General Madariaga queda apenas a 31 kilómetros de Pinamar. Sin embargo, durante años funcionó como si estuviera mucho más lejos del mapa turístico. Este pueblo de campo y pulso tranquilo fue siempre el lugar al que se atravesaba para llegar a la playa, no el que invitaba a frenar. Pero de un tiempo a esta parte eso empezó a cambiar. Sin estridencias ni marketing forzado, de a poco fueron apareciendo proyectos gastronómicos con identidad propia, desde heladerías artesanales a bodegones contemporáneos, vinotecas y hasta una bodega de costa. Hoy Madariaga se anima a algo distinto: construir una escena gourmet que dialoga con su raíz campera y ofrece una alternativa real para comer bien antes o después del mar.

1. Olmo: la mesa que dialoga con el club

Olmo se ubica dentro del club Juventud Unida, y ofrece un menú liviano y fresco para el mediodía y otro más elaborado para la noche

Dentro del club Juventud Unida se esconde un pequeño tesoro. Se trata de Olmo, que abrió sus puertas bajo el concepto de “cocina de entorno”. Para Santiago López, su creador, la intención desde el inicio fue brindar más que un espacio para comer, sino “un lugar para encontrarse, para compartir, para quedarse un rato más”, integrado naturalmente a la vida del club, el verde, el deporte y la dinámica social.

La propuesta gastronómica acompaña esta idea con un menú simple pero muy trabajado en su ejecución, con sabores claros y producto bien tratado. “Buscamos una cocina accesible, sin perseguir la complejidad por la complejidad misma, sino la coherencia, el equilibrio y el disfrute”, explica López. De día, la carta acompaña el ritmo del club, más distendida y familiar, con opciones como revuelto gramajo, milanesas, sándwiches y ensaladas. Por la noche, sin perder identidad, la propuesta se vuelve “un poco más gastronómica”, con platos más elaborados. Algunas opciones que funcionan muy bien son las croquetas de osobuco, el ojo de bife con papas y mermelada de pimientos o los gnocchi pangritata, uno de los más pedidos. Y para respetar esta idea de cocina de entorno, la carta se renueva en parte cada 60 días.

Los gnocchi pangritata son una de las estrellas de la carta

La clientela mantiene el espíritu con el que fue creado: familias, parejas, grupos de amigos, socios del club y visitantes que llegan desde la zona o de paso por la costa, atraídos por un boca en boca que creció de manera natural. “En Olmo nos importan mucho las personas, nuestro oficio y que quienes nos visitan se vayan un poco mejor de lo que entraron”, resume López, condensando el alma del proyecto.

Moreno 2622. Instagram: @olmo.cocina.de.entorno.

2. La Maroma: un bodegón de costa

La Maroma se presenta como un bodegón contemporáneo

La Maroma abrió sus puertas en septiembre de 2024 y lo hizo sin corte de cinta ni grandes anuncios. “Fuimos abriendo de a poco, estudiando al cliente y sumando experiencias”, cuenta Franco Chiabrando, uno de los dueños. El proyecto nace del sueño compartido de dos amigos que trabajaron juntos durante años en relación de dependencia y que, después de una década, decidieron apostar a algo propio. Se asociaron, arrancaron desde la construcción y, paso a paso, llegaron a su propio local, con una idea clara desde el inicio.

¿La propuesta? Comer bien, abundante, a precios accesibles, con buena atención y clima familiar. La carta es amplia y responde a ese espíritu de bodegón contemporáneo. Hay énfasis en los pescados, con rabas, merluza a la romana, gambas al ajillo, salmón, pero también pastas caseras elaboradas en el local, como ravioles de cordero, sorrentinos de calabaza o los clásicos ñoquis. Entre los cortes de carne destacan la entraña y y el asado banderita. El rótulo de plato estrella se lo lleva la milanesa a la Maroma, grande y pensada para compartir, que sale a la napolitana con papas fritas. Y entre los fuera de libreto se destaca el osobuco braseado, con cuatro horas de cocción y servido con el hueso.

El lugar también se caracteriza por sus peñas y eventos con gran convocatoria

Lo que soñaban para su clientela se cumplió con creces. Hoy el lugar se puebla con familias, mesas grandes y turismo que llega desde Costa Esmeralda, Pinamar, Cariló y alrededores, muchas veces por recomendación. En un Madariaga donde conviven cierres de locales históricos con nuevas aperturas impulsadas por gente joven, La Maroma logró hacerse un lugar propio. Y una razón más detrás del éxito: suelen organizar peñas con gran convocatoria.

Avenida Buenos Aires calle 31. Instagram: @lamaroma_bodegon

3. Bodega Gamboa: apostar a los viñedos de mar

Bodega Gamboa se animó a los viñedos en un terruño inesperado

Entre campos abiertos y un paisaje que no suele asociarse al mundo del vino, Bodega Gamboa suma una experiencia que sorprende. Viñedos prolijos, recorridos cuidados y una propuesta pensada para entender qué pasa cuando la vitivinicultura se corre de los mapas habituales y se anima a otro ritmo, otro clima y otra lógica productiva. Por eso, aquí el plan no es solo un maridaje, sino también recorrer el proceso y el entorno que les da sentido.

