Hamnet, una de las películas más nominadas y premiadas del año, está dirigida por Chloé Zhao a partir de la novela homónima de Maggie O’Farrell. En ella, Paul Mescal encarna a un William Shakespeare anterior a la consagración.

En conversación con La Voz, el actor reflexiona sobre una película que se aparta del modelo biográfico para indagar en el enigma que vincula la muerte de un ser querido con el nacimiento de Hamlet, una de las obras fundacionales de Shakespeare.

−En “Hamnet”, William Shakespeare, Will, es una figura deliberadamente lateral, casi borrada. No ocupa el centro del relato y, sin embargo, su ausencia lo organiza todo. ¿Cómo pensaron la construcción del personaje?

−La ausencia fue siempre el punto de partida, no un problema por resolver. En el libro, Will está mucho más corrido del centro que en la película, pero Chloé no quiso corregir eso, sino traducirlo al lenguaje del cine. La idea inicial fue pensar la película como dos momentos muy claros. El primero es la construcción del amor entre Agnes y Will, y ese pequeño mundo que arman juntos, casi como un refugio, en un pueblo alejado de todo. Cuando la película entra en su segunda mitad, todo se desarma, y es ahí donde la ausencia de Will se vuelve más evidente. Me interesaba que su partida a Londres no se leyera como una huida, sino como una imposibilidad. Will no se va porque quiere irse, se va porque no puede quedarse. Hay algo muy específico en la manera en que el duelo lo clausura y no encuentra espacio para expresar lo que siente. Agnes, en cambio, tiene una relación más volcánica con el dolor, más inmediata. Desde el inicio está muy conectada con su cuerpo. En cambio, él queda atrapado en su cabeza. Esa ausencia se vuelve brutal para quienes lo rodean, pero también necesaria para que él pueda procesar lo ocurrido.

−Esas largas estadías en Londres, lejos de su familia, corresponden a un momento temprano en que Shakespeare no parece consciente de su propio genio. ¿Cómo se trabaja un personaje tan grandilocuente para la historia, pero que aún no ha dado ni sus primeros pasos?

−Will aún no es Shakespeare. Es un hombre que necesita que Agnes le diga que tiene que irse a la capital, que tiene que escribir, que hay algo en él que necesita salir. Algo en él que sólo ella ve. Para mí, el arte no nace del ego, sino de una relación profunda con la vida, y también con la muerte. Su grandeza como escritor no está separada de su capacidad de amar, de ser padre, de perder. Su humanidad, y Agnes, por supuesto, son lo que lo vuelven extraordinario.

−La película traza un recorrido emocional muy claro, de la plenitud del amor a la devastación de la pérdida y lo que sucede después. ¿Cómo fue atravesar ese arco durante el rodaje?

−Fue un proceso profundamente exigente, tanto emocional como físicamente. Rodamos la película casi en orden cronológico, y eso marcó mucho la experiencia. El primer mes, estuvimos inmersos en la historia de amor entre Agnes y Will, correr por el bosque, construir esa intimidad, sentir que esa familia era el centro del mundo. Fue un tiempo luminoso, casi suspendido, y entendimos muy pronto que esa felicidad no era un prólogo decorativo, sino la condición de posibilidad de la tragedia. Si el público no cree en ese amor, si no siente que ahí hay algo vivo y verdadero, entonces no hay nada que perder después. Lo duro fue el corte. Cuando terminamos de rodar ese mundo, yo tuve una semana libre y Jessie entró directamente en las escenas más extremas de su personaje, Agnes. Recuerdo estar solo en una habitación de hotel, en un espacio completamente despersonalizado, y pensar que el rodaje estaba imitando la vida de una forma cruel porque yo también estaba ausente. Fue deliberado porque era fundamental que yo, actor, tanto como Will, personaje, no tuviéramos imágenes de lo que realmente estaba pasando. Volver al set y enfrentarme con lo que sucedía en esa escena (que es la más dolorosa de la película) fue uno de los días más extremos que he vivido trabajando. Y también reafirmé algo en lo que creo profundamente: que el arte no es un lujo, es una necesidad. El arte aparece cuando el lenguaje cotidiano no alcanza. Si tengo una religión, es el arte. Para mí ha sido una forma de salvación.

