CARACAS.- Las paredes de La Guaira se convirtieron en una inmensa cartelera de desaparecidos. Allí donde antes había avisos comerciales o propaganda política, hoy cuelgan decenas de hojas A4 protegidas con cinta adhesiva. Hay fotografías carnet, retratos familiares, nombres escritos con marcador negro y números de teléfono para quien pueda aportar una pista. Algunas hojas ya empiezan a despegarse por la humedad del Caribe. Otras fueron pegadas apenas unas horas antes. Ninguna promete una recompensa. Todas buscan exactamente lo mismo: una persona que todavía no apareció.

Once días después del terremoto, la costa de La Guaira sigue inmersa en una rutina que parece no tener descanso. Desde la autopista hasta el mar, los controles militares se suceden cada pocos kilómetros. Soldados revisan vehículos, regulan el ingreso y custodian las zonas más afectadas. Su presencia, sin embargo, también genera malestar entre parte de la población. Muchos venezolanos cuestionaron el papel de las fuerzas de seguridad y sostuvieron que los controles entorpecen el ingreso de ayuda y ralentizan el trabajo de quienes intentan llegar hasta los edificios colapsados.

CARACAS.– En Playa Grande, a pocos metros de lo que alguna vez supo ser el Hotel Marriot de La Guaira, lo que más impacta se ve, y también se huele.

El barbijo no alcanza. Apenas ayuda a filtrar un aire espeso, el olor a los cuerpos en descomposición, que se mete igual por los costados. Después de unos minutos, el olor deja de ser una sorpresa y pasa a convertirse en algo constante. Va y viene, pero no se termina de ir. Acompaña cada paso por las calles de la ciudad más castigada por el terremoto.

Durante el sábado, LA NACION recorrió la zona del desastre junto a un grupo de voluntarios venezolanos que abastece con alimentos y artículos esenciales a las iglesias que quedan “abajo”, como le dicen aquí a la zona de La Guaira, que está cerca del mar.

Tras días de críticas generalizadas por la respuesta oficial ante los sismos, la presidenta interina Delcy Rodríguez rechazó enérgicamente las acusaciones de que su gobierno no reaccionó con suficiente prontitud.

Este domingo, el gobierno elevó la cifra oficial de fallecidos a 3342 y el sábado anunció el despliegue de casi 30.000 agentes, sumados a los 3281 rescatistas internacionales, para ayudar a las personas afectadas por los sismos.

Según cifras oficiales, más de 16.000 personas quedaron sin hogar. Algunas viven en albergues del gobierno y otras en campamentos. Pero el recuento de desaparecidos no oficial, pero ampliamente aceptado, es que la cifra asciende a poco más de 41.000 personas.

LA GUAIRA, Venezuela.– Juan Zapata acababa de cenar mirando al Caribe desde su departamento en un 5° piso y se estaba por dar una ducha cuando fue arrojado al extremo de la habitación por la fuerza de los terremotos gemelos que hace diez días sacudieron la costa venezolana.

Zapata pasó dos días y siete horas bajo los escombros, atrapado entre dos varillas de acero, hasta que fue rescatado por los rescatistas.

“Mientras me rescataban les dije, ‘Estoy en el quinto piso’, y me contestaron: ‘No, estás en el sótano’. No podía creer lo que me había pasado”, dice Zapata, parado junto a su camilla en un hospital de campaña de La Guaira que es manejado por la organización de ayuda humanitaria Samaritan’s Purse.

Esta vista aérea muestra excavadoras cavando hileras de fosas para enterrar a las víctimas del terremoto del 24 de junio en el cementerio La Esperanza, en Catia La Mar

Pese a que no es una tradición muy venezolana, familias de La Guaira entierran estos días a sus gentes en los nichos del popular Cementerio General del Sur, el que tantas leyendas esconde. El mismo camposanto que durante años fue víctima de los saqueadores, que profanaban tumbas para buscar oro, placas de bronce o para arrancar cráneos que sirvieran para rituales de brujería, santería y palería. El mismo cementerio que acoge al Malandro Ismael, el santo de los ladrones, y a María Francia, venerada por los estudiantes. Unos y otros acuden a las dos tumbas en buscas de favores para sus correrías o para los exámenes.

Un trabajador pinta las tumbas de víctimas no identificadas del terremoto del 24 de junio en el cementerio La Esperanza, en Catia La Mar, estado de La Guaira

CARACAS.- “Mi príncipe”. “Mi amada”. “El amor de mi vida”. Una familia caraqueña despidió a tres de los suyos, víctimas de la gran tragedia del Día de San Juan, con epitafios grabados sobre el yeso del nicho que los acoge para siempre. Usaron un palito fino para el último mensaje en un ritual que rebosaba dolor y lágrimas en la madrugada de ayer.

A Génesis Montes la enterraron la semana pasada en otro de los nichos. “Te amamos x siempre”, escribieron sus familiares, quienes situaron el día de su muerte el mismo 24. Igual que a Jorge Montes, su hermano. “Eres el mío”, fue su epitafio. Para Jesús Vásquez no hubo miniesquela porque cuando las despedidas son tan dolorosas hasta las palabras cuestan.

​Once días después de los mortales sismos, familias despiden a las víctimas de los terremotos con rituales improvisados; inconsistencias sobre las cifras de fallecidos y desaparecidos  

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