Si los empates no se festejan, Lanús al menos se puede ir conforme del Florencio Sola: aunque no logró acortar la distancia que le lleva Banfield en el historial, se queda con el gustito de aguarle la fiesta al local, que ganaba el partido y no pudo sostenerlo. El clásico del Sur quedó vacante y el 1 a 1 es el resultado más fiel al desarrollo del partido.

Banfield consiguió el gol después de algunos tiro de mediano riesgo. De los dos equipos, era el que tenía la pelota y jugaba más cerca del arco rival. Por eso cuando Adrián Balboa cruzó el centro que le envió Lautaro Gómez sin que Nahuel Losada pudiera evitar que entrara, el entrenador de Lanús Mauricio Pellegrino se mostró con fastidio. El estadio, entero verdiblanco, veía el espectáculo que más le gustaba.

El Granate no había llegado con tanta claridad como lo había hecho el Taladro y aunque comenzó a tener la pelota y cruzó la línea del medio, no exigió Diego Rodríguez durante el primer tiempo. Casi que salió a jugar el clásico en la segunda mitad.

El fondo del equipo de Pedro Troglio mostró un orden del que no siempre el entrenador puede jactarse y que en la ventosa tarde fue clave para controlar el partido cuando su equipo no tenía la pelota. Estuvo cerca de hacer el segundo, cuando Federico Medina anticipó a Losada tras ganarle la espalda a Tomás Guidara y casi sin ángulo sacó un remate que devolvió el palo. Después de esa jugada llegó el empate.

El inoxidable Carlos Izquierdoz aprovechó la mala salida del Ruso Rodríguez en un tiro de esquina y conectó de cabeza la pelota antes de que se fuera por el segundo palo. Increíble el papel del público local que pareció hacer todo lo posible para que el encuentro se suspendiera. Primero respondieron con botellazos al festejo del empate y Cali fue alcanzado por una. En el otro arco a alguno le pareció ocurrente tirarle un petardo a Losada, que le explotó a centímetros.

Después un puñado de hinchas caracterizados como fantasmas con una C en el pecho demoraron el reinicio por estar colgados del alambrado. Torpezas entendidas como folclore que pueden terminar en sanciones.

Lanús supo que podía ganarlo y Banfield no jugaba con la misma intensidad que al comienzo, aunque aparecía con intermitencias. El equipo de Pellegrino apretaba al de Troglio desde el medio. Sú última línea se paraba a cinco metros del campo rival. Cuando el Taladro lograba adelantarse, le dejaba al Granate mucho campo libre para un contragolpe.

Sobre el final, un choque entre Izquierdoz y Lautaro Gómez fue entendida por el árbitro Facundo Tello como una acción temeraria y le mostró la segunda amarilla al de Banfield y expulsión. Dramatismo puro para el clásico, con el giro del VAR que anuló la segunda amarilla para que el Taladro terminara con los 11. No fue un dato menor: hubo ocho minutos adicionales para saldar las demoras por los hinchas y la revisión en pantalla, entre otras cuestiones.

Pero ni el tiempo extra alguno fue desequilibrante. Quedó tiempo para algún pingüino de peluche que voló desde la tribuna y las copas bordadas en la cinta de capitán que Izquierdoz contó de a una cuando era blanco de los exabruptos que también bajaban de la platea. Se fue un clásico que no dejó amarguras y que,por lo tanto, nadie recordará.