Cuando un humorista gráfico decide saltar el cerco de la viñeta hacia lo que el canon llama pomposamente "obra artística", suelen suceder cosas extrañas. El espacio de la galería exige otra respiración, una distancia corporal que la mesa de dibujo anula. En Cosas extrañas, la exposición de Sergio Langer alojada en el espacio de El Local bajo la curaduría de Rubén Mira, asistimos a ese preciso salto: un desprendimiento en dos tiempos –Capítulo Uno: Negro; Capítulo Dos: Blanco– que desmantela lo conocido del trabajo de dibujante, la diaria, para liberar un trance exploratorio.
Quizá por eso Langer esté con una contractura, “hace más de cuatro meses”, dice, mientras se cubre con un pañuelo la zona dolorida. Porque la carrerita de cada día se transformó en una de fondo, de largo aliento, pero valió la pena.
"Cosas extrañas", de Sergio Langer.
Langer, un arquitecto del grotesco que durante décadas operó como el cronista más inclemente de nuestras miserias urbanas a través de personajes como La Nelly o Mamá Pierri, abandona aquí el uniforme de dibujante gráfico. El catalizador de este viraje, según nos revela la arqueología de su proceso, fue el acrílico y un pincel japonés de cartucho descartable que reemplazó a la Rotring técnica.
Lo que nació a finales de los noventa como una desobediencia instrumental estalla hoy en las paredes de La Paternal sobre el relieve escultórico de un papel continuo, una bobina hallada por azar que sirve de base para una anarquía pictórica. Como bien anota Rubén Mira en su texto de sala, titulado Papel Continuo, hasta ese hito técnico Langer había sido un "noble oficinista del humor gráfico", pero el nuevo instrumento trajo consigo una transformación radical donde "el dibujo comenzó a dejar de ser funcional y se convirtió en indagación, producción de conocimiento".
"Cosas extrañas", de Sergio Langer.
Recorrer la primera zona de la muestra, la del negro cerrado, provoca una fricción inmediata. Las figuras cargan con el peso de una memoria que excede la contingencia política argentina. Langer no es un provocador ingenuo; su estética es el residuo procesado de una biografía astillada. Hijo de inmigrantes rumanos y polacos, su madre sobrevivió al confinamiento de los campos de concentración.
Criado en el barrio de Once, el horror no es para él una categoría teórica ni una efeméride, sino una vibración doméstica. El exterminio, el nazismo y el trauma judío constituyen los cimientos sobre los cuales edificó su poética de la crueldad sin sentirse nunca “un humorista judía”. Si el arte contemporáneo suele aproximarse al dolor desde la lejanía del archivo o la solemnidad del monumento, el artista elige el camino inverso: la saturación y el desborde. “¿Querés que te tire un muerto más? Mi papá nunca quiso vivir en Once y se quedó atendiendo la tienda de ramos generales en el sur de Argentina. Se llamaba La Confianza y allí lo mataron para robarle”.
"Cosas extrañas", de Sergio Langer.
Aquí es donde la discusión sobre los límites del humor resulta estéril. Para Langer, el humor negro no es una elección estilística, sino la única metodología posible para no sucumbir ante el espanto: “El humor negro es lo más inclusivo que hay. No deja ninguna situación afuera”, y se ríe de esta ocurrencia. Su libro Judíos ya había dejado en claro que la ironía es un bisturí capaz de tajar tanto el prejuicio ajeno como la propia identidad institucionalizada. Al trasladar este impulso al formato de la pintura y el trazo libre, el guion desaparece y queda el puro gesto. Es una inclemencia visual donde lo sagrado y lo profano se devoran mutuamente. Las líneas variables de este pincel indócil ya no ilustran una situación; indagan en el vacío.
El segundo capítulo, consagrado al Blanco, opera como un reverso absoluto que despuebla la escena y expone las formas a una nueva y descarnada vulnerabilidad. Si el primer momento se definía por la opresión de las tinieblas, el ingreso a este bloque invierte las reglas del juego. Las figuras respiran sobre el fondo desnudo, pero no hay paz en esa blancura; hay desamparo. El soporte arrugado se convierte en protagonista y delata su propia temporalidad física. La materia delata el maltrato físico, la fricción de un cuerpo que trabajó cuerpo a cuerpo sobre el piso de un taller.
"Cosas extrañas", de Sergio Langer.
