“Esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan… Esta noche me has dicho sin palabras, Abramowicz, que debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta”. El sentido enunciado lleva la firma de Jorge Luis Borges desde Los Conjurados (1985), su último libro –publicado el año previo a su muerte– y del cual escribió gran parte en Suiza.
Interior de la muestra "Borges y Suiza: torre de razón y de firme fe", en la Casa de la Cultura porteña. Foto: Catalina Cárter. // Gentileza Casa de la Cultura.
Borges y Suiza: torre de razón y de firme fe es la flamante exhibición que rescata dicha conexión que atravesó su vida y obra, bajo la curaduría de Victoria Kodama en colaboración con el profesor Federico Salvá –miembro de la Fundación–; en la Casa de la Cultura porteña. Este jueves a las 18 h será la apertura oficial con un acto: participarán María Victoria Kodama presidenta de la Fundación Borges junto a más integrantes; autoridades de la institución anfitriona; representantes gubernamentales de Suiza y la actriz Laura Novoa recitará textos de Borges sobre Suiza.
Suiza siempre estuvo cerca para el prócer literario nacional, allí volvió reiteradas veces. Además, residió cuando era adolescente (1914 a 1918) e inquieto, halló intereses diversos que forjaron su trayectoria: otras culturas, el budismo, el protestantismo y la poesía. Tales cimientos –después cultivados por aquel poeta y cuentista promisorio– le abrían paso al trovador eximio por cuya pluma, permanece tan consagrado como admirado a nivel mundial.
La iniciativa de esta muestra surge del interés mutuo entre la Embajada de Suiza en Buenos Aires y la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, por organizar propuestas conjuntas. Así, ambas coincidieron en la importancia de conmemorar el 40° aniversario de su fallecimiento. “Centrada en Suiza y en el vínculo profundo que Borges mantuvo con ese país es una oportunidad valiosa tanto para especialistas como para cualquier lector. Suiza fue para Borges una patria espiritual, un territorio decisivo en su formación y vida afectiva”, asegura Victoria Kodama a Ñ.
La frase que da título a la expo refiere a cómo Borges definió al país alpino. En su poemario Los conjurados, afirmaba que en el centro –en las tierras altas– de Europa, “crece una torre de razón y de firme fe”. “El cantón de Ginebra, es una de mis patrias”, escribió. La puesta, situada en la Sala de Lectura, tiene su espacio acorde, cálido; como un living de las casas de antes pero desde el exedificio del diario La Prensa.
Consultada por Ñ, Silvina Vicente -directora de la Casa de la Cultura-, aporta: “Es un verdadero honor invitar aquí al público, a descubrir este Borges íntimo. A través de fotografías y objetos personales muy significativos, la muestra nos acerca a momentos esenciales de su vida y a su profundo vínculo con Suiza, volviendo entrañable y humana a una de las figuras más extraordinarias de nuestra literatura”.
Borges y una calesita. Digitalización de fotos expuestas: Amanda Ortega y Damián Roth. // Gentileza: Fundación Borges.
Luce 29 cuadros; registros exclusivos de su juventud y vejez, ya de chico, siempre impecable con traje y corbata. Muchos con vistas arquitectónicas y paisajes de ensueño o como sacados de fábulas al estilo de la famosa Heidi, aunque la cantidad total de fotografías es mayor pues varios contienen múltiples imágenes y/o documentos enmarcados. Aun curiosas: un boletín escolar de Georgie.
“Su estadía en Ginebra fue clave para su desarrollo intelectual. Al llegar hablaba castellano e inglés; durante esos años aprendió francés, latín y (de manera autodidacta) alemán”, explica el escritor e investigador Martín Hadis en diálogo con Ñ. Entre las gemas fotográficas: el autor de El Aleph aparece en un retrato familiar con ambos padres y su hermanita, Norah; y en una imagen grupal junto a otros alumnos.
Objetos borgianos expuestos en la Casa de la Cultura porteña. Foto: Catalina Cárter. // Gentileza Casa de la Cultura.
Además, cuenta dos vitrinas con popurrís de memorabilias. Una incluye ciertos elementos personales: su último pasaporte, libros, una corbata; monedas pequeñas salvo la suya (cuasimedalla) acuñada con su rostro y apellido, fechada “1899” –el año de su nacimiento–. Desde la segunda resplandece su reloj de bolsillo y un plato de madera pintado en colores vibrantes, aplicados a los llamativos escudos de los cantones suizos, artesanía que el autor de Ficciones tenía al lado de su cama.
