La Voz
“Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio; y si hoy estoy en el Super Bowl, es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías creer en ti. Vales más de lo que piensas”. Lo dijo Bad Bunny el domingo pasado, ante una audiencia de 128,2 millones de personas, durante el show de medio tiempo del evento realizado en Santa Clara, California.
La frase podría formar parte de una charla motivacional de esas que pululan en redes sociales. Pero también ser leída como la síntesis del clima político global. El de la reivindicación de la autenticidad como forma de poder.
Bad Bunny es hoy uno de los músicos más escuchados del planeta. Sus canciones se reproducen miles de millones de veces en plataformas de streaming. Es, a la vez, fenómeno cultural y actor político. No porque milite formalmente, sino porque convirtió su identidad (canta en español en el mayor mercado anglosajón del mundo, y defiende sus posiciones sin matices) en un capital simbólico de alto impacto en Estados Unidos, atravesado por la antiinmigración de Donald Trump y la reacción que esa agenda provoca.
Su mensaje insiste en una idea: no haberse traicionado nunca. Y, lo busque o no, ese principio es hoy el núcleo de la narrativa que también se repite en despachos políticos de Córdoba, de la Argentina y de buena parte de Occidente.
“Respeto a Javier Milei. Porque dice lo que piensa y hace lo que cree”, admitía esta semana en off uno de los dirigentes más influyentes de la provincia. La frase no es adhesión ideológica. Es más bien rendición ante la evidencia. La ola de la autenticidad llegó hace meses y desplazó la vieja escuela de la impostura estratégica. La moderación calculada dejó de ser virtud y empezó a parecer debilidad.
Claro que Bad Bunny, en el escenario del Super Bowl, habló de unión, de dejar atrás el odio y de apostar al amor. Su mensaje es político, pero su dirección es integradora. En política partidaria, en cambio, la autenticidad suele operar en clave confrontativa.
Borgianos
“Hay hoy un debate, en la conversación pública, sobre la corrección política. La idea de que se han abandonado las reglas no sólo provoca como gesto disruptivo; también expresa determinación”, explica el politólogo Lucas Romero. La provocación comunica que alguien está dispuesto a hacer lo que dice. Y eso transmite poder.
Para encuadrarlo teóricamente, Romero cita al ensayista italiano Giuliano da Empoli, quien en su último libro, La hora de los depredadores, describe a los líderes “borgianos” (en referencia a la familia italiana Borgia, que marcó el Renacimiento) como dirigentes pragmáticos, con rasgos autoritarios, que actúan sin complejos para consolidar poder, en línea con la lógica de Nicolás Maquiavelo.
Cita a figuras como Mohamed bin Salmán o Nayib Bukele. Javier Milei no comparte la estructura institucional ni la concentración extrema de poder, pero sí la exhibición de voluntad sin filtros. La idea de que la reflexión excesiva y la corrección política son signos de fragilidad.
“Llevan adelante acciones irreflexivas. Eso transmite poder. Una persona poderosa no puede estar sometida a la reflexión constante”, agrega Romero.
El gran dato es que está funcionando.
Lo presenciamos en las últimas elecciones. Y lo volvimos a ver durante la semana, cuando el oficialismo consiguió en el Congreso media sanción en el Senado de la reforma laboral (imposible para Raúl Alfonsín, resistida por Carlos Menem y los Kirchner), y la media sanción en Diputados del nuevo régimen penal juvenil (con la baja de la edad de imputabilidad). Dos iniciativas sensibles, de alto valor simbólico, que eclipsaron el mal dato de inflación de enero.
Claro que en la médula del Congreso hubo negociación intensa. Patricia Bullrich y Diego Santilli trabajaron con la ingeniería política clásica, que incluyó llamados, fondos y modificaciones. Pero lo hicieron bajo un liderazgo que nunca moderó el discurso para facilitar acuerdos, los que se construyen sin alterar la identidad pública del jefe político.
Ahí está el cambio estructural. La coherencia discursiva (real o performática) ordena a los propios y reduce la ansiedad del votante que busca referencias nítidas. Si alguien actúa sin cálculo, transmite convicción. Y la convicción disciplina.
Durante años, la política argentina eligió el eufemismo como estrategia. El “gradualismo” promovido por Mauricio Macri y alentado por Jaime Durán Barba buscó evitar la confrontación directa. El resultado no preservó capital propio ni consolidó transformaciones profundas. Hoy el propio “Calabrés” admite que haberse traicionado tuvo costos altos.
La época parece exigir otra cosa. “Nunca dejes de creer en ti” ya no es sólo un mantra. Es una consigna política. El líder que no duda en público, que no matiza su identidad, que no pide permiso para incomodar obtiene rédito.
Pero hay un riesgo evidente, y es que cuando la autenticidad se convierte en técnica, puede vaciarse. Si la coherencia se percibe como pose, la legitimidad podría correr el riesgo de erosionarse con la misma velocidad con la que se construyó. La autenticidad paga mientras se la perciba genuina.
Muchos, que la vieron, ya empezaron a entonar canciones de Bad Bunny. La tentación parece razonable. Pero ¿qué ocurre cuando todos declaman autenticidad al mismo tiempo? La política puede tolerar la confrontación. Lo que no tolera es el cinismo detectado.
La autenticidad no se proclama: se prueba en el tiempo. Y hasta hoy, quienes creyeron en sí mismos están triunfando.
“Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio; y si hoy estoy en el Super Bowl, es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías creer en ti. Vales más de lo que piensas”. Lo dijo Bad Bunny el domingo pasado, ante una audiencia de 128,2 millones de personas, durante el show de medio tiempo del evento realizado en Santa Clara, California.La frase podría formar parte de una charla motivacional de esas que pululan en redes sociales. Pero también ser leída como la síntesis del clima político global. El de la reivindicación de la autenticidad como forma de poder.Bad Bunny es hoy uno de los músicos más escuchados del planeta. Sus canciones se reproducen miles de millones de veces en plataformas de streaming. Es, a la vez, fenómeno cultural y actor político. No porque milite formalmente, sino porque convirtió su identidad (canta en español en el mayor mercado anglosajón del mundo, y defiende sus posiciones sin matices) en un capital simbólico de alto impacto en Estados Unidos, atravesado por la antiinmigración de Donald Trump y la reacción que esa agenda provoca.Su mensaje insiste en una idea: no haberse traicionado nunca. Y, lo busque o no, ese principio es hoy el núcleo de la narrativa que también se repite en despachos políticos de Córdoba, de la Argentina y de buena parte de Occidente.“Respeto a Javier Milei. Porque dice lo que piensa y hace lo que cree”, admitía esta semana en off uno de los dirigentes más influyentes de la provincia. La frase no es adhesión ideológica. Es más bien rendición ante la evidencia. La ola de la autenticidad llegó hace meses y desplazó la vieja escuela de la impostura estratégica. La moderación calculada dejó de ser virtud y empezó a parecer debilidad.Claro que Bad Bunny, en el escenario del Super Bowl, habló de unión, de dejar atrás el odio y de apostar al amor. Su mensaje es político, pero su dirección es integradora. En política partidaria, en cambio, la autenticidad suele operar en clave confrontativa. Borgianos“Hay hoy un debate, en la conversación pública, sobre la corrección política. La idea de que se han abandonado las reglas no sólo provoca como gesto disruptivo; también expresa determinación”, explica el politólogo Lucas Romero. La provocación comunica que alguien está dispuesto a hacer lo que dice. Y eso transmite poder.Para encuadrarlo teóricamente, Romero cita al ensayista italiano Giuliano da Empoli, quien en su último libro, La hora de los depredadores, describe a los líderes “borgianos” (en referencia a la familia italiana Borgia, que marcó el Renacimiento) como dirigentes pragmáticos, con rasgos autoritarios, que actúan sin complejos para consolidar poder, en línea con la lógica de Nicolás Maquiavelo.Cita a figuras como Mohamed bin Salmán o Nayib Bukele. Javier Milei no comparte la estructura institucional ni la concentración extrema de poder, pero sí la exhibición de voluntad sin filtros. La idea de que la reflexión excesiva y la corrección política son signos de fragilidad.“Llevan adelante acciones irreflexivas. Eso transmite poder. Una persona poderosa no puede estar sometida a la reflexión constante”, agrega Romero. El gran dato es que está funcionando.Lo presenciamos en las últimas elecciones. Y lo volvimos a ver durante la semana, cuando el oficialismo consiguió en el Congreso media sanción en el Senado de la reforma laboral (imposible para Raúl Alfonsín, resistida por Carlos Menem y los Kirchner), y la media sanción en Diputados del nuevo régimen penal juvenil (con la baja de la edad de imputabilidad). Dos iniciativas sensibles, de alto valor simbólico, que eclipsaron el mal dato de inflación de enero.Claro que en la médula del Congreso hubo negociación intensa. Patricia Bullrich y Diego Santilli trabajaron con la ingeniería política clásica, que incluyó llamados, fondos y modificaciones. Pero lo hicieron bajo un liderazgo que nunca moderó el discurso para facilitar acuerdos, los que se construyen sin alterar la identidad pública del jefe político. Ahí está el cambio estructural. La coherencia discursiva (real o performática) ordena a los propios y reduce la ansiedad del votante que busca referencias nítidas. Si alguien actúa sin cálculo, transmite convicción. Y la convicción disciplina.Durante años, la política argentina eligió el eufemismo como estrategia. El “gradualismo” promovido por Mauricio Macri y alentado por Jaime Durán Barba buscó evitar la confrontación directa. El resultado no preservó capital propio ni consolidó transformaciones profundas. Hoy el propio “Calabrés” admite que haberse traicionado tuvo costos altos.La época parece exigir otra cosa. “Nunca dejes de creer en ti” ya no es sólo un mantra. Es una consigna política. El líder que no duda en público, que no matiza su identidad, que no pide permiso para incomodar obtiene rédito.Pero hay un riesgo evidente, y es que cuando la autenticidad se convierte en técnica, puede vaciarse. Si la coherencia se percibe como pose, la legitimidad podría correr el riesgo de erosionarse con la misma velocidad con la que se construyó. La autenticidad paga mientras se la perciba genuina. Muchos, que la vieron, ya empezaron a entonar canciones de Bad Bunny. La tentación parece razonable. Pero ¿qué ocurre cuando todos declaman autenticidad al mismo tiempo? La política puede tolerar la confrontación. Lo que no tolera es el cinismo detectado.La autenticidad no se proclama: se prueba en el tiempo. Y hasta hoy, quienes creyeron en sí mismos están triunfando.

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