Adentrarse en el interior de la Argentina por las pequeñas rutas provinciales es emprender un viaje fascinante a través del tiempo, donde la historia y la cultura se entrelazan con paisajes imponentes. Desde las sierras y caminos cordobeses hasta los áridos valles salteños, existen pueblos que han sido testigos silenciosos de la gesta nacional y comparten sus memorias con los visitantes de paso.

El itinerario podría comenzar en Córdoba, muchas veces pionera en la conformación de la identidad argentina. En las llanuras semiáridas de su región norteña, los ecos de la época colonial aún resuenan con cierta melancolía. Es el caso de Villa del Totoral, que fue construida a la vera del Camino Real, una posición que le permitió ver pasar a conquistadores, rebeldes y colonos. Este pintoresco pueblito es conocido por su Circuito de las Casonas, un conjunto de 25 construcciones levantadas entre el siglo XVIII y principios del XX. Sus fachadas forman como una bitácora arquitectónica.

Caminar por sus calles es además imaginar los acalorados debates literarios y políticos de antaño. En estas residencias pasaron largas estancias algunos próceres de las letras, como el poeta chileno y premio Nobel Pablo Neruda. La pequeña villa le propició la inspiración para escribir célebres poemas de su madurez, como la “Oda al albañil tranquilo” y la “Oda a las tormentas de Córdoba”. Asimismo, el poeta andaluz Rafael Alberti, perseguido en España por el franquismo, encontró asilo y paz en estas tierras entre 1939 y 1942, acompañado de su esposa María Teresa León. Se lo recuerda de una manera sustentable: un vecino quiso erigir un monumento en su honor y Alberti prefirió que simplemente plantaran un árbol en su memoria. Se trata de una encina, que sigue en pie en la plaza San Martín y comparte su sombra entre vecinos y visitantes.

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En la plaza central del pueblo, frente a la iglesia Nuestra Señora del Rosario y junto al museo dedicado al pintor local Octavio Pinto (nacido en 1890), está el encuentro más inesperado de este alejado rincón del país. Las esculturas de Neruda, Alberti y el propio Pinto están sentadas para la eternidad sobre un banco, manteniendo una silenciosa charla que los visitantes pueden jugar a imaginar. La efervescencia intelectual de la pequeña villa también dejó su huella en una edificación insólita. Es el Kremlin, la señorial estancia de 1845 que perteneció a Rodolfo Aráoz Alfaro, secretario general del Partido Comunista para América Latina a mediados del siglo pasado. Pasaron por su puerta personalidades de la ciencia y la política de la época, y entre ellos Pablo Neruda, por supuesto. No muy lejos, hay que visitar también la inmaculada casona de calle La Paz, perteneciente a Deodoro Roca, el ideólogo de la Reforma Universitaria de 1918.

Para quienes buscan descanso y turismo activo, los intensos veranos de la villa ofrecen un oasis natural con balnearios, senderos, cascaditas, el hallazgo de antiguos morteros de los aborígenes comechingones y caminatas hacia la imponente cruz de hierro de siete metros en el cerro Totoral.

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Museo a cielo abierto

A menos de 50 kilómetros y siempre en dirección al norte de la provincia y las Salinas Grandes, se llega a otra página del gran libro de la historia argentina. Se trata de Villa Tulumba, galardonada por ONU Turismo como uno de los mejores pueblos turísticos del mundo. Este auténtico “museo a cielo abierto” ostenta más de 400 años de rica historia. Las Cuatro Esquinas es un auténtico pasadizo hacia el pasado.

Villa Tulumba, al norte de Córdoba

En ese cruce, el tiempo se ha detenido por completo y se conservaron las calles empedradas, las farolas de antaño y las fachadas de adobe de las casas. A poca distancia, el conjunto religioso es otro atajo en los pasadizos del tiempo: contrasta la monumental Iglesia Nuestra Señora del Rosario (erigida en 1882) con las ruinas de una antigua capilla de 1700. Volviendo de a poco al siglo XXI luego de estas inmersiones en el pasado, la visita de Tulumba puede extenderse con una degustación de repostería y gastronomía típica del norte cordobés en las pulperías y los almacenes de campo, o con un paseo en bici y una caminata hacia la Virgen del Cerro y las místicas cuevas de la Salamanca.

