A mis 77 años, el mandato social previsible habría sugerido una retirada silenciosa: contemplar el recorrido desde la comodidad de la jubilación tras décadas al frente de un “think tank” internacional y la escritura de áridos ensayos geopolíticos.
Sin embargo, la vida quebró cualquier guion preestablecido cuando perdí a mi compañera de vida. Entonces, se presentaron dos caminos: clausurar la existencia en un duelo perpetuo o transformar el dolor en un impulso vital.
Así, opté por desafiar el libreto: abandoné la solemnidad académica para volcarme a la ficción narrativa, descubriendo en la literatura irreverente no solo un refugio terapéutico, sino también una vía insospechada de reinvención personal y desafío profesional.
Este giro en mi trayectoria no constituye un mérito aislado, sino que refleja una encrucijada colectiva de época.
Atravesamos un cambio demográfico histórico donde la población mayor de 60 años crece a un ritmo inédito. La evolución constante de la biotecnología y la medicina preventiva no solo extendieron la longevidad promedio, sino que apoyan una vejez mucho más plena, autónoma y saludable. Se consolidó así el fenómeno de la llamada “Generación Silver”, que mueve la economía global a través del turismo, la innovación tecnológica y el consumo enfocado en el bienestar.
Por eso, resulta paradójico -y hasta insólito- que, moviendo semejante volumen de recursos, un relato insista en retratarnos bajo una mirada condescendiente, pasiva o puramente asistencialista.
Es en esa fisura donde tropezamos con el “viejismo”, un sesgo cultural profundamente arraigado que confunde la jubilación del mercado laboral con un retiro existencial.
La sociedad actual, marcada por la inmediatez y el culto a la juventud efímera, intenta arrinconarnos en la inactividad, presumiendo que el vigor, la curiosidad y las aspiraciones concluyen al cruzar determinada barrera etaria.
Sin embargo, se omite un valor insustituible: la memoria vivencial. En un mundo acelerado y sobreinformado, la experiencia acumulada de quienes hemos atravesado décadas de transformaciones no es un lastre del pasado, sino un ancla de lucidez para interpretar el presente.
Dar la batalla contra esos prejuicios es, ante todo, un imperativo ético. Porque cumplir años no equivale a apagarse; por el contrario, la vejez puede funcionar como una etapa de emancipación absoluta.
En mi caso, esa búsqueda de libertad desembocó en “Room Service en la Selva”, mi reciente libro de relatos.
Dejar atrás la corrección política y el tono docto para volcarme al humor mordaz, la ironía y la sátira fue un ejercicio sumamente gratificante.
La obra demuestra que la creatividad no caduca con el paso del tiempo.
Pertenezco a una generación moldeada por exilios, mudanzas y crisis complejas; la resiliencia es un hábito natural para nosotros.
Por eso, recuperar el protagonismo social no es una pretensión nostálgica, sino una afirmación del presente.
La ciencia se encargó de darnos más años de vida; la decisión de llenarlos de proyectos, pasión y sentido sigue siendo, invariablemente, nuestra.
El autor es ntropólogo, experto en Relaciones Internacionales y escritor.
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