La madrugada de aquel viernes cambió para siempre la historia del país con el desembarco de las fuerzas conjuntas que puso fin a 149 años de usurpación británica. Ejecutada por una dictadura en crisis que buscaba legitimidad ante el descontento social, la acción militar transformó un reclamo diplomático histórico en un conflicto bélico de 74 días que dejó 649 héroes custodiando el archipiélago y una herida abierta en la memoria colectiva nacional.
Aquel 2 de abril de 1982 no fue un día más en la historia argentina; fue el inicio de un torbellino emocional y político que marcó el principio del fin para el período más oscuro del siglo XX en el país. El desembarco en las islas, denominado «Operación Rosario», se produjo bajo el mando de la tercera junta militar de la dictadura autodenominada Proceso de Reorganización Nacional.
El contexto del poder: Galtieri y la Plaza
Quien gobernaba el país era el teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri, quien había asumido la presidencia de facto apenas unos meses antes, en diciembre de 1981. Su gestión enfrentaba un desgaste acelerado: la inflación estaba fuera de control, la industria nacional se desmoronaba y el descontento social comenzaba a romper el silencio del miedo.
Apenas tres días antes del desembarco, el 30 de marzo, la CGT había encabezado una masiva movilización bajo el lema «Paz, Pan y Trabajo» que fue duramente reprimida en la Plaza de Mayo. El gobierno de facto, acorralado por la presión interna y las violaciones a los derechos humanos que ya generaban aislamiento internacional, encontró en la causa Malvinas un catalizador para intentar recuperar legitimidad popular.

La «Operación Rosario» y el factor sorpresa
La madrugada del 2 de abril, las fuerzas de elite de la Armada y el Ejército iniciaron el desembarco en las cercanías de Puerto Stanley. La estrategia inicial era una «ocupación incruenta»: se ordenó a los soldados argentinos no causar bajas británicas para presentar al mundo una recuperación soberana basada en el derecho, buscando forzar una negociación diplomática.
Sin embargo, la resistencia en la casa del gobernador Rex Hunt derivó en un enfrentamiento donde murió el capitán Pedro Edgardo Giachino, convirtiéndose en el primer caído de la guerra. Para el mediodía, las islas estaban bajo control argentino y la noticia estallaba en los cables de noticias de todo el planeta.
Un país en vilo y la reacción en La Pampa
Mientras en Buenos Aires la Plaza de Mayo se llenaba de gente que, paradójicamente, vitoreaba la recuperación de las islas frente al mismo balcón que días antes repudiaba a la dictadura, en La Pampa el clima era de una tensa expectativa.
En Santa Rosa y las localidades del interior, la radio se convirtió en el único nexo con la realidad. Los jóvenes pampeanos que cumplían el servicio militar obligatorio comenzaron a recibir órdenes de acuartelamiento. Nadie imaginaba en ese momento que lo que comenzó como una «toma de posición» derivaría en un conflicto bélico de 74 días contra una de las potencias navales más importantes del mundo, apoyada por la OTAN.

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