−Chloé Zhao trabaja desde una dirección poco convencional. ¿Cómo influyó eso en tu forma de actuar?

−Chloé es la directora más espiritual con la que he trabajado. A ella le interesa el cuerpo antes que la palabra, el sentimiento antes que el texto. Además, ella es de China y su lengua materna no es el inglés, y mucho menos el inglés antiguo. Tampoco le interesaba aprenderlo en términos semánticos o gramaticales. Lo que sí le interesaba era que conectáramos con el afecto, con el sentimiento de las escenas.

−Lo que mencionás puede verse en una escena clave, durante un ensayo teatral donde Will pierde la paciencia con los actores. ¿Verdad?

−Exactamente. Esa escena no estaba en el primer guion. Chloé quiso mostrar a Will como director, no sólo como dramaturgo. Para mí, ahí aparece algo esencial cuando en ese ensayo les reclama a los actores que sólo están diciendo las palabras. Está hablando de la necesidad de que el dolor venga del cuerpo, del estómago, no de la cabeza. Es un momento muy cercano a la desesperación. Y para mí fue uno de los aspectos más conmovedores del proceso porque me hizo replantear mi relación con el arte. Muchas veces admiramos la técnica, el lenguaje, la poesía, pero olvidamos que detrás hay una experiencia humana radical. El genio de Shakespeare está en su capacidad de ofrecer su dolor al mundo y hacer de él un espacio donde caben todos.

Para ver Hamnet

Reino Unido, EE.UU., 2025. Guion: Chloé Zhao y Maggie O’Farrell. Dirección: Chloé Zhao. Con: Jessie Buckley, Paul Mescal y Zac Wishart. Duración: 125 minutos. Clasificación: apta para mayores de 13 años. En cines.

