En 1922, el arqueólogo Howard Carter abrió la tumba de Tutankamón y, luego, en el inventario anotó el descubrimiento de vasijas de alabastro con un residuo espeso y ámbar que los químicos identificarían como miel. En un relato casi legendario, los investigadores habrían probado la miel y afirmado que aún conservaba su típica dulzura.
Las vasijas habían sido selladas alrededor del año 1323 a.C. Las abejas que produjeron la miel recolectaron néctar de flores que florecieron cuando el bronce todavía era un metal estratégico. Y, según todos los análisis químicos disponibles, el contenido seguía siendo miel.
La miel hallada en la tumba de Tutankamón, famosa por sus maldiciones, mantuvo intactas sus propiedades comestibles gracias a su alta acidez, su baja humedad y sus enzimas naturales, que evitan el desarrollo de bacterias. Por ello, es uno de los pocos alimentos que no se echa a perder si permanece sellada y seca.
Un frasco puede durar más que la civilización que la produjo. La razón es un conjunto de tres defensas superpuestas que las abejas incorporan en cada gota, y cualquiera de ellas por sí sola sería suficiente para dificultar la supervivencia de la mayoría de las bacterias. Juntas, crean un entorno donde casi ningún organismo biológico puede sobrevivir.
El manjar de los faraones
Para los egipcios, la miel era un manjar reservado para las élites y una ofrenda importante para los fallecidos. Además de alimento, era utilizada para tratar heridas por sus propiedades antibacterianas y, en ocasiones, como conservante en rituales de embalsamamiento.
Las propiedades químicas de la miel facilitan su conservación durante muchos años. Foto: Archivo.
Los selladores de tumbas, en el Antiguo Egipto, eran, sin pretenderlo, excelentes conservadores de alimentos. Utilizaban gruesas vasijas de cerámica, a menudo recubiertas por dentro con cera de abeja o resina, tapadas con arcilla y colocadas en cámaras funerarias excavadas en la roca caliza.
Estas cámaras eran oscuras, frescas para los estándares de la época y permanecían selladas contra el aire exterior durante milenios. En esas condiciones, la miel no tenía nada que absorber ni con qué reaccionar. Los azúcares se oscurecieron y cristalizaron lentamente. Algunos de los compuestos aromáticos volátiles se desprendieron. Pero la estructura fundamental (azúcar prácticamente sin agua, ácida y ligeramente antiséptica) se mantuvo.
Las tres características que permitieron esta conservación récord son:
- Baja humedad. La miel tiene muy poca agua (alrededor de un 17%) y esto impide la proliferación de bacterias u hongos.
- Acidez extrema. El pH de la miel es muy bajo (3,2 a 4,5) y ello crea un ambiente totalmente hostil para los microorganismos. Esta acidez proviene en gran parte del ácido glucónico, que se produce cuando una enzima de las abejas (glucosa oxidasa) descompone la glucosa del néctar.
- Peróxido de hidrógeno. Esa enzima que añaden las abejas produce peróxido de hidrógeno de forma continua. Este actúa como un potente agente antibacteriano. En la miel cruda, se produce de forma lenta y continua cada vez que se diluye con un poco de agua, que es precisamente lo que ocurre cuando la miel se aplica a una herida o contamina una superficie.
Para los egipcios, la miel era un verdadero manjar reservado para las élites. Foto: EFE.
De todas formas, este poder antimicrobiano no es constante. Un estudio de 2024, resumido por News-Medical, reveló que la miel más fresca tiende a tener una actividad antibacteriana más fuerte que la miel más antigua, debido a que la glucosa oxidasa se degrada lentamente y el flujo constante de peróxido de hidrógeno también se debilita con los años.
La afirmación de que los arqueólogos probaron miel de tumbas de 3.000 años de antigüedad es en gran parte folclore, pero la química que haría comestible un frasco de ese tipo es real y está bien documentada. De esta manera, un frasco de miel bien conservado podría resultar comestible dentro de un milenio o tal vez más.
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