Unos meses antes de quedar embarazada, los controles anuales (mamografía y ecografía mamaria) de Vanesa Breard estaban “perfectos”. Sin embargo, al inicio de la gestación de su bebé notó un cambio: su mama derecha había tomado un color diferente y ella mismo se palpó una “bolita” en la axila.
En abril del 2024, embarazada de cuatro meses, notó que esa “bolita” sobresalía. El primer diagnóstico que le dio su ginecólogo, cuenta, fue mastitis. Pero como no había quedado conforme, solicitó que le realizaran una nueva ecografía mamaria, una punción y análisis de laboratorio.
“La espera fue difícil. Sentía una mezcla de ansiedad y vulnerabilidad, como si mi cuerpo estuviera siendo invadido. Mi mayor temor era la salud de mi bebé frente a todo lo que se aproximaba. La palabra cáncer ni siquiera se cruzó en mi mente antes de los estudios. Pero el día de la punción, todo cambió. Sentí una invasión profunda a mi cuerpo y al de mi hija. Recostada en esa camilla, supe que algo andaba mal y no podía dejar de llorar. En ese instante, el miedo me inundó: miedo por ella y una incertidumbre abrumadora sobre cómo iba a transitar mi vida con lo que estaba por venir”, recuerda, con angustia.

Su mente se apagó por completo
El 6 de mayo de 2024 quedó grabado en su memoria para siempre; fue una fecha que no podrá olvidar. Había pasado una eternidad en la sala de espera, mirando el reloj sin verlo, con esa sensación punzante de que algo no estaba bien, de que algo se movía por dentro y desacomodaba todo, en silencio.
Cuando el mastólogo, finalmente, tomó el estudio y empezó a leer el resultado, ella solo pudo interrumpirlo con una pregunta directa, casi sin aire: “¿Es cáncer?”. El “sí” fue rotundo, seco, definitivo. En ese instante, su mente se apagó por completo. Las palabras siguientes llegaron distorsionadas, como si vinieran desde muy lejos. Veía al médico mover los labios, pero ya no podía escucharlo del todo.

Los días que siguieron fueron una neblina densa. Se despertaba y, por unos segundos, pensaba que todo había sido una pesadilla.
“El médico hablaba, pero yo me sentía fuera de mi cuerpo”
Después, como un golpe frío, volvía a la realidad: “Tengo cáncer”. Vanesa sentía miedo, rabia, incredulidad. A veces quería llorar y no le salían las lágrimas; otras, cualquier detalle mínimo la desbordaba.
“Me bloqueé por completo. El médico hablaba, pero yo me sentía fuera de mi cuerpo. Me invadió un miedo paralizante y una angustia enorme. Solo podía pensar en el futuro de mi hija y en el mío; la idea de la muerte se volvió algo real y presente. No pude evitar preguntarme: ´¿Por qué me está pasando esto a mí´? ¿´Me voy a morir´?

Esa noticia que la sacudió por completo no le dio tiempo a quedarse quieta: había que actuar rápido, por ella y por su bebé. El diagnóstico fue claro y contundente, y con él llegó una certeza difícil de aceptar: no podían esperar al nacimiento de su hija para empezar el tratamiento.
“No estaba preparada para la quimioterapia”
Entonces, apareció algo fundamental: un equipo que se puso a pensar en ella de manera integral. Mastólogos y obstetras se sentaron a diseñar, juntos, el mejor camino posible. No se trataba solo de atacar la enfermedad, sino de hacerlo de forma segura, cuidando cada detalle, cada riesgo, cada paso.
“En aquel momento, no estaba preparada para la quimioterapia, vivía en una negación profunda porque el miedo a perder a mi hija me paralizaba el corazón. Sin embargo, en medio de esa incertidumbre, nos sentimos profundamente cuidadas. Mi cuerpo se convirtió en un mapa de estudios para ambas, y cada quimioterapia era un acto de fe. Pero lo que realmente me mantuvo en pie fueron los mensajes de la familia, amigos e incluso de desconocidos”.