El proyecto pertenece a Eduardo Tuite, a quien sus propios colegas siempre miraron con cierta incredulidad por su obsesión por explorar nuevas geografías. Esa inquietud lo llevó a elegir Madariaga y a encarar un trabajo profundo sobre la tierra antes de plantar la finca, apostando por varietales tradicionales de perfil cordillerano en un suelo especialmente tratado. El objetivo fue producir vinos de calidad, con identidad propia, en un terruño inesperado.

La propuesta de picnic al atardecer es una de las más celebradas

Las visitas al público se realizan de jueves a domingos y combinan recorridos guiados por el viñedo y la bodega, con degustaciones pensadas para entender la influencia del suelo, el clima y la cercanía al mar. También hay propuestas ideales para después de la playa, como el picnic al atardecer entre los viñedos. Además, el 15 de febrero la bodega será sede del Primer Encuentro de Vinos con Influencia Oceánica de la Argentina, una cita que confirma que este rincón de Madariaga empieza a jugar un papel propio en la conversación.

Ruta 74, km 24. Instagram: @bodegagamboa.

4. Tala: lo artesanal en su máxima expresión

Pistacho, uno de los gustos estrella

En el nuevo pulso gastronómico que empieza a tomar forma en Madariaga, una heladería artesanal era una pieza natural del recorrido. Y así llega Tala para completar esa escena, un proyecto que elabora helado fresco todos los días, con una carta acotada de entre diez y once sabores, formulados sin bases industriales, conservantes ni aditivos, y con materia prima real procesada en el lugar. Toda la propuesta es sin TACC y se guía por la temporada, con sabores que se ajustan según disponibilidad de producto y momentos del año.

Detrás de Tala está Santiago López, cocinero y creador de Olmo, que a fines de 2024 decidió volcar su recorrido gastronómico en un proyecto propio de heladería artesanal luego de varios años de formación, incluido un inicio junto a Christian Petersen, una experiencia que marcó su manera de entender el oficio y que hoy se traduce en una mirada técnica y rigurosa sobre el producto. “Hacemos el helado como se hacía antiguamente: pelamos frutas, procesamos productos reales, trabajamos con materia prima fresca. Es un doble trabajo, mucho más demandante en tiempo y energía, pero creemos profundamente que eso se percibe en el resultado final”, describe con pasión.

El local es tan minimalista como el menú: solo 11 sabores (uno fuera de carta), hechos 100% artesanalmente

La carta corta responde a ese espíritu de trabajo. En Tala cada sabor se formula de manera independiente y se produce desde cero, con combinaciones que se salen del repertorio clásico, como remolacha con frambuesa, zanahoria con curry, naranja con cilantro o lavanda con moras. “Nos interesa mucho el trabajo con hierbas, infusiones y perfiles aromáticos que expandan un poco el universo clásico del helado”, cuenta López. El proyecto sigue en una etapa activa de experimentación y ya tiene en estudio posibles desarrollos en CABA y Zona Norte, con la intención de crecer sin perder estándar ni calidad.

Moreno 913. Instagram: @tala_heladeria

5. Mil Copas: entre el bodegón y la vinoteca

Una esquina clásica de Madariaga aloja a esta vinoteca que ya es un clásico de la zona

Mil Copas nació hacia 2010 de la mano de Martín Colombo, después de varios años de recorrer el norte de la provincia de Buenos Aires como viajante de bodegas boutique y de meterse de lleno en el mundo del vino. “Ese contacto directo con productores y etiquetas artesanales fue el germen del proyecto”, cuenta. Primero funcionó como vinoteca y fiambrería y, ocho años más tarde, la posibilidad de alquilar una esquina emblemática de Madariaga terminó de definir el concepto actual: un bodegón de campo con alma de vinoteca.

La propuesta recupera el clima del bodegón tradicional, con platos caseros y abundantes elaborados en el lugar, pastas frescas hechas con sémola, postres artesanales y un asado al asador que se volvió marca registrada. Todo convive con una carta de más de 150 etiquetas de bodegas boutique de todo el país y una cuidada selección de destilados (tienen más de 30 marcas de gin). “La idea siempre fue que el vino fuera protagonista, pero sin solemnidad”, explica Colombo. El espacio funciona durante todo el día, desde el desayuno hasta la cena, e incluso invita al ritual del mate.

El asado, uno de los infalibles de Mil Copas

Además del servicio en salón, ofrece envíos a domicilio y la posibilidad de llevar vinos, pastas caseras y productos regionales. “Queríamos un lugar al que la gente vuelva, no solo a comer o a tomar vino, sino a quedarse un rato”, resume su creador.

Moreno 900. Instagram: @milcopasmadariaga

​El pueblo de campo levanta el perfil con restaurantes, bodegones, vinotecas y heladerías de reciente apertura  

About The Author