Imperdibles son las capturas más pintorescas del Borges “adulto”, sonríe seguido… Se lo ve con un castillo medieval imponente o un espectacular carrusel, por fondos; en su hábitat, con la vidriera de la librería A. Jullien; frente a portales con arcos antiguos e imponentes. En el Gran Teatro de Ginebra; cerca está brindando con María Kodama; o también junto a sus principales amigos (de la etapa ginebrina), Simón Jichlinski y Maurice Abramowicz; hasta en un zoológico con ella al lado y debajo un oso caminando por su recinto. Un Georgie paseante posa por callecitas adoquinadas; con paisajes detrás, montañas, puentes o sitios históricos como museos y la catedral; rodeado de fuentes enormes con variados e impactantes diseños, por monumentos o esculturas gigantes.
Reloj de Jorge Luis Borges en la muestra "Borges y Suiza: torre de razón y de firme fe". Casa de la Cultura porteña. Foto: Catalina Cárter. // Gentileza Casa de la Cultura.
“La foto más icónica me parece aquella donde Borges figura sentado ante el Muro de los Reformadores”, expresa Hadis. A su vez, realizó el texto de sala que describe: “(...) A ambos lados de esas efigies puede leerse la frase: Post tenebras lux. Que significa: Tras las tinieblas, la luz. Las tinieblas representaban la oscuridad de la Iglesia anterior al protestantismo y la luz, el Evangelio recuperado por la Reforma”. Sobre dicha frase que Ginebra adoptó por lema, continúa: “Adquiere aquí por lo tanto un simbolismo adicional e insospechado: la expectativa que Borges tenía de volver a ver y encontrarse con la luz divina, más allá de la muerte física, siguiendo precisamente la fe de los reformadores que, en esta imagen, también parecen observarlo de cerca”.
Todas son fotos de la colección María Kodama -conservada en álbumes de 10 x 15-; ella retrató a JLB. Hay inéditas -recuperadas y ampliadas en un arduo trabajo de digitalización-; otras fueron parte de la expo Atlas en Argentina y el exterior. Kodama, subraya: “Algunas estuvieron en el archivo fotográfico todos estos años, en colores sepia como eran las fotos de los años 80; del colegio hay de diferentes fechas, él volvió a visitarlo”.
Borges en Suiza.
Digitalización de fotos expuestas: Amanda Ortega y Damián Roth. // Gentileza: Fundación Borges.
Borges en su cotidianeidad y desde la intimidad, recorriendo lugares que cualquier visitante de la ciudad podría transitar, fue el criterio para la selección fotográfica –señala Kodama–. Lo argumenta al decir que esas caminatas tenían una carga emocional singular: retornar a las calles de su adolescencia; la escuela donde estudió e hizo amigos que conservaría toda su vida. “Entre esos afectos, Abramowicz ocupa un lugar central. Borges lo evoca en Los conjurados con una emoción que trasciende el tiempo: buscamos recuperar ese Borges íntimo, agradecido y profundamente ligado a Ginebra”, destaca.
La curaduría engloba tres ejes. “La experiencia vital de Borges en Suiza –reconstruida a partir de entrevistas, su autobiografía, poemas y prosas breves donde reflexiona sobre la Confederación–; la mirada de María Kodama, quien acompañó a Borges en sus últimos viajes y registró con sensibilidad los lugares que él consideraba parte de su felicidad; y la idea de Suiza como su patria elegida –resalta Victoria–. La muestra busca transmitir esa profunda admiración y respeto, y permite al público acercarse a un Borges humano, afectivo, que regresa sobre los escenarios de su juventud con gratitud y lucidez.
Borges en la Casa de la Cultura porteña. Foto: Catalina Cárter. // Gentileza Casa de la Cultura
“Esta exposición no solo celebra a Borges, sino también la tarea silenciosa y constante de María Kodama que se dedicó a preservar su legado. Las fotografías tomadas, los recorridos compartidos y la memoria que ella sostuvo por décadas son esenciales aquí. Resulta un homenaje doble: a Borges y a quien lo acompañó en su último viaje a Suiza, devolviéndole la ciudad que él consideraba una patria de la felicidad”, sostiene Kodama.
Según lo propuesto por Victoria y Mariana Kodama, junto a la Embajada de Suiza: “Representa una oportunidad invaluable para acercar al público facetas poco exploradas del universo borgeano: su juventud en Ginebra, sus lecturas formativas y el lazo afectivo con una tierra que marcó tanto el inicio como el final de su camino. Celebrar este legado en un espacio abierto a la comunidad es una forma viva de seguir dialogando con su obra”, concluye Vicente.
Infaltable la foto de su peculiar lápida, que “custodian” siete guerreros nortumbrios tallados en piedra, encargada por Kodama. Pocos metros separan su tumba de donde yacen los restos de Calvino. Acaso en Suiza Borges haya encontrado su lugar en el mundo o un segundo hogar, lo seguro: allí comenzó su desarrollo académico e intelectual y a su vez fue el fin del ciclo, al menos de su vida terrenal.
Ficha:
- Cuándo: lunes a sábado de 11 a 20 h, hasta el 30/10.
- Dónde: Casa de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires; Av. de Mayo 575.
- Entrada: libre y gratuita.
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