Cada vez que Mick Jagger cruza un escenario de un extremo al otro, corriendo, saltando, provocando a un público que podría ser su hijo o su nieto, ocurre algo curioso: los titulares no hablan de música, hablan de edad. "A sus 83 años", escriben, como si esa cifra fuera el verdadero espectáculo. Y quizás lo sea, aunque no por las razones que solemos creer.
Jagger nació en 1943. Keith Richards, su cómplice de toda la vida, apenas unos meses después. Ronnie Wood pasó los setenta y cinco. Charlie Watts, el motor silencioso de la banda, nos dejó en 2021 y su ausencia todavía se siente. Y sin embargo, los Rolling Stones siguen. No sobreviven: siguen.
Hace poco tiempo publicaron Foreign Tongues, su vigésimo quinto álbum, un disco de material nuevo, no una colección de viejas glorias recicladas. Volvieron a hacer aquello que saben hacer. La pregunta que quiero plantear no es cómo lo logran, sino por qué nos sorprende tanto.
Aquí es donde quiero detenerme, porque creo que la fascinación con la edad de Jagger revela más sobre nosotros que sobre él. Cuando decimos "mirá lo que hace a esa edad", estamos confesando, sin darnos cuenta, una expectativa muy baja sobre lo que significa envejecer. Damos por sentado que a los ochenta lo natural es el retiro, la quietud, el repliegue.
Lo que hace Jagger nos parece extraordinario porque contradice un guión que tenemos profundamente grabado: el guión de la vejez como declive inevitable.
Y ese guión es, en buena medida, una construcción social más que una verdad biológica. Por supuesto que el cuerpo cambia con los años; sería ingenuo negarlo, y Jagger no es inmune a ello. Pero entre el cambio real y el estereotipo que lo amplifica hay una distancia enorme.
La nueva longevidad —no es solo vivir más años sino vivirlos de otra manera— nos exige revisar esas ideas heredadas. No se trata de negar la edad ni de idealizar a quienes desafían las estadísticas, sino de entender que la segunda mitad no es un destino uniforme, sino una etapa diversa, tal vez la más diversa de la vida.
Hay algo más profundo, y tiene que ver con lo que en mi trabajo suelo llamar el propósito. Jagger sigue subiéndose a un escenario porque tiene una razón para hacerlo, algo que lo levanta cada mañana, un para qué.
La evidencia científica es cada vez más clara al respecto: las personas que envejecen con un sentido, con un proyecto, con vínculos y con actividad significativa, no solo viven más, sino que viven mejor. El propósito no es un lujo emocional; es un factor de salud.
También hay una lección sobre la continuidad. Los Stones no reinventaron su vida a los ochenta; siguieron haciendo, con adaptaciones, aquello que siempre los definió. Y esto conecta con algo esencial de la nueva longevidad: no envejecemos de golpe, envejecemos a lo largo de toda la vida.
Lo que sembramos a los cuarenta y a los sesenta —los hábitos, los vínculos, la curiosidad, el movimiento— es lo que cosechamos después. Jagger no empezó a cuidarse a los ochenta; simplemente nunca dejó de moverse, en todos los sentidos de la palabra.
Quiero ser honesto para no caer en la ingenuidad: no todos podemos ni queremos ser Mick Jagger, y sería injusto convertir su vitalidad en una nueva exigencia, en esa presión de "envejecer con éxito" que termina culpabilizando a quien no puede. La nueva longevidad depende también de condiciones sociales, económicas y de salud que no siempre están al alcance de todos. Reconocerlo es parte de una mirada seria sobre el tema.
Pero sí podemos quedarnos con algo. Cada vez que los Rolling Stones salen a tocar, nos ofrecen, casi sin proponérselo, una imagen distinta de lo que puede ser el paso del tiempo. No la del anciano frágil esperando el final, sino la de una persona mayor que sigue siendo protagonista de su propia vida. Esa imagen importa, porque las representaciones moldean expectativas, y las expectativas moldean cómo tratamos a las personas mayores y cómo nos imaginamos a nosotros mismos en el futuro.
Quizás por eso me cuesta ver en Jagger apenas a un fenómeno de resistencia física. Veo, sobre todo, un recordatorio incómodo y necesario: la vejez que tanto tememos se parece mucho menos a un final y mucho más a una continuación. La verdadera pregunta no es cómo hace Jagger para seguir. Es por qué seguimos pensando que, a cierta edad, lo esperable es detenerse.
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