A favor: Otra coronación de gloria

Martina Bär

Los premios no importan. Tampoco la crítica. Nos llenamos la boca diciendo que todo es puro marketing, que está armado, que responden a una cuestión de egos yanquis. Lo realmente valioso es que la gente te elija. Esto es obvio. Nadie deja de escuchar una canción porque no ganó un Grammy o una película deja de conmovernos por no haber recibido un Oscar.

Los premios, en todo caso, sólo funcionan como ritual, como tema de conversación. No definen el valor de una obra pero sí marcan agenda.

Pero al final de todo, cada temporada de premios nos encuentra frente al televisor a la espera de que, si tenemos suerte (porque talento sobra), nuestra película o disco favorito sea elegido como el mejor de su categoría.

Esto sin mencionar el valor que cobran cuando llegan al territorio de lo nacional. Todo lo mencionado anteriormente se eleva a la enésima potencia. La emoción que sentimos como país cuando alguna de las producciones locales es reconocida por la Academia de música o cine, es inconfundible, al punto de describirlo como “otra coronación de gloria”. No olvidemos que aun presumimos el triunfo de El secreto de sus ojos (2009) y continuamos lamentando la derrota de Argentina, 1985 (2022).

GANADOR. El director de

Hay algo contradictorio, pero a la vez profundamente humano. Sentir que afuera nos reconocen y validan nuestras historias nos hace sentir grandes.

¿Está mal? No lo sé. ¿Es cuestionable? Probablemente.

También es una cuestión de egos. Mirarlos y ser parte, más allá de apoyar a los artistas que nos gustan, o que tal vez no nos gustan tanto pero son argentinos, nos hace sentir partícipes de la conversación global.

Ya estamos descreídos de los premios, o eso decimos. En lo que sí creemos es en el acto de mirarlos, y en el mejor de los casos, de ganar alguno.

En contra: Los premios perdieron su peso simbólico

Giuliana Luchetti

Cada vez que se anuncia la lista de nominados a los Oscar resurge la misma pregunta incómoda: ¿importa todavía esta legitimación?

En la antesala de la edición 2026, la sensación es que cada vez hay menos expectativa. Está la costumbre, sí, como un ritual que sigue ocurriendo, aunque ya no sepamos muy bien por qué.

Durante mucho tiempo, los premios funcionaron como una brújula cultural. Decían qué había que ver, a quién admirar, qué película era “lo mejor” del año. Hoy, ese poder parece diluido.

No porque el cine haya perdido valor, sino porque las formas de consumo cambiaron de manera abismal.

Vivimos sumergidos en un océano de contenido, con audiencias fragmentadas, hábitos personalizados y algoritmos que deciden mucho más que cualquier jurado.

Las nuevas generaciones ya no esperan la ceremonia para validar sus gustos. Ven cine en plataformas, recomiendan en redes, arman comunidad en nichos específicos y redes como Letterboxd.

El prestigio industrial que otorgan premios como los Oscar sigue siendo relevante puertas adentro, pero hacia afuera perdió peso simbólico.

Cynthia Erivo, izquierda, y Ariana Grande cantando

Además, persisten otras incómodas preguntas: ¿quién decide qué es bueno y qué no? ¿Cómo se compara una película intimista con una superproducción o un drama social con una comedia experimental?

El cine es demasiado diverso como para reducirlo a una competencia jerárquica. Medir el arte en categorías cerradas parece cada vez más anacrónico.

Eso no significa que los premios no sirvan para nada. Son, en muchos casos, una excusa para el diálogo: discutir looks, indignarse por omisiones, juntarse a ver la ceremonia con familia o amigos. Quizás ahí esté su lugar actual. No como autoridad incuestionable, sino como espectáculo.

Porque en una era donde cada uno arma su propio canon, los premios ya no dictan qué ver, apenas acompañan una conversación que sucede en otro lado.

​A favor: Otra coronación de gloriaMartina BärLos premios no importan. Tampoco la crítica. Nos llenamos la boca diciendo que todo es puro marketing, que está armado, que responden a una cuestión de egos yanquis. Lo realmente valioso es que la gente te elija. Esto es obvio. Nadie deja de escuchar una canción porque no ganó un Grammy o una película deja de conmovernos por no haber recibido un Oscar. Los premios, en todo caso, sólo funcionan como ritual, como tema de conversación. No definen el valor de una obra pero sí marcan agenda.Pero al final de todo, cada temporada de premios nos encuentra frente al televisor a la espera de que, si tenemos suerte (porque talento sobra), nuestra película o disco favorito sea elegido como el mejor de su categoría.Esto sin mencionar el valor que cobran cuando llegan al territorio de lo nacional. Todo lo mencionado anteriormente se eleva a la enésima potencia. La emoción que sentimos como país cuando alguna de las producciones locales es reconocida por la Academia de música o cine, es inconfundible, al punto de describirlo como “otra coronación de gloria”. No olvidemos que aun presumimos el triunfo de El secreto de sus ojos (2009) y continuamos lamentando la derrota de Argentina, 1985 (2022).Hay algo contradictorio, pero a la vez profundamente humano. Sentir que afuera nos reconocen y validan nuestras historias nos hace sentir grandes. ¿Está mal? No lo sé. ¿Es cuestionable? Probablemente.También es una cuestión de egos. Mirarlos y ser parte, más allá de apoyar a los artistas que nos gustan, o que tal vez no nos gustan tanto pero son argentinos, nos hace sentir partícipes de la conversación global.Ya estamos descreídos de los premios, o eso decimos. En lo que sí creemos es en el acto de mirarlos, y en el mejor de los casos, de ganar alguno.En contra: Los premios perdieron su peso simbólicoGiuliana LuchettiCada vez que se anuncia la lista de nominados a los Oscar resurge la misma pregunta incómoda: ¿importa todavía esta legitimación? En la antesala de la edición 2026, la sensación es que cada vez hay menos expectativa. Está la costumbre, sí, como un ritual que sigue ocurriendo, aunque ya no sepamos muy bien por qué.Durante mucho tiempo, los premios funcionaron como una brújula cultural. Decían qué había que ver, a quién admirar, qué película era “lo mejor” del año. Hoy, ese poder parece diluido. No porque el cine haya perdido valor, sino porque las formas de consumo cambiaron de manera abismal. Vivimos sumergidos en un océano de contenido, con audiencias fragmentadas, hábitos personalizados y algoritmos que deciden mucho más que cualquier jurado.Las nuevas generaciones ya no esperan la ceremonia para validar sus gustos. Ven cine en plataformas, recomiendan en redes, arman comunidad en nichos específicos y redes como Letterboxd. El prestigio industrial que otorgan premios como los Oscar sigue siendo relevante puertas adentro, pero hacia afuera perdió peso simbólico. Además, persisten otras incómodas preguntas: ¿quién decide qué es bueno y qué no? ¿Cómo se compara una película intimista con una superproducción o un drama social con una comedia experimental? El cine es demasiado diverso como para reducirlo a una competencia jerárquica. Medir el arte en categorías cerradas parece cada vez más anacrónico.Eso no significa que los premios no sirvan para nada. Son, en muchos casos, una excusa para el diálogo: discutir looks, indignarse por omisiones, juntarse a ver la ceremonia con familia o amigos. Quizás ahí esté su lugar actual. No como autoridad incuestionable, sino como espectáculo. Porque en una era donde cada uno arma su propio canon, los premios ya no dictan qué ver, apenas acompañan una conversación que sucede en otro lado.  La Voz

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