Después de más de un cuarto de siglo de idas y vueltas, pausas interminables y negociaciones empantanadas por intereses cruzados, el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea UE) finalmente quedó a un paso de su firma. La aprobación por mayoría calificada de los estados miembro del bloque europeo no sólo despejó el último gran obstáculo político, sino que habilitó un movimiento largamente esperado: la formalización del mayor acuerdo comercial jamás negociado por Bruselas.

La luz verde otorgada en la capital belga permite ahora que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, viaje pronto a Asunción para estampar la firma que sellará un mercado integrado de unos 780 millones de consumidores. Para el Mercosur -Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia- se trata de un punto de inflexión que excede largamente el plano comercial: el acuerdo revaloriza al bloque regional en un contexto global atravesado por tensiones geopolíticas, proteccionismo selectivo y la creciente gravitación de China.

La resistencia francesa

El respaldo europeo llegó, sin embargo, lejos de la unanimidad. Francia volvió a encabezar la resistencia, acompañada por países con fuertes sectores agropecuarios como Irlanda y Polonia. Las protestas de agricultores en París y otras capitales reflejan un temor persistente: la competencia de las exportaciones sudamericanas, en particular de carne y productos agrícolas. Ayer, Emmanuel Macron sintetizó esa posición al calificar el acuerdo como “de otra época” y advertir sobre riesgos para la soberanía alimentaria europea.

No obstante, el bloque comunitario optó por avanzar. Italia, cuyo rechazo había frustrado la ratificación a fines de 2025, terminó inclinando la balanza tras la incorporación de mayores protecciones y compensaciones presupuestarias para los agricultores. Entre ellas, un mecanismo de alerta temprana que permitirá revisar preferencias arancelarias si las importaciones desde el Mercosur superan ciertos umbrales o presionan a la baja los precios internos. Es una concesión política clave que revela hasta qué punto el acuerdo es también el resultado de delicados equilibrios internos en Europa.

Desde la óptica sudamericana, el acuerdo abre una oportunidad estratégica difícil de cuestionar. La UE es la tercera economía del mundo, con 450 millones de habitantes y un PBI per cápita cercano a los 43 mil dólares. Sólo en 2024 importó productos agroindustriales por unos 220 mil millones de dólares, de los cuales Argentina representó apenas el 3%. El acceso preferencial que prevé el tratado coloca a nuestro país en igualdad de condiciones con competidores directos como Canadá, México, Chile o Colombia, y le permite aspirar a convertirse en un proveedor privilegiado de uno de los mercados más exigentes y sofisticados del planeta.

Así lo subraya el Instituto para las Negociaciones Agrícolas Internacionales (Inai). Esta entidad sin fines de lucro que cuenta entre sus aportantes a la Bolsa de Cereales de Córdoba, destaca además un efecto menos visible pero no menos relevante: el acuerdo puede funcionar como un “ancla” para políticas públicas sometidas históricamente a vaivenes ideológicos y cambios de rumbo abruptos. En ese sentido, también implica una modernización de los marcos regulatorios del Mercosur y un punto de apoyo para futuras negociaciones comerciales, señala el Inai.

Desafíos productivos

Diego Guelar, uno de los principales negociadores argentinos del tratado durante su etapa como embajador en Brasil durante la presidencia de Eduardo Duhalde, resume a La Voz el espíritu del momento con una mezcla de realismo y alivio. Reconoce que la firma llevó demasiado tiempo, pero señala un beneficio inmediato: el aumento sensible del cupo de carne exportable a la UE, que, sumado al recientemente anunciado por Estados Unidos, abre un horizonte inédito para el sector agroindustrial argentino. “Vamos a tener más mercado que vacas”, ironizó el diplomático, sin ocultar la magnitud del desafío productivo que se abre.

Para Guelar, también exembajador argentino ante la UE, el desafío central no es técnico sino político. Argentina y Brasil, socios fundadores y mayoritarios del Mercosur, “deberán coordinar estrategias y dejar de lado diferencias ideológicas circunstanciales si quieren aprovechar en plenitud la integración con el mayor mercado del mundo”, advierte. Y completa su razonamiento: “El acuerdo, además, reconoce explícitamente las asimetrías entre ambos bloques, a diferencia de otras aperturas indiscriminadas que no contemplaron esas brechas”.

Para Guelar, en un escenario internacional cada vez más fragmentado, el acuerdo Mercosur-UE aparece como una rara excepción: un gesto de apertura, previsibilidad y apuesta de largo plazo. “La oportunidad es extraordinaria. Desaprovecharla sería, esta vez, una decisión estrictamente propia del Mercosur”, concluyó.

