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POLITICA

"Mantequita y llorón, mentiroso y pecador": los ingenuos duelos verbales de Alfonsín y Ubaldini

"Mantequita y llorón, mentiroso y pecador": los ingenuos duelos verbales de Alfonsín y Ubaldini

El presidente de la democracia recuperada y el jefe de la CGT fueron protagonistas de chispazos y grescas que marcaron una época. La crisis de 2001 dio lugar a la reconciliación.

“El país no está para mantequitas, llorones y quejosos”, bramó el presidente Raúl Alfonsín, guiado por su temperamento de “gallego cascarrabias”, como él mismo se asumía. Ocurrió durante un acto en Trelew, el 17 de mayo de 1985, y nadie sospechó entonces que era la chispa que al año siguiente desataría el incendio de cuatro paros consecutivos de la central obrera, de los que se están cumpliendo cuarenta años, parte de las 13 medidas de fuerza contra un gobierno, registro indisputado en la historia de la Argentina moderna.

El líder radical aludía a los permanentes reproches a su gestión que encabezaba Saúl Ubaldini, quien le contestaría a través de un reportaje en un semanario de actualidad, entonces de gran circulación, cuyo target era más vecino del glamour, el show business y la farándula que a los menesteres de la política: “No soy ni mantequita ni llorón ni quejoso”. Esa repuesta tuvo gusto a poco en sus propias filas. Y apenas días más tarde Ubaldini le daría a la réplica un fuerte contenido político.

En Plaza de Mayo, donde el peronismo había vivido sus apoteosis triunfales y también sus enojos homéricos, respondería con una frase impregnada de una tenue brisa romántica, asociada a las raíces católicas y semblanzas bíblicas del peronismo: “Llorar es un sentimiento, pero mentir es un pecado”, diría el jefe de un gremio menor, de sólo 6 mil afiliados, como el de los cerveceros, quien ese día empezaría a sacar chapa política y se convertiría en el verdadero rostro de la oposición, ante la inacción de una dirigencia partidaria que no encontraba el tono para plantarse ante la UCR triunfante.

Aquel truco y retruco entre un presidente y un gremialista, entre radicales y peronistas, atravesaba entonces las primeras batallas de la recuperación democrática: el alfonsinismo, impulsado por su victoria avasallante en las urnas del 30 de octubre de 1983, paseaba sus aires triunfales en cenáculos de la política, usinas intelectuales, circuitos académicos y sobre todo cautivaba la empatía cívica de los ciudadanos de a pie.

Alfonsín y Ubaldini protagonizaban frecuentes batallas para ejercer el predominio de sus propias narrativas, para lo cual apelaban a un discurso de picardías verbales ingenuas, casi candorosas. Aun así, no desatendían los riesgos de un reflujo autoritario en ámbitos castrenses. En campaña, Alfonsín había denunciado un presunto pacto militar-sindical, de altísimo impacto en el electorado. Ya en el gobierno, había embestido contra las organizaciones gremiales con un proyecto de ley para “democratizar la vida sindical”, que no pasó el filtro del Senado.

Los radicales ofrecían un menú cuyo plato fuerte era un republicanismo modernizador ante un PJ todavía perplejo por su primera derrota en elecciones libres y transparentes, que se limitaba al rescate de una épica al parecer agotada, en medio de la orfandad sin retorno. Ya no estaba Perón para restaurar el equilibrio entre tantos intérpretes disímiles del Movimiento: sus herederos sólo recitaban de memoria una retórica hueca y antigua. Salvo la novedad que traía ese dirigente obrero de campera de cuero negra, carisma sencillo y a la vez potente, capaz de animarse al duelo oral con un dirigente de barricada como Alfonsín, quien en los palcos políticos parecía más peronista que radical, según observadores del momento.

El expresidente Raúl Alfonsín.

Por estilo y responsabilidades, esos dos hombres asumían aquellas grescas de la palabra entre los partidos mayoritarios, disparadas desde los mítines con muchedumbres alrededor o en sutiles dardos lanzados para que la prensa de entonces las volcara a los diarios en papel y los noticieros de radio y televisión, únicos vehículos informativos de aquellos tiempos. Frente a frente, golpe a golpe, verso a verso ahí estaban Raúl Alfonsín y Saúl Ubaldini.

El presidente Alfonsín era un radical que había transformado a su partido en una fuerza mayoritaria, y resucitado en los jóvenes la intransigencia de Alem y la rebeldía del yrigoyenismo originario, extraviadas por décadas. Encarnaba al dirigente a quien más de un peronista admiraba en silencio.

