La especialista en convivencia escolar Ana Campelo, autora del libro “Bullying y criminalización de la infancia”, lanzó una fuerte advertencia sobre cómo se interpretan hoy los hechos de violencia en el ámbito educativo, al señalar que existe una tendencia a sobredimensionar el bullying como explicación, mientras se desatiende una problemática más profunda: la salud mental de niños y adolescentes.
“Hoy el bullying funciona como un comodín para explicar lo inexplicable. Son miradas perezosas que taponan la reflexión”, afirmó, marcando una crítica directa a ciertos enfoques simplistas que buscan respuestas rápidas sin profundizar en las causas.
En esa línea, remarcó que en los últimos años creció la judicialización de los conflictos escolares, incluso entre chicos de corta edad. “Cuando la vía judicial es el atajo, hay una vía que no se recorre, que es la pedagógica. Ese es el lugar de la escuela: enseñar a vincularnos”, explicó, destacando el rol formativo de las instituciones educativas.
Campelo también puso en cuestión los discursos que tienden a criminalizar la infancia y estigmatizar a los jóvenes, sobre todo tras episodios recientes de violencia, como el ocurrido en una escuela de Santa Fe. En ese sentido, insistió en que no todos los casos pueden ser encuadrados como bullying.
“Es tan antiguo como la escuela misma. Antes lo llamábamos ‘tomar de punto’”, señaló, al tiempo que indicó que no hay estadísticas concluyentes que demuestren un aumento del fenómeno, aunque sí reconoció que en la última década ganó visibilidad.
Asimismo, aclaró que no toda situación violenta constituye bullying, ya que este implica agresiones repetidas y sostenidas en el tiempo hacia una misma persona.
En paralelo, advirtió sobre distintas formas de violencia cotidiana que muchas veces se naturalizan, como la discriminación, la exclusión o los malos tratos entre pares, y consideró que la escuela continúa siendo un espacio clave para intervenir en estas problemáticas.
“La escuela tiene herramientas, pero no hay soluciones mágicas ni protocolos que garanticen resultados. Cada situación requiere una intervención particular”, sostuvo, aunque admitió que en ocasiones las instituciones no logran advertir a tiempo los conflictos o responden de manera insuficiente.
Uno de los ejes centrales de su análisis fue el impacto que dejó la pandemia en los jóvenes. “Los chicos fueron víctimas ocultas. Hay efectos de malestar que todavía persisten”, afirmó, vinculando esta situación con un contexto social más amplio de vulnerabilidad y con el retroceso del Estado en políticas de bienestar.
También hizo hincapié en el debilitamiento del lazo social. “La violencia irrumpe en sociedades más fragmentadas”, señaló.
Respecto a los vínculos actuales, explicó que el uso de entornos digitales transformó la forma de relacionarse entre los jóvenes y puede intensificar los conflictos. “Cuando el otro está detrás de una pantalla, se vuelve más difícil dimensionar el daño que podemos causar. Eso favorece la impulsividad y reduce la reflexión”, indicó.
Además, mencionó problemáticas como la difusión de imágenes íntimas o la sobreexposición en redes sociales, situaciones que luego tienen impacto directo en la vida escolar.
Por otra parte, insistió en que la responsabilidad no debe recaer únicamente sobre la escuela. “Es una cuestión de corresponsabilidad. No sirve buscar culpables, sino entender qué nos está pasando como sociedad”, afirmó.
En ese marco, alertó también sobre la validación social de respuestas violentas. “Hay discursos que alientan la venganza, y eso es muy preocupante”, expresó.
Finalmente, dejó una reflexión que resume su mirada: “No es prioridad del gobierno, pero tampoco de la sociedad. Estamos sobredimensionando el bullying y subestimando la salud mental”, concluyó.
Fuente: Diario Textual

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