Avanzando hacia el norte, a solo 20 kilómetros de San Miguel de Tucumán está San Isidro de Lules. Esta ciudad lleva hacia otro momento y otro episodio de la historia, para un encuentro con la Compañía de Jesús. Fue allí donde los jesuitas cultivaron por primera vez la caña de azúcar y donde funcionó el primer colegio público del país. El mayor atractivo histórico local son las Ruinas de San José de Lules, declaradas Monumento Histórico Nacional y datadas en el siglo XVII. Además de los vestigios del antiguo templo, se ven todavía partes del claustro misional.

Luego de la visita, se puede hacer una incursión en la Quebrada de Lules, un estrecho valle rodeado de sierras y vegetación subtropical ideal para caminatas, ubicado a solo tres kilómetros del centro.

Ruinas jesuíticas de San José de Lules

La vecina provincia de Santiago del Estero ofrece otra etapa en este viaje de la memoria, llegando a las raíces más profundas del acervo argentino en Villa Atamisqui, ubicada a 121 kilómetros de la capital provincial sobre la margen derecha del río Dulce. Su nombre es un reflejo poético de su geografía, derivado del vocablo quichua ata (árbol o tierra) y misqui (dulce). Es una de las poblaciones más antiguas del territorio, con registros previos a su fundación oficial en 1543, y se destaca por ser el bastión de la lengua quichua santiagüeña, un dialecto del quechua, importado por pobladores que acompañaron a los primeros colonos españoles en esas tierras.

Además de la historia y la lingüística, la visita acerca a la producción artesanal de la lana y el algodón, con las piezas realizadas por las teleras atamisqueñas. Sus manos perpetúan gestos milenarios, que atravesaron las generaciones, pero también las culturas. Asimismo, el poblado respira música en cada esquina. Es la cuna del popular Leo Dan y sede de la Fiesta Provincial de la Vidala (en febrero) y de la Fiesta de las Sachaguitarras Atamisqueñas (en julio), un homenaje al recordado luthier local Elpidio Herrera.

Las tejedoras de Villa Atamisqui, en Santiago del Estero, una tradición que se mantiene

La villa de los cinco nombres

Este recorrido, que no figura en los circuitos oficiales, sino en los azares de los cruces de caminos, podría tomar muchas otras direcciones. Pero en este caso lleva hasta Salta, una tierra donde se recuerdan muchas proezas épicas. En el corazón de los Valles Calchaquíes está San Carlos, el pueblo más antiguo de la provincia, situado sobre la emblemática ruta nacional 40 a solo 20 kilómetros al norte de Cafayate.

Reconocido como uno de los lugares mágicos salteños gracias a su fisonomía colonial de techos de caña y barro, este rincón esconde una historia de inigualable bravura. Es la “Villa de los Cinco Nombres”. Entre los años 1551 y 1641, la tenaz resistencia de los aborígenes diaguitas calchaquíes ante la conquista española provocó la destrucción total de cuatro intentos de fundación en este sitio estratégico: El Barco II, Córdoba del Calchaquí, San Clemente de la Nueva Sevilla y Nuestra Señora de la Guadalupe. Recién en el siglo XVII, gracias a una misión jesuita, se logró un asentamiento definitivo.

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Como curiosidad de su época de esplendor, la villa tuvo tal relevancia política y económica que llegó a disputar la capitalidad provincial, perdiendo ante la ciudad de Salta por un solo voto. Hoy, el viajero puede maravillarse con la monumental Iglesia San Carlos Borromeo (1801, el templo católico más grande de los valles) y el Museo Jallpha Calchaquí, para luego caminar por el Camino de los Artesanos, observando técnicas ancestrales de tejido y cerámica, y terminar la jornada degustando vinos y empanadas frente a la arbolada plaza principal.

