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Santiago Gerchunoff, filósofo: “Tenemos hijos como si fueran cosas que compramos; son proyecciones de lo que uno quiere ser”

Santiago Gerchunoff, filósofo: “Tenemos hijos como si fueran cosas que compramos; son proyecciones de lo que uno quiere ser”

El profesor, autor de "En la era de los niños cosa", reflexiona sobre un modelo de crianza en donde los hijos son un proyecto vital.

Hay niños que no tienen tiempo para aburrirse, ni para equivocarse. Su día empieza con el colegio, sigue con inglés, encadena deberes y termina entre actividades físicas que prometen un futuro mejor.

La infancia, que durante décadas fue territorio de juego y desorden, se ha ido pareciendo cada vez más a una hoja de ruta. Optimizar, estimular, anticipar. Como si crecer fuera un proyecto que hubiera que ajustar desde muy temprano para que no se descarrile.

El filósofo Santiago Gerchunoff reflexiona sobre esta idea en su libro "En la era de los niños cosa: Ensayos contra la crianza como emprendimiento" (Lengua de trapo).

Docente de Teoría Política en la Universidad Carlos III y profesor de Filosofía en un instituto público de Madrid, el especialista describe este cambio con una idea incómoda: los niños han dejado de ser sujetos de cuidado para convertirse en proyectos de mejora permanente. No se trata solo de educar, sino de rendir.

En esta entrevista para La Vanguardia, el escritor reflexiona sobre esta transformación silenciosa de la paternidad que, en su intento de hacerlo todo bien, ha dejado cada vez menos espacio para el azar y el juego.

"Me di cuenta de que existía un hilo que unía todo: la idea de los niños cosa y la crianza como emprendimiento"

-¿Cómo surgió la idea de los niños cosa?

-Durante años, escribí ensayos para varios periódicos y revistas. Me encargaban analizar temas de la actualidad desde el punto de vista de la filosofía. En aquella época, mis hijas eran pequeñas, así que me surgían muchos textos sobre educar.

Eso quedó ahí y, con el tiempo, me di cuenta de que existía un hilo que unía todo: la idea de los niños cosa y la crianza como emprendimiento. Es una especie de crítica a una manera de criar contemporánea que, además, surgió por una incomodidad ante mi propia manera de ser padre.

Santiago Gerchunoff reflexiona sobre la crianza en estos tiempos. Foto: Archivo

-¿Qué le reveló esa incomodidad?

Una sensación de que tenemos hijos como si fueran cosas que compramos. De hecho, es curioso el verbo que usamos. Desde siempre decimos "tener" hijos, como si fueran una propiedad. Es algo que se ha extremado.

Entonces, yo empecé a notar que tener hijos es un proyecto personal e individual de desarrollo, donde ellos son extensiones o proyecciones de lo que uno quiere ser o de lo que le gustaría que fueran esos menores, y como tal los tratamos.

-Y no lo son.

-Ese es el punto clave: confundimos la educación con la construcción y de ahí viene la idea del niño cosa. La portada del libro ilustra muy bien este concepto porque son unos padres montando un mueble de Ikea que, en realidad, es su hijo.

Lo que intento mostrar es que, en esta época, tener criaturas es algo que aparece en una lista como una alternativa más. Está hacer un viaje a la India, sacarse un doctorado, comprarse una casa y tener un hijo. Es un proyecto más.

-Es casi como si fueran objetos, ¿no?

-Sí, pero con diferencias. Por ejemplo, un móvil tiene una manera de funcionar. Tú sabes que, si haces determinadas cosas con ese dispositivo, lo puedes romper o desactivar. Hay algo mecánico evidente, no es una suposición inconsciente.

Esto no se puede aplicar a las criaturas. Son sujetos, no objetos. Un sujeto contiene un misterio e impredecibilidad, es alguien que no funciona siempre de la misma manera, que no responde mecánicamente a determinados estímulos.

"En la era de los niños cosa", de Santiago Gerchunoff (Adriana Hidalgo). Foto: Gentileza.

-¿De dónde cree que viene todo esto?

-En el fondo, hay una negativa a aceptar que no existe una manera correcta, perfecta y sabia de educar. Surge de la imposibilidad de aceptar que hay límites en el control, la consciencia y la racionalidad.

-¿En qué momento se ha empezado a ver a los niños como proyectos?

Es cierto que se trata de un fenómeno nuevo y contemporáneo, pero no se debe a dos o tres datos, como que hayan aparecido las pantallas. Creo que es un proceso lento y que empezó siglos atrás. De hecho, la historia de la infancia y del discurso sobre la niñez lleva activo desde hace tiempo, probablemente desde el siglo XVIII.

Fue un momento en el que los menores empezaron a percibirse como algo distinto a un adulto, que requerían unos cuidados y unos derechos. Entonces, partimos de la base de que la historia misma de la niñez es la historia de creación de los niños cosa.

Lo que sí que creo que está pasando ahora es un proceso de secularización, es decir, de alejar nuestras vidas de mandatos tradicionales, religiosos y familiares.

-¿Lo puede explicar?

-Antes se tenían críos porque sí, no había un motivo. La vida se basaba en conseguir una pareja y formar una familia, de manera que se tenían de manera más inconsciente. No eran un proyecto, sino un paso evidente porque nacía de un mandato.

Con esta secularización, se produce una transformación hacia individuos libres, racionales y soberanos de nuestras vidas. No lo estoy criticando, fue para bien, pero esta modernización afectó al trato a los pequeños. Antes se tenían hijos mientras se vivía, no era un proyecto particular tenerlos. Ahora, parece que queremos ser padres después de jubilarnos.

