La Guaira, ese estrecho balcón del caribe que ya conoció la furia de la naturaleza en el trágico deslave de 1999, el 24 de junio quedó sepultado bajo toneladas de escombros. Clarín llegó a Venezuela 48 horas después de los dos terremotos consecutivos, que en poco más de 30 segundos interrumpieron miles de vidas.

A lo largo de 12 días, el equipo periodístico conformado por el fotógrafo Fernando De la Orden y este cronista, trabajó en la cobertura de la catástrofe natural, que deja casi 5000 muertos reconocidos de manera oficial, más de 16 mil heridos, miles de desplazados y muchos desaparecidos.

La Guaira fue el epicentro del desastre, con escenarios apocalípticos: edificios de más de diez pisos colapsados como sándwiches de concreto y hierro retorcidos, olor a putrefacción con temperaturas superiores a los 40 grados. Caracas, la capital venezolana, a unos 40 minutos de La Guaira, también padeció derrumbes, decenas de muertos que quedaron atrapados entre los cascotes y miles de desplazados.

Entre esas primeras horas clave para intentar buscar personas atrapadas, un héroe fue Bart, el perro de rescate argentino de la Infantería de Marina que, escurriéndose por túneles bajo las ruinas, marcó con precisión el punto de vida de dos pequeños hermanos. Aquel rescate fue uno de los pocos oasis de luz en medio de pésimas noticias.

Con el correr de los días la esperanza de encontrar personas con vida se tornó lejana. Aún así, quienes tenían a familiares entre los escombros se convirtieron en los primeros voluntarios. Desesperados, un reclamo repetido fue el de que el Estado de Venezuela no colaboró.

El enojo de los sobrevivientes estalló contra el cerco militar impuesto por la Guardia Nacional Bolivariana. Con fusiles de asalto y rostros cubiertos, las fuerzas de seguridad militarizaron las entradas de La Guaira para maquillar el descontrol logístico y evitar saqueos. Los familiares les reclamaban palas y máquinas para colaborar, pero se quedaban parados.

Una de las imágenes más impactantes, que incluso desentonaba con las pilas de escombros, fue la del barrio de viviendas sociales Hugo Chávez Frías, con tres edificaciones quemadas y autos incinerados. La explosión de un tanque de gas que debía estar vacío marcó la doble tragedia de de Playa Grande, en Catia La Mar, dentro de La Guaira. Hubo al menos cuatro personas que habían quedado atrapadas por los terremotos que murieron carbonizadas.

Durante el día la avenida costera de Caraballeda, uno de los balnearios más afectados, tenía un tránsito incesante. De noche, bajaba el movimiento y muchos rescatistas aprovechaban para usar a los perros.

Clarín acompañó a los equipos argentinos de la Policía Federal y del Ejército. Bajo el resplandor de reflectores recuperados de una cancha de fútbol destruida, y con el zumbido constante de los generadores, los agentes argentinos se turnaban para descansar y siempre tenían alguno de los siete perros disponibles para salir a revisar ante los avisos de pruebas de vida.

Muy cerca del campamento argentino, un puerto local fue transformado en morgue improvisada. Cientos de bolsas mortuorias con cuerpos hinchados fueron colocados bajo el sol del Caribe. En ese lugar, jóvenes como Isamar buscaban a sus familiares. Antes pasaron por los hospitales, revisaron los listados de heridos, pegados en las paredes de hospitales desbordados, borroneadas con el paso de los días.

Después de los diez días, se empezaron a retirar las brigadas internacionales de rescate y empezaron a llegar más sanitaristas coordinados por la Organización Mundial de la Salud. La entidad encendió las alarmas por posibles brotes epidémicos debido al colapso del agua potable y el caos sanitario.

Entre las ruinas, el vacío del Estado fue cubierto por iniciativas desesperadas: la cruzada de una ex Miss Mundo Venezuela para localizar niños huérfanos y, en el extremo de la miseria, la aparición de «los cobreros». Expuestos a infecciones, decenas de desocupados removían el polvo a cambio de un kilo de cobre que revender por cinco dólares.

Un crudo espejo de la descomposición social. Doce días después, La Guaira sigue en ruinas, el régimen hizo anuncios de mejoras económicas en medio del lamento de un pueblo atrapado en la incertidumbre, que todavía no terminó de recuperar a todas las víctimas de los dos terremotos.

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