
Una crítica frecuente contra Estados Unidos en el trámite de la guerra que conmueve hoy a Oriente Medio y al mundo es la ausencia de estrategia, preparación y adecuada caracterización del adversario. Esas carencias marcan también la apresurada intención de la potencia de liberarse del conflicto. El presidente Donald Trump ha despachado a Teherán un plan de negociación a través de Pakistán. Esa iniciativa cuenta con 15 puntos inaceptables para la teocracia, pero es presumible que fueron elaborados menos para el adversario que para darle sentido político y narrativa a la eventual retirada. El presidente insiste que la guerra ha concluido con la victoria norteamericana. Necesita ese discurso. Pero no es lo que está sucediendo.
Como acaba de señalar The Wall Street Journal “el régimen está maltrecho pero intacto, aún controla el estrecho de Ormuz y podría acceder a su material nuclear enterrado profundamente bajo los escombros”. Es claro que Trump lo sabe. También lo sabía cuando emitió su ultimátum el fin de semana pasado, que ha postergado ya dos veces, para que Teherán libere el tránsito del petróleo sin restricciones por ese paso estratégico, y por eso posiblemente luego convirtió en “conversaciones productivas” lo que son solo contactos sin profundidad por el momento.
Irán ha logrado mantenerse de pie y supone que cuenta con capacidad para imponer condiciones. El propio EE.UU. ha fundado esa visión al ordenar la liberación de la venta del petróleo del régimen, lo que implica un alivio para sus cuentas. Es la señal de que su estrategia de cerrar las canillas del crudo se ha convertido en el arma que define este grave episodio.
La participación relevante de Pakistán en estas negociaciones interesa porque se trata de un aliado histórico de China, ambos de los pocos países cuyos buques cruzan por Ormuz. Indicaría cierta mano de Beijing en las trastiendas de estos acercamientos por la necesidad de la potencia asiática para desescalar una crisis que amenaza encoger la economía mundial a niveles similares o peores que la pandemia. No es un dato menor en este sentido que Trump haya confirmado que viaja a Beijing en mayo.
La mano de China importa, además, porque posiblemente impida que Irán exagere sus ventajas estratégicas y cometa el peor de los fallidos. “Ninguna de las dos partes puede aspirar a humillar al contrario en esta guerra. Si lo hacen, se estarían metiendo en un agujero aun mayor”, evalúa Trita Parsi, del think tank Quinci Intitute for Responsible Statecraft, citada en El País de Madrid.
La cancelación del conflicto debe cuajar el complejo teorema según el cual ambas partes se consideren victoriosas. Un objetivo que aparece aún más difícil si se advierte que cualquier negociación se limitará a la apertura del estrecho y el levantamiento de sanciones. No habría espacio para nada más. Salvo alguna forma para que ese poder de Irán sobre el tránsito de los petroleros pueda ser limitado, como ha planteado Arabia Saudita en la cumbre sobre la guerra de los cancilleres de Egipto, Turquía y Pakistán en Riad el último jueves.
La guerra y su imprevisto desarrollo erosionó las capacidades coercitivas de Occidente. Una señal de ese defecto es la intensa búsqueda de EE.UU. de un arreglo. De ahí que el plan de 15 puntos que demanda el congelamiento del programa nuclear iraní, el desarme del arsenal misilístico y el control compartido de Ormuz, entre otras medidas, constituya solo una herramienta propagandística. También lo es el reclamo de la teocracia de resarcimientos o por el cierre de las bases norteamericanas en la región. No es eso lo que se discutiría.
Lo cierto es que después de dos guerras, la de 12 días el año pasado y la actual mucho más grave, ambas lanzadas en medio de negociaciones, cualquier diálogo estará contaminado de una inevitable desconfianza. No solo debido a estos antecedentes. La primera pausa de los ataques anunciada por Trump cuando promocionó las conversaciones, coincide con la llegada de una enorme fuerza de desembarco. Dos grupos anfibios de infantería de marina, el Trípoli de Okinawa y el Boxer de San Diego, convergen estos días en el Golfo Pérsico con aproximadamente 4.500 infantes de marina.
A tono con ese movimiento, The New York Times reveló preparativos para “el despliegue de tropas aerotransportadas”. Consistiría en una brigada de combate de la “Fuerza de Respuesta Inmediata” de la 82.ª División con 3.000 soldados para tomar la isla de Kharg, el principal centro de exportación de petróleo iraní y otro puñado de islas e islotes. Esa arriesgada misión buscaría convertir esa estructura en un activo equivalente al valor estratégico de Ormuz. Irán ha dicho que si eso sucede también clausurará el otro paso estratégico de Bab al Mandeb que enlaza el mar Rojo con el Golfo de Aden.
Las conversaciones, que no es claro si se harán y cuándo, suman otras sombras de desconfianza. Trump designó para la tarea a los empresarios inmobiliarios Jared Kushner, su yerno, y a Steven Witkoff, los mismos que dirigieron la anterior discusión mediada por Omán que interrumpió el bombardeo. Es una señal complicada que se suma a la curiosidad del descarte de diplomáticos de carrera.
Estos trasfondos opacos los usa Israel para desdeñar el planteo negociador de Trump. Como ya ha señalado esta columna, el premier Benjamín Netanyahu apunta a una guerra larga con objetivos más claros que Washington. Ya ha anunciado la toma del 10% del territorio libanés con el argumento de la seguridad nacional que utilizó ya antes para ocupar una porción adicional de Siria. Un conflicto agravado quitaría, de paso, sustento al plan de paz para Gaza elaborado por Trump con las potencias árabes que incluye una solución estatal palestina y la prohibición de la expulsión de los gazatíes de su territorio o la colonización total de Cisjordania ocupada.
En cierta medida Israel ya ha votado en contra de cualquier negociación cuando eliminó al influyente dirigente Ali Larijani, un pragmático aceptable para Occidente. Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento y ex comandante de la Guardia Revolucionaria, aparece como el relevo de aquella figura y es quien se afirma, buscaría EE.UU. para un acuerdo. Suponemos que debe estar muy protegido. Pero Israel tiene un problema objetivo, sin EE.UU. ni aliados europeos, no puede continuar la guerra contra Irán. Deberá limitarse a Líbano.
La alternativa de un desembarco se correspondería claramente con los intereses de Israel y de algunos antiguos enemigos de Irán en la región, pero implicaría la muerte política de Trump. El desarrollo del conflicto pone en duda que la teocracia cedería si pierde el control de Kharg o las otras islas. Al mismo tiempo generales como Mark Milley y otros mandos que sirvieron en el primer gobierno de Trump advirtieron que una invasión terrestre sería “una trampa de proporciones históricas”. Aparte de la disparada previsible del precio del petróleo.
El escenario configura un inesperado alimento para la oposición demócrata con vistas a las elecciones legislativas de noviembre que amenazan con amputar el poder real de Trump. Esos comicios están a la vez muy cerca en el ánimo de los votantes y las necesidades políticas domésticas, y muy lejos para llevar la guerra hasta entonces e intentar utilizarla para suspender la votación por una “emergencia nacional”, una tentación que recuerda el intentó sin éxito de Trump con las presidenciales de 2020 durante la pandemia de covid.
Especulaciones. Los costos del trayecto del conflicto a noviembre serían extraordinarios. Solo para el registro, en estas horas el republicano acaba de perder una elección estatal en un distrito de Palm Beach que incluye Mar-a-Lago, donde tiene su lujosa residencia. En 2011 había ganado ahí por un diferencia de once puntos. La realidad a veces es obstinada en sus señales.

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