Desde que las fuerzas británicas, al mando del capitán John James Onslow, desalojaron por la fuerza a la administración y al Gobierno de la Confederación Argentina el 3 de enero de 1833, los políticos argentinos intentaron recuperar las Islas del Atlántico Sur por todas las vías posibles. Con la paz, con la guerra y con la diplomacia.
Este lunes 31, después de que en abril pasado un email del Pentágono filtrado a la agencia Reuters lo sugiriera, Donald Trump confirmó que podía revisar la posición estadounidense sobre las Malvinas. No anunció reconocimiento alguno de la soberanía argentina ni dijo que Estados Unidos fuera a apoyar formalmente el reclamo argentino. Simplemente dejó abierta la posibilidad de modificar una política que Washington mantiene desde hace décadas. La de una neutralidad que en realidad siempre fue en beneficio del poder de facto británico sobre el archipiélago en disputa.
Tras intentar sostener la cautela ante las primeras versiones de uno de los diarios más influyentes del ámbito conservador en el Reino Unido, The Telegraph, y de las propias palabras de Trump, JJavier Milei tuvo una reacción descomunal al decir primero que las declaraciones de su protector, Trump, eran “muy fuertes”. Se informó desde Presidencia que el jefe de Estado hará una cadena nacional para hablar de Malvinas, donde, de mínima, se espera un anuncio importante, aunque no se habló de sus detalles.
Milei mismo elevó mucho las expectativas. Dicen que bajo la influencia de una estrategia comunicacional nacionalista de su asesor Santiago Caputo, quien opina por X con optimismo que "Inglaterra es el pasado" y "Argentina el futuro". Basta con ver el furor que causó en los argentinos la valentía de los jugadores de la Selección Nacional cuando tras el triunfo ante Inglaterra en el Mundial de Futbol de Estados Unidos desplegaron una tela con la leyenda "Las Malvinas son argentinas".
Pero si hay una "negociación" tripartita entre Washington, Londres y Buenos Aires como sugieren en el oficialismo, difícilmente a los británicos le guste ser llamados el pasado y Milei no tiene la cintura de Trump para implementar garrote y zanahoria en una negociación.
El Presidente de la Nación tuvo una reacción explosiva por X, con sus habituales insultos incluidos, para quienes lo critican, esta vez por la cadena nacional que dará el jueves, en la que incluyó a Cristina Kirchner, a quien volvió a llamar “chorra”.
Pero Trump no necesariamente está tomando partido por la Argentina en Malvinas. Está utilizando Malvinas para presionar al gobierno laborista de Andy Burnham, como lo hizo con su antecesor, Keir Starmer, para que su país eleve el gasto en Defensa en la OTAN, como presionó a otros aliados en su guerra contra Irán, como lo hizo con España.
El republicano también aplica una estrategia en el Atlántico Sur. Quiere asegurarse la presencia para las inminentes explotaciones petroleras que harán británicos e israelíes a partir de 2028. Esa es una obsesión y lo está mostrando al tomar posesión de buena parte del crudo que se saca en la Venezuela que gobierna su aliada Delcy Rodríguez. Y quiere Trump asegurarse el paso del Atlántico Sur a través del Estrecho de Magallanes y del Pasaje de Drake, mientras pelea contra los chinos el control del Canal de Panamá.
Por eso, su apoyo a la Argentina altera mucho a los militares chilenos, que ven en sus pares argentinos el afán de tomar participación en algo que les pertenece por un tratado bilateral que data de 1881. Los ejercicios militares, los juegos de guerra híbrida de Chile por estos días son preocupantes. De ahí también el despliegue fotográfico vecino y acuerdos con los británicos.
Pero Trump, sobre todo, quiere expulsar por completo a China de una zona en la que había empezado a avanzar con su arrolladora política de presencia e inversiones. Pronto se discutirán, además, asuntos muy sensibles sobre el Tratado Antártico, protocolos que pueden romper su histórica premisa de que sólo sea una región pacífica y científica y pase a ser una zona de explotaciones de recursos. Estados Unidos, China y Rusia juegan fuerte en la zona. Argentina lo mira sólo con el privilegio de su ubicación estratégica, pero sin poder. Más aún, esta fe ciega de Milei en Trump pone a Argentina en una situación ya debilitada y en manos de un protector para obtener ventajas. Quizás es sólo asumir una realidad evidente, en la que la oposición resiste, pero es responsable.
