La jubilación tiene una paradoja. Durante décadas se la imagina como el momento en que por fin habrá tiempo: para levantarse tarde, viajar, leer, descansar o no responder ante nadie. Sin embargo, cuando llega, algunas personas descubren que la libertad que tanto esperaban produce una sensación mucho menos agradable.
El lunes ya no hay alarma. Tampoco compañeros de trabajo, objetivos, reuniones ni alguien esperando un resultado. Aquello que parecía agotador proporcionaba también estructura.
Por eso, sentirse solo o desorientado después de jubilarse no significa que alguien haya preparado mal su retiro. Para quien pasó décadas respondiendo a la pregunta “¿quién soy?” mediante su profesión, dejar de trabajar puede obligarlo a construir una respuesta completamente nueva.
Investigadores de Australian National University analizaron precisamente cómo las identidades previas al retiro afectan esta adaptación. En un estudio publicado en Journal of Organizational Behavior encontraron que las personas llegan a la jubilación con combinaciones diferentes de roles laborales y no laborales. Algunas pueden conservar o reemplazar fácilmente esos papeles; otras atraviesan períodos de mayor inercia o incluso crisis antes de explorar una nueva identidad.
Cuando ser útil se convirtió en una forma de sentirse valioso
Esto ayuda a comprender por qué descansar puede sentirse extrañamente vacío. Durante una carrera profesional, el trabajo no proporciona solo dinero. También ofrece reconocimiento, metas, contacto con otras personas, horarios, problemas que resolver y pequeñas confirmaciones diarias de utilidad. Cuando desaparecen todas juntas, no siempre alcanza con llenar las horas con pasatiempos.
Para algunas personas muy vinculadas psicológicamente con su profesión, el descanso no se siente inmediatamente como libertad. Foto: Freepik
La idea de que ciertas personas construyeron su identidad “completamente alrededor de la productividad” debe tomarse como una interpretación, no como una regla psicológica aplicable a todos los jubilados solitarios. La evidencia muestra una realidad bastante más variable.
Una investigación longitudinal con adultos de Australia, China y Estados Unidos, por ejemplo, encontró que la relación entre jubilación y soledad variaba según el país. En Estados Unidos, la prevalencia prevista de soledad era del 19,3% entre los jubilados, frente al 15,7% entre quienes todavía trabajaban. En China ocurría lo contrario: la soledad era más frecuente entre quienes seguían trabajando.
Además, en Australia y Estados Unidos, jubilarse de manera voluntaria se asociaba con menos soledad que hacerlo de forma involuntaria.
Otro trabajo reciente, basado en 3.758 participantes del English Longitudinal Study of Ageing, encontró que la jubilación no se asociaba con un aumento de la soledad ni a corto ni a largo plazo y que podía reducir el aislamiento social a corto plazo.
Lo que sí parece importante es aquello que queda cuando desaparece el trabajo. Otras investigaciones muestran que conservar grupos sociales previos y desarrollar nuevas pertenencias después del retiro se relaciona con mejores niveles de salud, bienestar y satisfacción vital.
Planificar una jubilación no debería limitarse a calcular ahorros.
Por eso, planificar una jubilación no debería limitarse a calcular ahorros. También importa preguntarse qué proporcionaba el trabajo además del sueldo y cómo se reemplazará.
Para algunas personas, el problema no es que no sepan descansar. Es que durante décadas aprendieron que descansar era aquello que ocurría entre dos momentos verdaderamente importantes.
Cuando el descanso pasa a ocupar el día completo, deben aprender algo nuevo: que una vida puede seguir teniendo valor aunque nadie esté midiendo cuánto produjo.
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