A favor: Si se calla el cantor…
Noelia Maldonado
Javier Milei se subió al escenario Martín Fierro de Jesús María para cantar junto al Chaqueño Palavecino y terminó de encender la mecha de la polémica en la temporada de festivales.
De ahora en más, a partir del excelente recibimiento que le dio el folklorista al Presidente no pocos asociarán al músico con el libertario, un riesgo que ya han corrido otros artistas con otros políticos con suertes muy diversas. Ejemplos sobran y no vale la pena mencionarlos ahora.
No hay nada cuestionable en apoyar tal o cual gobierno porque los artistas son, ante todo, ciudadanos. Por otro lado, no existe eso del “arte apolítico”, todo mensaje artístico conlleva una forma de ver y estar en el mundo que, por ende, es político.
Lo complicado es cuando se considera a la política como netamente partidaria y cuando se confunde el disenso con la ofensa. La democracia es, justamente, una herramienta para que cada cual pueda emitir su palabra sin riesgo de represalias.
En un mundo cada vez más polarizado, no asombran los posicionamientos férreos y, teniendo en cuenta la situación por la que está pasando la industria cultural del país, tampoco sorprende que muchos músicos se manifiesten en contra de un gobierno que los tomó de punto en su llamada “batalla cultural”.
A esta altura no debería escandalizarnos que un artista use el escenario para decir lo que piensa puesto que ese es su momento para alzar la voz.
Lo que sí debería ser motivo de escándalo es que un Presidente cante a los gritos en un espectáculo humorístico mientras los bosques patagónicos se incendian sin control y sin la correspondiente ayuda estatal.
Al artista podemos o no pagarle una entrada o dejarlo de seguir si sus valores no nos interpelan, a los funcionarios públicos, en cambio, les pagamos sus sueldos para que se encarguen de la “casa común” no para que entretengan a las masas con un acto artísticamente bochornoso.
En contra: La trampa de la emboscada
Federico Giammaría
Subirse a un escenario no es un derecho. Es un privilegio. Y ese privilegio existe por una sola razón: hay alguien abajo que pagó una entrada, hizo una fila, organizó su vida y fue a ver un espectáculo. No fue a militar por un político. Fue a escuchar música. Eso convierte al escenario en un espacio sagrado. No por el artista, sino por el público.
Lo ocurrido en Jesús María con Javier Milei y en Cosquín con Luciana Jury vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que no tiene, quizá, una respuesta única. ¿Hasta dónde llega la libertad del artista y dónde empieza el derecho del espectador? Porque incluso si hubiera, en ese público, una sola persona que compró su entrada para escuchar cantar, sin consignas, esa persona merece respeto. Y no es una concesión, es la base del contrato implícito con el artista.
Cuando un espectáculo se convierte, sin aviso previo, en un acto político lo que ocurre no es una expresión valiente. Es una emboscada. El público no fue advertido. Y ahí queda atrapado incluso quien coincide con el mensaje, porque el problema no es el contenido, sino el método.
La política, cualquiera, tiene sus espacios, tiempos y reglas. Nadie niega que el escenario no es neutro, pero tampoco es un comité.
Para algunos artistas, confundir visibilidad con legitimidad es un error frecuente (ya lo dijo Ricky Gervais: los artistas “no están en posición de dar lecciones al público”) y tener un micrófono no vuelve sagrado al mensaje. En todo caso, lo vuelve más exigente. Porque el poder simbólico obliga a medir cada palabra. Especialmente, porque el artista habla desde un lugar prestado por el público.
Si el show es partidario, que se diga antes de vender las entradas. Y si no, que la música haga lo de siempre: con canciones, unir a personas distintas bajo una misma emoción. Todo lo demás es abuso de escenario. Y el escenario, porque importa, no se mancha.
A favor: Si se calla el cantor…Noelia MaldonadoJavier Milei se subió al escenario Martín Fierro de Jesús María para cantar junto al Chaqueño Palavecino y terminó de encender la mecha de la polémica en la temporada de festivales.De ahora en más, a partir del excelente recibimiento que le dio el folklorista al Presidente no pocos asociarán al músico con el libertario, un riesgo que ya han corrido otros artistas con otros políticos con suertes muy diversas. Ejemplos sobran y no vale la pena mencionarlos ahora.No hay nada cuestionable en apoyar tal o cual gobierno porque los artistas son, ante todo, ciudadanos. Por otro lado, no existe eso del “arte apolítico”, todo mensaje artístico conlleva una forma de ver y estar en el mundo que, por ende, es político. Lo complicado es cuando se considera a la política como netamente partidaria y cuando se confunde el disenso con la ofensa. La democracia es, justamente, una herramienta para que cada cual pueda emitir su palabra sin riesgo de represalias.En un mundo cada vez más polarizado, no asombran los posicionamientos férreos y, teniendo en cuenta la situación por la que está pasando la industria cultural del país, tampoco sorprende que muchos músicos se manifiesten en contra de un gobierno que los tomó de punto en su llamada “batalla cultural”. A esta altura no debería escandalizarnos que un artista use el escenario para decir lo que piensa puesto que ese es su momento para alzar la voz. Lo que sí debería ser motivo de escándalo es que un Presidente cante a los gritos en un espectáculo humorístico mientras los bosques patagónicos se incendian sin control y sin la correspondiente ayuda estatal.Al artista podemos o no pagarle una entrada o dejarlo de seguir si sus valores no nos interpelan, a los funcionarios públicos, en cambio, les pagamos sus sueldos para que se encarguen de la “casa común” no para que entretengan a las masas con un acto artísticamente bochornoso. View this post on Instagram En contra: La trampa de la emboscadaFederico GiammaríaSubirse a un escenario no es un derecho. Es un privilegio. Y ese privilegio existe por una sola razón: hay alguien abajo que pagó una entrada, hizo una fila, organizó su vida y fue a ver un espectáculo. No fue a militar por un político. Fue a escuchar música. Eso convierte al escenario en un espacio sagrado. No por el artista, sino por el público.Lo ocurrido en Jesús María con Javier Milei y en Cosquín con Luciana Jury vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que no tiene, quizá, una respuesta única. ¿Hasta dónde llega la libertad del artista y dónde empieza el derecho del espectador? Porque incluso si hubiera, en ese público, una sola persona que compró su entrada para escuchar cantar, sin consignas, esa persona merece respeto. Y no es una concesión, es la base del contrato implícito con el artista.Cuando un espectáculo se convierte, sin aviso previo, en un acto político lo que ocurre no es una expresión valiente. Es una emboscada. El público no fue advertido. Y ahí queda atrapado incluso quien coincide con el mensaje, porque el problema no es el contenido, sino el método. La política, cualquiera, tiene sus espacios, tiempos y reglas. Nadie niega que el escenario no es neutro, pero tampoco es un comité.Para algunos artistas, confundir visibilidad con legitimidad es un error frecuente (ya lo dijo Ricky Gervais: los artistas “no están en posición de dar lecciones al público”) y tener un micrófono no vuelve sagrado al mensaje. En todo caso, lo vuelve más exigente. Porque el poder simbólico obliga a medir cada palabra. Especialmente, porque el artista habla desde un lugar prestado por el público.Si el show es partidario, que se diga antes de vender las entradas. Y si no, que la música haga lo de siempre: con canciones, unir a personas distintas bajo una misma emoción. Todo lo demás es abuso de escenario. Y el escenario, porque importa, no se mancha. La Voz

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