de joda con buena música puedan continuar la fiesta.
Es divertido ver esos contrastes tan propios de la madrugada. Sea con el compañero que fuere, las y los asistentes se quedan admirando la calidad de los artistas que llegan a la cacharpaya e incluso a conocer nuevos talentos que pisan el escenario por primera vez.
Desde hace años, el tucumano Juanjo Abregú fue figura central en esta fiesta y con su música levantaba hasta los muertos. En esta edición, el músico consiguió entrar a la grilla principal, todo un orgullo para sus pagos.
Para ir a la cacharpaya
Este sábado 31, después de la histórica conmemoración que será Soledad Pastorutti y sus 30 años de trayectoria, Lucas Cáceres, Raza y Barro, Magali Gómez, Julián Oderiz, Melina Cabocota, Sacheros Dúo y Rodolfo Salar prometen una mañana llena de chacareras, huaynos y carnavalitos, entre otros géneros, para ir cerrando la 66ª edición de Cosquín.
Todos los sábados del Festival Nacional de Folklore de Cosquín se extienden hasta que el sol se asoma en el Pan de Azúcar e ilumina las butacas amarillas y grises de la plaza Próspero Molina. Todo gracias a “la manija” de los músicos y espectadores que mantienen viva la tradición de la cacharpaya.La cacharpaya es una palabra de origen quechua que significa despedida o despedirse. Se trata de una danza y fiesta folklórica tradicional de la región andina, que abarca el norte de Chile (específicamente las regiones de Tarapacá y de Antofagasta), Argentina, Bolivia y Perú.Es una expresión de origen precolombino que pertenece a la familia del género huayno. Su función principal es marcar el cierre de las festividades, como el Carnaval, o despedir a personas que emprenden un viaje o peregrinación, simbolizando la unión comunitaria.Según la región, la cacharpaya puede referirse a una danza colectiva en la que los participantes forman hileras tomados de la mano o parejas mixtas tomadas del brazo, creando figuras de caracol, de círculos y de formas serpenteadas; o a la música propiamente dicha, interpretada con instrumentos tradicionales como zampoña, quena, tarka, bombo y, en ocasiones, trompeta y trombón.La cacharpaya de CosquínEn el caso de Cosquín, la cacharpaya es “el after folk” de la primera y octava luna, es decir, los dos sábados que abarca el festival. Después del número principal, se abre una grilla especial que incluye a artistas de todas partes del país que traen las mejores canciones folklóricas para seguir la fiesta con los que tienen energía y aún no quieren volver a casa.Consultados por este medio, “los fiesteros +40” que se criaron yendo a Cosquín recuerdan quedarse en las cacharpayas hasta que los cuidadores de la plaza los echaban, pero la celebración no terminaba allí, ya que todos iban directo al balneario de La Toma y sólo se volvían a sus casa cuando el cuerpo decía basta. Hoy en día, algunos siguen manteniendo esa tradición, ya sea en el río o en alguna peña aledaña.El sábado pasado, esta cronista se quedó por primera vez a este after para conocer de primera mano cómo se vive esta tradición. Se presentaron Los Duarte, Emilio Morales, Silvana Casavalle, Kimsa Juy, Maxi Acosta, Laura Gómez Weisz y Agustín Toro.El desafío máximo es aguantar hasta, por lo menos, ver salir el sol por detrás del Pan de Azúcar. Cuando eso sucede, no hay suficientes palabras para describir semejante belleza. La plaza se va iluminando hasta que las luces artificiales ya no surten efecto y la gente sigue escuchando o bailando como si recién arrancara todo.El mate, fiel compañero a cualquier horaMientras tanto, el equipo de limpieza de la plaza va levantando la basura que quedó de la velada (que lamentablemente es mucha) y deja todo listo para la noche siguiente.Uno podría pensar que muchos se quedan tomando bebidas espirituosas de todo tipo, pero lo que más circula es el mate. Si nos conocemos o no, poco importa, ya que lo que vale es compartir. Además, las puertas se abren para que los que quedaron sin entrada o estaban cerca y quieren seguir de joda con buena música puedan continuar la fiesta.Es divertido ver esos contrastes tan propios de la madrugada. Sea con el compañero que fuere, las y los asistentes se quedan admirando la calidad de los artistas que llegan a la cacharpaya e incluso a conocer nuevos talentos que pisan el escenario por primera vez.Desde hace años, el tucumano Juanjo Abregú fue figura central en esta fiesta y con su música levantaba hasta los muertos. En esta edición, el músico consiguió entrar a la grilla principal, todo un orgullo para sus pagos.Para ir a la cacharpayaEste sábado 31, después de la histórica conmemoración que será Soledad Pastorutti y sus 30 años de trayectoria, Lucas Cáceres, Raza y Barro, Magali Gómez, Julián Oderiz, Melina Cabocota, Sacheros Dúo y Rodolfo Salar prometen una mañana llena de chacareras, huaynos y carnavalitos, entre otros géneros, para ir cerrando la 66ª edición de Cosquín. La Voz

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