La posición de Trump le abre a Milei una oportunidad diplomática que ningún gobierno argentino había tenido en mucho tiempo.
También hay que tomar con cuidado el apoyo de Israel, que va en el mismo camino, enojados los Netanyahu por la posición crítica sobre la cruzada bélica contra el terrorismo de Hamas en Gaza y las consecuencias en la población civil palestina. Pero pero Bibi, el primer ministro manda a dar los mensajes a su hijo, que no es funcionario y su gobierno no hace nada contra el avance petrolero de una de sus empresas, Navitas, en Malvinas. Dice sólo que se trata de capitales privados.
Pero esa maniobra le abre a Milei una oportunidad diplomática que ningún gobierno argentino había tenido en mucho tiempo. Y explota fuerte el nacionalismo demostrado en este país durante el mundial de fútbol.
Para el caso, así como a parte del peronismo, más nacionalista, le molestó la política de seducción de Carlos Menem hacia Londres y hacia los isleños, fue la única que obtuvo algunos avances más allá de los condicionamientos que tuvo, ya que su gobierno aceptó el llamado “paraguas de soberanía” —debajo se habla de todo, pero nunca de la posesión de las islas— y el sello en el pasaporte argentino por la oficina de inmigración que reza “Islas Falkland” y las reconoce como territorio de ultramar británico.
Cuando el kirchnerismo gobernó, la bandera de Malvinas se hizo tan causa nacional como Milei ahora, pero el endurecimiento con leyes y decretos para con las empresas pesqueras y petroleras que operan en las aguas en disputa, las amenazas de sacarles los vuelos de Latam y los insultos de Cristina Fernández, que llamó a los kelpers “okupas”, no sólo no consiguió. Retrotrajo el encono isleño y de un sector británico al clima posbélico de 1982.
Y las islas y el Reino Unido siguieron adelante con normalidad con su política unilateral sobre el archipiélago y sus aguas marítimas circundantes. Es decir, con sus recursos.
Habrá que ver lo que logran Trump y su amigo Milei. Ahora, así como Trump está usando Malvinas como ficha para presionar a los británicos, Milei la está convirtiendo en causa, posiblemente como un tema de campaña para darle sombra a la parte de su déficit político y también económico.
Pero tiene una oportunidad para conseguir un apoyo internacional y, a través de la presión de Trump, iniciar una negociación bilateral con Londres, erosionada —se verá después— por Trump. Milei habla de recuperar la soberanía, lo que llevaría tiempo, siempre siendo optimistas, en una situación iniciada por dos hombres aliados, Trump y Milei, y no por dos Estados y por acción de la diplomacia, como se hacía tradicionalmente y que llevaba tiempo.
El gobierno de Milei ha dejado saber que buscaba un acuerdo comercial con el Reino Unido, bilateral o a través del Mercosur. Para el caso, Brasil selló una alianza descomunal con Londres este año, que triunfe en las presidenciales Lula da Silva o Flavio Bolsonaro, no se va a desatar.
Milei también ha dicho que quiere viajar a Londres. Milei, en la cadena nacional del jueves, podría hacer anuncios de que las empresas británicas que operen en Malvinas ya no tendrán obstáculos. Puede hablar, como dejaron trascender en sus filas, de que hay una “negociación secreta” con el gobierno de Trump para “recuperarlas”. Puede viajar a Londres.
Puede anunciar muchas cosas, pero la Argentina no recuperará las Malvinas con su acción y, si bien Milei no tiene ninguna posibilidad de ser comparado con Leopoldo Fortunato Galtieri bajo ningún aspecto, sí hay que recordar que el dictador Galtieri creyó, tras la invasión militar del archipiélago del 2 de abril de 1982, que la importancia estratégica que Argentina tenía para Ronald Reagan podía hacer que Washington terminara presionando a Londres para encontrar una salida negociada, o al menos evitara ponerse decididamente del lado británico.
Eso no ocurrió y Estados Unidos —como en la zona austral lo hizo Chile— ayudó a Margaret Thatcher a derrotar a las fuerzas argentinas.
Y hay un dato que yo seguiría muy de cerca: qué hace Trump después de la Asamblea General de la ONU y si el Departamento de Estado convierte esta amenaza en una modificación concreta de la posición estadounidense.
Hasta ahora, estamos ante una señal política muy fuerte, no ante un reconocimiento estadounidense de la soberanía argentina. Milei hablará el 23 de septiembre por la mañana.
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