Museo Jallpha Calchaquí en San Carlos, Salta

Hacia el sudeste provincial, abandonando los valles áridos para adentrarse en la exuberante selva de montaña de transición, se termina el viaje en San José de Metán. Conocida como la Ciudad de la Miel, esta capital departamental se erige sobre la ruta nacional 9/34, y marida el imponente paisaje verde de las yungas con un profundo y patriótico legado de la época de la independencia. Unos 15 kilómetros al sur de la ciudad se resguarda un auténtico altar de la patria, la Posta de Yatasto. Esta antigua hacienda colonial de adobe y techos de tejas del histórico Camino Real, declarada Monumento Histórico Nacional, fue donde se encontraron los generales de San Martín y Belgrano y donde el creador de la bandera asumió el mando del Ejército del Norte en 1812.

La riqueza patrimonial de Metán también se manifiesta en su núcleo fundacional a través de la Iglesia San José, célebre por su exquisito diseño arquitectónico. Frente a la plaza céntrica, la devoción popular encuentra otro hogar, con la Iglesia Señor del Milagro, epicentro de las más arraigadas tradiciones religiosas de la comunidad. Asimismo, el “viajero de la historia” no puede dejar de transitar el Paseo de la Estación, donde una imponente locomotora antigua rinde homenaje a la añorada época de oro del ferrocarril en el norte argentino.

A diferencia de otros rincones salteños, la selva invita a desafiar los 3370 metros de altura del cerro El Crestón, para descubrir vistas panorámicas inigualables de las Sierras Subandinas. También es posible acampar, pescar o emprender caminatas ribereñas en los tramos cercanos del río Juramento, o bien pasar un sereno día de esparcimiento en las Juntas de Balderrama, un balneario natural al pie de la sierra.

Finalmente, la inmersión en la identidad local metanense no está completa sin una visita al Museo del Gaucho, un espacio dedicado a salvaguardar las costumbres criollas, las vestimentas típicas y el rol crucial de las milicias gauchas en la defensa de la frontera norte. Este orgullo por las propias raíces alcanza su punto máximo cada año durante el Festimiel, un evento cultural que celebra la identidad productiva de la región.

Posta de Yatasto, donde se encontraron los generales de San Martín y Belgrano

Datos útiles

Villa del Totoral

Museo Octavio Pinto: abre de martes a viernes de 8 a 12 y de 15 a 19. Sábados, domingos y feriados, de 10 a 13 y de 16 a 19.Se recomienda comer en comedores y almacenes de campo para probar platos de carne al horno y panificados caseros.

Villa Tulumba

Incluir en el recorrido el Centro de Interpretación del Camino Real, abierto los fines de semana de 10 a 14 y de 15 a 19.Hay muy poca oferta de alojamiento. Más opciones de precios y oferta en Deán Funes, Jesús María o Villa del Totoral.

San Isidro de Lules

Las Ruinas Jesuíticas de San José de Lules abren todos los días de 8 a 13; la entrada es gratuita. Lo mejor es elegir hacer base en San Miguel de Tucumán para realizar la escapada de un día a San Isidro.

Villa Atamisqui

No dejar de incluir alguna visita a un telar durante la estadía, así como encuentros con artesanas, músicos locales. La Fiesta de las Sachaguitarras Atamisqueñas este año se realiza el fin de semana del 19 y 20 de julio.

San Carlos

Incluir el Museo Jallpha Calchaquí y el Camino de los Artesanos en la visita.Probar los vinos de altura de la región y las empanadas salteñas de las cocineras locales.

San José de Metán

Posta de Yatasto: abre de martes a viernes de 9 a 17, sábados de 14 a 18 y domingos de 10 a 14. La entrada es libre y gratuita. Visitas guiadas generales de martes a viernes a las 12 y a las 15.

​Desde Villa Totoral y Villa Tulumba, en Córdoba, con escalas en Santiago del Estero y Tucumán hasta los Valles Calchaquíes salteños  

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