Ubaldini, jefe de la Confederación General del Trabajo, representaba un estilo que refutaba la leyenda negra asociada a los instrumentos turbios y violentos del sindicalismo peronista en tiempos de la Resistencia, las prohibiciones cívicas y las proscripciones electorales. “El Nene” o “el Pibe” lo llamaban desde un par de años antes los gremialistas veteranos en los trajines del peronismo.

Como fuere, esos dos hombres eran la síntesis política perfecta de aquel tiempo en el que la palabra no buscaba humillar, sino prevalecer. Al contrario de la metralla verbal escatológica de los días que corren, probablemente tan efímera como el cotorreo en las redes que la alimenta, aquel revoleo de palabras y chicanas que cruzaban por entonces Alfonsín y Ubaldini definieron una era de la política más reciente, que quedaría en los archivos históricos y en la memoria colectiva.

El clima de época contribuía, ya que estaba aún fresca la gesta de Lech Walesa, jefe gremial del astillero Lenin, en la ciudad polaca de Gdansk, quien, desde su militancia obrera y católica, con un guiño de su compatriota, el Papa Juan Pablo II, había enfrentado al gobierno polaco, adscripto al comunismo del Kremlin.

Fundó el sindicato independiente “Solidaridad”, el primero en su tipo en el bloque soviético y se constituyó en un ejemplo y modelo de las nuevas luchas obreras en el último tramo del siglo XX. Tanto que una década después llegaría a ser presidente de Polonia, consagrado por el voto popular.

Los arrebatos entre Alfonsín y Ubaldini, representativos de aquella cultura política, se vincularían además con el lanzamiento del Plan Austral (puesto en marcha apenas días después del entuerto de “mantequitas y pecados”), que Alfonsín escondía bajo su manga, con el cual alumbraba una nueva moneda (el Austral), que le quitaría tres ceros al peso argentino y domaría en los primeros tiempos la rebelde inflación nacional, pero al costo interno de congelar salarios.

En consecuencia, Ubaldini, quien ya había insinuado su liderazgo en tiempos de la dictadura militar, sería el gran impulsor de las 13 medidas de fuerza de la CGT contra el gobierno de Alfonsín, siempre en medio de aquel juego de la retórica de la bronca y la réplica inmediata y rotunda.

Saúl Ubaldini, el impulsor de los 13 paros generales contra Raúl Alfonsín

La central obrera, que ya había parado en 1984 (una huelga) y en 1985 (dos medidas de fuerza), llegaría en 1986 a las mencionadas cuatro protestas generales en un mismo año: 24 de enero, paro general de 24 horas; 25 de marzo: paro de 12 horas con movilización a la Avenida 9 de Julio; 13 de junio: paro general de 24 horas; 9 de octubre: paro de 12 horas. Le seguirían tres huelgas más en 1987 y otros tres más en 1988. Hasta completar las históricas trece, cifra indisputada en la historia de la Argentina moderna y desde la constitución de la CGT, en 1930.

Alfonsín, quien le había adjudicado al cervecero y la CGT, más que al peronismo político, una “prédica disolvente”, solía recordar que su metralla verbal de “mantequita, llorón y quejoso” fue una respuesta largamente contenida, que decidió liberar con su paciencia rota cuando en dos actos sucesivos en Formosa y Mendoza, el cervecero expresaría su pensamiento profundo con palabras que podrían resumirse en algo así como “ya cubierta la cuota de mentira electoral, o cumplen lo prometido en la campaña o se van”. Hasta Hebe de Bonafini, de Madres de Plaza de Mayo, declaró que Ubaldini había ido demasiado lejos.

El exabrupto sería la gota final de un vaso lleno: en la picante oratoria de Trelew, Alfonsín admitiría que había cuestiones para mejorar en materia de empleo y el salario, y que pensaba hacerlo. Textual: “… aunque algunos mantequitas están llorando y quejosos (...) queremos resolver cuanto antes los problemas, pero no los vamos a resolver con llorones que se ponen frente al pueblo para decirles que hay que cambiar la economía o que se vayan”. Mucho tiempo después, en octubre de 2001, con el país al borde del naufragio, el senador Alfonsín visitaría al diputado Ubaldini en la CGT. Allí se fundieron en un abrazo: fue la señal del olvido y la sepultura de cualquier rencor sobreviviente.

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