Adriana Cavarero lleva más de medio siglo pensando qué significa ser un individuo y hasta qué punto aquello que llamamos “yo” realmente nos pertenece.
La filósofa italiana, referente del pensamiento feminista y profesora emérita de Filosofía Política de la Universidad de Verona, volvió sobre esa cuestión durante una entrevista con WMagazín realizada en Madrid, coincidiendo con la publicación en español de su ensayo Mujeres que amamantan cachorros de lobo.
Allí lanzó la frase que resume una parte importante de su pensamiento: “El yo no está creado por mí, está creado por las circunstancias, por los lugares, es un constructo cultural”.
Cavarero respondía a una pregunta sobre el individualismo contemporáneo y sobre una concepción de la libertad según la cual cada persona podría construirse prácticamente desde cero. Para ella, esa imagen olvida demasiadas cosas. El cuerpo con el que nacemos, la lengua que hablamos, el lugar en el que crecemos y las relaciones que nos constituyen.
Su punto de partida es una crítica a la figura moderna del individuo autosuficiente. Cavarero remonta esa tradición al Cogito ergo sum cartesiano y a la idea posterior de un sujeto independiente, capaz de determinarse a sí mismo.
En la entrevista lo resume de manera provocadora: “El yo es un gran invento”. No pretende decir que nuestra conciencia sea ficticia, sino que aquello que pensamos que somos constituye solo una parte de una realidad bastante más compleja.
Adriana Cavarero tiene 79 años. Foto: Clarín
Ella misma se utiliza como ejemplo. Su forma de pensar está atravesada por ser italiana, mujer, haber nacido en determinada época, haber estudiado ciertos autores y haber vivido dentro de unas coordenadas culturales específicas. Incluso detrás de aquello que creemos más personal operan aprendizajes y condicionamientos que no escogimos.
Por eso Cavarero prefiere recuperar una categoría inspirada, entre otras pensadoras, en Hannah Arendt: “Unicidad encarnada o singularidad”. La palabra “encarnada” resulta fundamental. No somos una conciencia flotando libremente y tomando decisiones al margen del mundo, sino personas concretas con cuerpos concretos y rodeadas por otros seres humanos. Su conclusión es breve: “somos interdependientes”.
Ese razonamiento atraviesa también su pensamiento feminista. En la misma entrevista explicó que las categorías con las que interpretamos a hombres y mujeres están profundamente influidas por la historia y la cultura.
Sin embargo, hace una distinción entre esos significados sociales y la materialidad corporal. Su filosofía intenta mantener simultáneamente dos dimensiones: cuánto de nuestra identidad está culturalmente producido y cuánto depende de una realidad física que no puede reducirse únicamente al lenguaje.
Esta preocupación tampoco es nueva en su obra. Desde títulos como A pesar de Platón hasta Inclinaciones u Horrorismo, Cavarero cuestionó las grandes categorías universales con las que la filosofía occidental intentó describir a “el ser humano”, muchas veces tomando al hombre como modelo y dejando en segundo plano las experiencias femeninas.
En Mujeres que amamantan cachorros de lobo vuelve a esa tarea apoyándose además en la literatura. Para Cavarero, las narraciones tienen una ventaja sobre las grandes abstracciones filosóficas, ya que permiten contar vidas particulares, cuerpos concretos y experiencias que no caben fácilmente en categorías universales.
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