Vanesa enfrentó el mayor desafío que una madre puede imaginar: hacer quimioterapia embarazada. El miedo era inmenso y su mayor preocupación y motor era la bebé que llevaba dentro.
“Todo el tiempo le hablaba, a veces con palabras y otras con el pensamiento, pidiéndole perdón por los días difíciles, pero asegurándole que yo era su escudo. No me permitía quebrarme. Había una vida que dependía de mi equilibrio, y esa responsabilidad me daba una fuerza que no sabía que tenía. Mi prioridad no era solo gestarla, sino construirle un entorno de calma, incluso cuando por dentro yo estuviera lidiando con mis propias tormentas”.
¿Cómo fue el tratamiento?
Vanesa confiesa que llegó a la primera sesión de quimio con un nudo en la garganta. El miedo la invadía por completo. Hasta recuerda perfectamente el momento en que la enfermera se acercó y comenzó a pasar la primera droga. En ese instante, expresa, la realidad la golpeó de frente y no pudo contener más la angustia.

“En medio de ese silencio me refugié en lo único que sentía que podía sostenerme. Me puse a rezar. Cerré los ojos y, mientras hacía quimio, solo le pedía a Dios que todo estuviera bien. Fue, sin duda, el momento de mayor vulnerabilidad y, a la vez, de mayor fe que me tocó vivir. Mi actitud dio un giro total: dejé de ver la medicación como una amenaza y empecé a creer con fuerza que era mi cura. Me sentí más segura. Todo lo que había leído y temido no ocurrió; más allá de la caída del cabello, mi mente se mantuvo firme. Descubrí que la realidad fue mucho más llevadera que el miedo a lo imaginado”.
El regalo más importante que le dio la vida
Aunque el cansancio la invadía y el sueño era constante, Vanesa logró cumplir las sesiones de quimio cuyo esquema fue cada 15 días.
“El parto fue increíble, mágico, acompañada de mi esposo. Sentía mucha paz, me trajo esperanza, estaba muy tranquila con el apoyo de los médicos. Cuando la vi por primera vez a Catalina sentí un alivio inmenso. Ver su cara, escuchar su llanto, sentirla, por fin, fue todo lo que siempre quise. Mi niña valiente nació sana y fuerte, es un amor inexplicable”, llora.

¿Cómo es Catalina?
Tiene una esencia única: es buena, dulce, siempre tiene una sonrisa y transmite mucha paz. Me conmueve hablar de ella porque sé todo lo que superó; su valentía me llena de orgullo.
¿Cómo sos como mamá?
Sin duda, una experiencia tan hermosa como desafiante. Una mezcla de caos y amor en partes iguales. Aunque hay días difíciles, siempre logramos salir a flote. Mantener el equilibrio y cuidar nuestro vínculo es una tarea de todos los días. Soy la organizadora oficial de salidas, cómplice del más grande, la que consciente travesuras.

¿Lo que te pasó fue un antes y un después en tu vida?
Claro que sí. Hoy disfruto de las cosas simples. Estoy enfocada en cuidar mi salud, tanto física como emocional, aprendiendo a quererme tal como soy en este presente. He aprendido a no actuar por compromiso y a priorizar lo que realmente me hace bien. El cáncer dejó secuelas, sí, entendiendo que agradecer no significa ignorar el dolor ni minimizar las dificultades, no quiero luchar contra lo malo solo trato de ser valiente. El después de esta enfermedad me hace más cercana a todas a esas mujeres que necesitan una palabra, quiero ser útil a cada historia que se presente, quiero ayudar.
Si algo me ha enseñado este camino es que el amor no es solo una emoción, sino un acto de voluntad, una coraza invencible. Hoy, al mirar a mis hijos, ya no siento el peso de lo vivido, sino la profunda gratitud de estar viva y de poder abrazarlos. Rezo, agradezco, sobre todo, para no olvidarme nunca de la lección aprendida: que la vida es ahora, y que la mayor fuerza siempre reside en el amor incondicional que nos da la capacidad de resistir lo impensable y florecer de nuevo.
El 6 de mayo de 2024, cuando supo el diagnóstico, fue una fecha que no podrá olvidar: había pasado una eternidad en la sala de espera con esa sensación punzante de que algo no estaba bien

Más historias
“Nació por necesidad”: su padre tenía una concesionaria de autos importados, cerró, un consejo cambió todo y creó dos reconocidas marcas
Para volver a la Nueva Ola
Javier Milei, en vivo: las últimas medidas del Gobierno