​Después de más de un cuarto de siglo de idas y vueltas, pausas interminables y negociaciones empantanadas por intereses cruzados, el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea UE) finalmente quedó a un paso de su firma. La aprobación por mayoría calificada de los estados miembro del bloque europeo no sólo despejó el último gran obstáculo político, sino que habilitó un movimiento largamente esperado: la formalización del mayor acuerdo comercial jamás negociado por Bruselas.La luz verde otorgada en la capital belga permite ahora que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, viaje pronto a Asunción para estampar la firma que sellará un mercado integrado de unos 780 millones de consumidores. Para el Mercosur -Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia- se trata de un punto de inflexión que excede largamente el plano comercial: el acuerdo revaloriza al bloque regional en un contexto global atravesado por tensiones geopolíticas, proteccionismo selectivo y la creciente gravitación de China.La resistencia francesaEl respaldo europeo llegó, sin embargo, lejos de la unanimidad. Francia volvió a encabezar la resistencia, acompañada por países con fuertes sectores agropecuarios como Irlanda y Polonia. Las protestas de agricultores en París y otras capitales reflejan un temor persistente: la competencia de las exportaciones sudamericanas, en particular de carne y productos agrícolas. Ayer, Emmanuel Macron sintetizó esa posición al calificar el acuerdo como “de otra época” y advertir sobre riesgos para la soberanía alimentaria europea.No obstante, el bloque comunitario optó por avanzar. Italia, cuyo rechazo había frustrado la ratificación a fines de 2025, terminó inclinando la balanza tras la incorporación de mayores protecciones y compensaciones presupuestarias para los agricultores. Entre ellas, un mecanismo de alerta temprana que permitirá revisar preferencias arancelarias si las importaciones desde el Mercosur superan ciertos umbrales o presionan a la baja los precios internos. Es una concesión política clave que revela hasta qué punto el acuerdo es también el resultado de delicados equilibrios internos en Europa.Desde la óptica sudamericana, el acuerdo abre una oportunidad estratégica difícil de cuestionar. La UE es la tercera economía del mundo, con 450 millones de habitantes y un PBI per cápita cercano a los 43 mil dólares. Sólo en 2024 importó productos agroindustriales por unos 220 mil millones de dólares, de los cuales Argentina representó apenas el 3%. El acceso preferencial que prevé el tratado coloca a nuestro país en igualdad de condiciones con competidores directos como Canadá, México, Chile o Colombia, y le permite aspirar a convertirse en un proveedor privilegiado de uno de los mercados más exigentes y sofisticados del planeta.Así lo subraya el Instituto para las Negociaciones Agrícolas Internacionales (Inai). Esta entidad sin fines de lucro que cuenta entre sus aportantes a la Bolsa de Cereales de Córdoba, destaca además un efecto menos visible pero no menos relevante: el acuerdo puede funcionar como un “ancla” para políticas públicas sometidas históricamente a vaivenes ideológicos y cambios de rumbo abruptos. En ese sentido, también implica una modernización de los marcos regulatorios del Mercosur y un punto de apoyo para futuras negociaciones comerciales, señala el Inai.Desafíos productivosDiego Guelar, uno de los principales negociadores argentinos del tratado durante su etapa como embajador en Brasil durante la presidencia de Eduardo Duhalde, resume a La Voz el espíritu del momento con una mezcla de realismo y alivio. Reconoce que la firma llevó demasiado tiempo, pero señala un beneficio inmediato: el aumento sensible del cupo de carne exportable a la UE, que, sumado al recientemente anunciado por Estados Unidos, abre un horizonte inédito para el sector agroindustrial argentino. “Vamos a tener más mercado que vacas”, ironizó el diplomático, sin ocultar la magnitud del desafío productivo que se abre.Para Guelar, también exembajador argentino ante la UE, el desafío central no es técnico sino político. Argentina y Brasil, socios fundadores y mayoritarios del Mercosur, “deberán coordinar estrategias y dejar de lado diferencias ideológicas circunstanciales si quieren aprovechar en plenitud la integración con el mayor mercado del mundo”, advierte. Y completa su razonamiento: “El acuerdo, además, reconoce explícitamente las asimetrías entre ambos bloques, a diferencia de otras aperturas indiscriminadas que no contemplaron esas brechas”.Para Guelar, en un escenario internacional cada vez más fragmentado, el acuerdo Mercosur-UE aparece como una rara excepción: un gesto de apertura, previsibilidad y apuesta de largo plazo. “La oportunidad es extraordinaria. Desaprovecharla sería, esta vez, una decisión estrictamente propia del Mercosur”, concluyó.  La Voz

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