Durante millones de años, el interior de la Antártida fue cambiando de forma tan lenta que ningún ser humano habría podido percibirlo. Sin embargo, ese proceso terminó modificando la altura del continente y creando condiciones favorables para que la nieve dejara de desaparecer cada verano.
Un artículo de investigación publicado en julio de 2026 en la revista científica Science propone que ese antiguo cambio geológico ayuda a explicar por qué la Antártida comenzó a acumular hielo de manera permanente hace unos 34 millones de años, incluso en un planeta mucho más cálido que el actual.
La disminución del dióxido de carbono atmosférico sigue siendo considerada el principal desencadenante de aquella transición climática. El nuevo trabajo suma una pieza a esa explicación: mientras el planeta se enfriaba, el relieve de la Antártida Oriental también estaba cambiando.
Cómo el interior de la Tierra elevó la Antártida
La historia comenzó mucho antes de que aparecieran las primeras grandes masas de hielo. Durante el Jurásico, hace entre 201 y 143 millones de años, África y la Antártida comenzaron a separarse como consecuencia de la fragmentación de Gondwana. Ese proceso alteró las estructuras profundas de la corteza y el manto terrestre.
La caída del CO₂ contribuyó al enfriamiento del planeta.
Los investigadores sostienen que, después de esa separación, material denso situado debajo de la placa continental comenzó a desprenderse. Al perder peso, la superficie ganó flotabilidad y empezó a elevarse. El proceso avanzó de manera lenta desde las zonas donde los continentes se habían separado hacia el interior de la Antártida.
El equipo denomina a este fenómeno una “onda del manto”. No se trata de una onda sísmica que atraviesa el planeta en cuestión de minutos, sino de un movimiento profundo que se desarrolla durante decenas de millones de años. Según las simulaciones, esas ondas contribuyeron a levantar una extensa meseta en la Antártida Oriental y las montañas Gamburtsev, hoy cubiertas por hielo.
La altura terminó siendo determinante. Hace más de 50 millones de años, gran parte de las montañas Gamburtsev se encontraba por debajo de los 1,5 kilómetros. Unos 5 millones de años más tarde, amplias zonas de la Antártida Oriental ya habían superado una elevación cercana a los dos kilómetros, el nivel que los modelos identifican como suficiente para favorecer la formación y expansión de glaciares de montaña.
A mayor altura, el aire es más frío y aumenta la posibilidad de que la nieve sobreviva durante el verano. Una vez que una superficie permanece cubierta de nieve y hielo, además, refleja más radiación solar y absorbe menos energía. Este mecanismo, conocido como efecto albedo, reforzó el enfriamiento y ayudó a que el hielo pudiera expandirse. Los investigadores estiman que ese efecto llegó a reducir la temperatura global alrededor de 1 °C en sus simulaciones.
La secuencia propuesta por el estudio no reemplaza al cambio climático como explicación. El descenso del CO₂ habría impulsado el enfriamiento global, mientras que la elevación progresiva del territorio creó un lugar donde la nieve podía permanecer y acumularse. Con el tiempo, los glaciares de montaña pudieron unirse y dar paso a una capa de hielo de escala continental.
El resultado ayuda a explicar una particularidad de la historia climática de la Tierra: la Antártida comenzó a glaciarse mucho antes que el hemisferio norte. Para los investigadores, la diferencia no dependió solamente de cuánto se enfrió el planeta, sino también de cómo era el terreno sobre el que ese enfriamiento actuaba.
El continente tenía una geografía muy diferente antes de la gran glaciación.
La investigación se basa en reconstrucciones y modelos, no en una observación directa de la Antártida de hace 34 millones de años.
Aun así, plantea una conexión entre procesos que ocurrieron a enormes profundidades y un cambio que terminó alterando la superficie del planeta: movimientos del manto que comenzaron más de 100 millones de años antes pudieron preparar el terreno para uno de los grandes cambios climáticos de la historia reciente de la Tierra.
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