En esta zona despoblada emergen de manera recurrente las siluetas de los armadillos. Estos animales, provistos de caparazones ásperos, se despliegan en el plano con aspecto mitológico y semblante risueño que desafían con la mirada. Son criaturas que se cierran sobre sí mismas para guarecerse, tal vez metáforas de la supervivencia y todas las interpretaciones posibles que podrían dar algunas de las curadoras y curadores de su serie Curadoras y curadores con pullover. Aquí, Langer activa su satírica más afilada contra la propia institución que hoy lo cobija, al tiempo que parodia la solemnidad engolada de quienes gestionan y administran el sentido en el circuito institucional.
Esos personajes abrigados en sus pulóveres de diseño, con anteojos, detrás de discursos herméticos y distancias asépticas, operan en la exhibición como el reverso exacto de la intemperie matérica de los armadillos. Algunos de estos curadores, incluso, podrían decir frente a estas obras que mientras el animal se protege con su propio cuerpo para subsistir al desierto actual, el burócrata se cubre con la lana de la teoría y la pose intelectual. La serie funciona como un recordatorio de que el autor no ha perdido la antena para captar las imposturas de época, infiltrando el veneno del humor gráfico para recordarnos de dónde viene y a dónde va.
De la serie "Curadores con pulover", de Sergio Langer.
El Blanco se erige aquí como el vacío que rodea al sobreviviente. Rubén Mira describe este tramo de la puesta bajo un diagnóstico crudo del presente, al señalar que las producciones de Langer configuran "una mascarada del ocaso progresista, del paisaje yermo donde encarna la desesperación de ser". En este reverso, la violencia plástica no disminuye; se torna más quirúrgica y solitaria, despojada de la protección del fondo oscuro para quedar en carne viva ante el ojo del espectador.
La complicidad detrás de esta puesta resulta indispensable para comprender su alcance político y estético. Rubén Mira y Sergio Langer constituyen una dupla histórica de la cultura gráfica argentina; compartieron casi catorce años de infiltración en los grandes medios masivos con las contratapas de La Nelly, dinamitando diariamente los consensos de la clase media urbana de la poscrisis de 2001.
"Cosas extrañas", de Sergio Langer.
Esa amistad de más de veinticinco años muta ahora en un ejercicio de alianza curatorial que prescinde deliberadamente de la jerga. Mira, que confiesa con saludable desparpajo su distancia respecto al abuso del rol del curador profesional, no actúa aquí como un burócrata del cubo blanco; trabaja como el coequiper histórico que carga las bobinas en el taller, el testigo que ordena los estratos del delirio de su amigo para devolverles su potencia de choque original: “No soy curador y desprecio el abuso que se hace de esta dudosa profesión. Yo, sí, cargué la bobina. Después, hice este trabajo para Sergio con el entusiasmo de un fan y la paciencia de un amigo”.
Esta falta de solemnidad compartida permite que la propuesta se estructure en El Local no como una muestra estática de piezas colgadas, sino como un dispositivo vivo y en proceso. Al decidir fragmentar la experiencia de manera sucesiva en dos capítulos independientes, el curador no recurre a un didactismo museográfico tradicional, sino que plantea una progresión dramática. La transición del Negro al Blanco obliga al público a experimentar la obra como un registro del tiempo y del esfuerzo físico, un trayecto donde la saturación inicial encuentra su desahogo y su crítica en la desnudez posterior.
"Cosas extrañas", de Sergio Langer.
Esta misma pulsión contra el olvido cobra una dimensión sistemática a partir de la reciente incorporación de su fondo personal al Archivo IIAC de la UNTREF. Al ceder su acervo a este espacio universitario, la marea de papeles que Langer acumuló durante décadas –dibujos, apuntes de taller y muchas cosas más– abandona la precariedad del depósito privado para transformarse en patrimonio público. Esta transferencia institucional no domestica la virulencia de su obra; por el contrario, la proyecta como un yacimiento político disponible para las lecturas del porvenir.
Cosas extrañas demuestra que la creación visual puede ser en un artefacto expiatorio indispensable. Las manchas oscuras, densas como el carbón de la historia familiar, y las líneas claras, desamparadas como los armadillos a la intemperie, se tragan la superficie y exigen una mirada dispuesta a dejarse interpelar sin anestesia. Langer no se achicó ante el desafío del formato mayor; al contrario, estiró la bobina de papel para dejar en evidencia que la única respuesta honesta y resistente contra una realidad social que se descompone es continuar con la mancha, forzar la materia y doblar el soporte hasta que el horror, por fin, nos devuelva una mueca de lúcida insumisión.
La muestra Cosas extrañas puede visitarse hasta el miércoles 7 de octubre en la galería El local, Juan B. Justo 4328.
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