​Hamnet, una de las películas más nominadas y premiadas del año, está dirigida por Chloé Zhao a partir de la novela homónima de Maggie O’Farrell. En ella, Paul Mescal encarna a un William Shakespeare anterior a la consagración. En conversación con La Voz, el actor reflexiona sobre una película que se aparta del modelo biográfico para indagar en el enigma que vincula la muerte de un ser querido con el nacimiento de Hamlet, una de las obras fundacionales de Shakespeare.−En “Hamnet”, William Shakespeare, Will, es una figura deliberadamente lateral, casi borrada. No ocupa el centro del relato y, sin embargo, su ausencia lo organiza todo. ¿Cómo pensaron la construcción del personaje? −La ausencia fue siempre el punto de partida, no un problema por resolver. En el libro, Will está mucho más corrido del centro que en la película, pero Chloé no quiso corregir eso, sino traducirlo al lenguaje del cine. La idea inicial fue pensar la película como dos momentos muy claros. El primero es la construcción del amor entre Agnes y Will, y ese pequeño mundo que arman juntos, casi como un refugio, en un pueblo alejado de todo. Cuando la película entra en su segunda mitad, todo se desarma, y es ahí donde la ausencia de Will se vuelve más evidente. Me interesaba que su partida a Londres no se leyera como una huida, sino como una imposibilidad. Will no se va porque quiere irse, se va porque no puede quedarse. Hay algo muy específico en la manera en que el duelo lo clausura y no encuentra espacio para expresar lo que siente. Agnes, en cambio, tiene una relación más volcánica con el dolor, más inmediata. Desde el inicio está muy conectada con su cuerpo. En cambio, él queda atrapado en su cabeza. Esa ausencia se vuelve brutal para quienes lo rodean, pero también necesaria para que él pueda procesar lo ocurrido.−Esas largas estadías en Londres, lejos de su familia, corresponden a un momento temprano en que Shakespeare no parece consciente de su propio genio. ¿Cómo se trabaja un personaje tan grandilocuente para la historia, pero que aún no ha dado ni sus primeros pasos?−Will aún no es Shakespeare. Es un hombre que necesita que Agnes le diga que tiene que irse a la capital, que tiene que escribir, que hay algo en él que necesita salir. Algo en él que sólo ella ve. Para mí, el arte no nace del ego, sino de una relación profunda con la vida, y también con la muerte. Su grandeza como escritor no está separada de su capacidad de amar, de ser padre, de perder. Su humanidad, y Agnes, por supuesto, son lo que lo vuelven extraordinario. −La película traza un recorrido emocional muy claro, de la plenitud del amor a la devastación de la pérdida y lo que sucede después. ¿Cómo fue atravesar ese arco durante el rodaje? −Fue un proceso profundamente exigente, tanto emocional como físicamente. Rodamos la película casi en orden cronológico, y eso marcó mucho la experiencia. El primer mes, estuvimos inmersos en la historia de amor entre Agnes y Will, correr por el bosque, construir esa intimidad, sentir que esa familia era el centro del mundo. Fue un tiempo luminoso, casi suspendido, y entendimos muy pronto que esa felicidad no era un prólogo decorativo, sino la condición de posibilidad de la tragedia. Si el público no cree en ese amor, si no siente que ahí hay algo vivo y verdadero, entonces no hay nada que perder después. Lo duro fue el corte. Cuando terminamos de rodar ese mundo, yo tuve una semana libre y Jessie entró directamente en las escenas más extremas de su personaje, Agnes. Recuerdo estar solo en una habitación de hotel, en un espacio completamente despersonalizado, y pensar que el rodaje estaba imitando la vida de una forma cruel porque yo también estaba ausente. Fue deliberado porque era fundamental que yo, actor, tanto como Will, personaje, no tuviéramos imágenes de lo que realmente estaba pasando. Volver al set y enfrentarme con lo que sucedía en esa escena (que es la más dolorosa de la película) fue uno de los días más extremos que he vivido trabajando. Y también reafirmé algo en lo que creo profundamente: que el arte no es un lujo, es una necesidad. El arte aparece cuando el lenguaje cotidiano no alcanza. Si tengo una religión, es el arte. Para mí ha sido una forma de salvación. −Chloé Zhao trabaja desde una dirección poco convencional. ¿Cómo influyó eso en tu forma de actuar?−Chloé es la directora más espiritual con la que he trabajado. A ella le interesa el cuerpo antes que la palabra, el sentimiento antes que el texto. Además, ella es de China y su lengua materna no es el inglés, y mucho menos el inglés antiguo. Tampoco le interesaba aprenderlo en términos semánticos o gramaticales. Lo que sí le interesaba era que conectáramos con el afecto, con el sentimiento de las escenas.−Lo que mencionás puede verse en una escena clave, durante un ensayo teatral donde Will pierde la paciencia con los actores. ¿Verdad?−Exactamente. Esa escena no estaba en el primer guion. Chloé quiso mostrar a Will como director, no sólo como dramaturgo. Para mí, ahí aparece algo esencial cuando en ese ensayo les reclama a los actores que sólo están diciendo las palabras. Está hablando de la necesidad de que el dolor venga del cuerpo, del estómago, no de la cabeza. Es un momento muy cercano a la desesperación. Y para mí fue uno de los aspectos más conmovedores del proceso porque me hizo replantear mi relación con el arte. Muchas veces admiramos la técnica, el lenguaje, la poesía, pero olvidamos que detrás hay una experiencia humana radical. El genio de Shakespeare está en su capacidad de ofrecer su dolor al mundo y hacer de él un espacio donde caben todos. Para ver Hamnet Reino Unido, EE.UU., 2025. Guion: Chloé Zhao y Maggie O’Farrell. Dirección: Chloé Zhao. Con: Jessie Buckley, Paul Mescal y Zac Wishart. Duración: 125 minutos. Clasificación: apta para mayores de 13 años. En cines.  La Voz

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