Dicen: ‘No, primero quiero viajar, luego tener la casa...’. Queremos decidir qué hacemos con nuestra vida, que nadie nos imponga nada. Es una decisión tan libre, voluntaria y consciente que realmente nos sentimos dueños de esos menores. Pero no lo somos. Resumiendo, pasa de ser un mandato tradicional a una decisión personal.

-En el libro comenta que este concepto provoca una invasión de la vida de los niños. ¿A qué se refiere?

-Cuando tienes a los hijos, después de hacer todo, existe una presión enorme. Ya has hecho todo y has liberado tu tiempo, por lo que te centras en la vida de los chicos. Su vida pasa a ser el centro de la tuya. Es algo en lo que vas a intervenir, que vas a cambiar.

-Al planificar tanto la crianza de los niños, ¿se pierden aspectos como padre?

-Es difícil saberlo, pero estoy seguro de que se pierden aspectos esenciales. Seguramente también se ganen otros. Por ejemplo, por un lado, este modelo hace que los hijos reciban muchísima más atención que antes.

Por otro lado, se pierde el silencio, la soledad y la independencia de los pequeños. Se hace más difícil la autonomía de estos, que se conviertan en alguien separado y distinto de los progenitores.

-¿Y cómo afecta al menor tener una agenda tan saturada? Por ejemplo, a las seis va a inglés, a las ocho tiene entreno de fútbol...

-Estas extraescolares son opciones para entretenerlos, pero también tienen el objetivo de que aprendan habilidades y sean mejores. Es como si tú fueras un mecánico que añade gadgets a un coche y lo vas tuneando.

Pero esto tiene otra consecuencia: los niños están siempre en alguna clase y eso provoca que no tengan tiempo para encontrarse a ellos mismos, ni dejar de estar subordinados a la voz de ningún adulto. Esto da lugar a una infancia muy diferente y un desarrollo peculiar porque ese menor va a encontrar la manera de salir de lo controlado por los padres.

Es importante darle a los niños u espacio sin tanto control para que desarrolle su autonomía. Foto: Shutterstock

"Creo que hay que generar espacios sin vigilancia, sin atención de los adultos"

-¿Qué propone para fomentar esta independencia?

-Creo que hay que generar espacios sin vigilancia, sin atención de los adultos. Ahora mismo, siento que la crianza es una especie de obsesión no consciente con que no haya ningún espacio no vigilado por los padres.

Es fundamental para la forja de esa autonomía y libertad, para convertirse de verdad en un sujeto y salir de la esfera privada donde somos algo de nuestros progenitores. En esto los dispositivos son clave.

-¿En qué sentido?

-La tecnología cumple una función paradójica. Por un lado, es la forma de control de los padres y, al mismo tiempo, es el único espacio donde los chicos pueden encontrar espacios salvajes y libres.

-¿Qué opina de los modelos de crianza más laxos que dejan a las criaturas total libertad?

-Hay dos tendencias. Una que va hacia el extremo del rendimiento y la perfección y otra que apuesta por no hacer "nada". Por ejemplo, esta última señala que, si el bebé quiere tomar pecho hasta pasados los años habituales, no hay que decirle nada. Para mí, parten de la misma lógica, esa idea de que hay una manera correcta de hacer las cosas, sea hacía un lado o hacia otro.

-¿Por qué considera que los padres se aferran a esta crianza de niños cosa?

-Primero, quiero decir que nadie hace todo esto por mala intención. Todo lo contrario, es por amor. Es el deseo de ser el mejor padre o madre posible. Lo que pasa es que en esta época el amor al hijo se transita por estos discursos.

Dicho esto, hay un ensayo llamado "Las pequeñas virtudes", de Natalia Ginzburg, en el que explica que, normalmente, nos desviamos mucho en la educación por miedo. Y una paternidad marcada solo por el temor es jodida. Es verdad que es de lo más difícil que hay como progenitor sortear el miedo de alguna manera.

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Qué es el método Montessori: la propuesta educativa que prioriza la autonomía de los niños

-¿Cómo evitar que ocurra?

-Ginzburg dice una cosa que suena muy bestia, pero es totalmente cierta: lo único que importa para criar bien a un hijo es tener una vocación. Es decir, que el adulto responsable quiera ser esquiador, periodista, escritor... Que tenga algo propio, que ama y que no es la criatura.

Tenemos la idea de que hemos de criar como si fuera una actividad exclusiva, pero creo que hay que entender que cuidar va a suceder mientras tú vives. Si los progenitores están ocupados con otra cosa, se puede dar ese espacio de no controlar que tanto necesita el menor para desarrollar su autonomía.

Que el pequeño vea al adulto hacer otras actividades y que tiene una vida muy rica, más allá de la paternidad. Básicamente, que el menor tenga la certeza de que él es lo más importante, pero no es el centro absoluto de la vida de sus padres. Tampoco hay que caer en el otro extremo, como un padre que no tiene ni un minuto para cuidar al niño.

-¿Hay algo más que se pueda hacer para evitar ver a nuestros hijos como un proyecto?

-Pensar menos. Preocuparse menos. Dedicarle menos pensamiento a la crianza y tener una relación un poco más espontánea y natural. Al final, sin criticarlo ni mucho menos, creo que hay un exceso de consciencia.

Jara Bravo, La Vanguardia


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