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Mike Wilson en el limbo saturado de un templo

Mike Wilson en el limbo saturado de un templo

Basada en un luchador japonés de sumo, la nueva ficción del chileno Mike Wilson, Raider Tōzō, es una sucesión de cajas chinas.

Semejante a su doble origen chileno-estadounidense, Mike Wilson trabaja desde su exhaustiva Leñador (2013) con dispositivos contrastantes y en principio divergentes: la descripción y la narración. Así, el afán objetivista y por momentos ecfrástico que recuerda a Georges Perec se conjuga en relatos de expansión cósmica que pueden remitir al policial (Ciencias ocultas, 2019) o al western (Dios duerme en la piedra, 2023).

No es otro el planteo de Raider Tōzō, una ficción de cajas chinas que se refieren abismalmente entre sí aunque sin un patrón genérico más allá del fantástico. El rasgo oriental recae en efecto en el policía Tarō Gogatsu, que debe cumplir su rutina de caseta nocturna en medio de un tifón que asola las calles de Tokio. Aislado, aletargado y en las últimas a causa de sus malos hábitos (se le caen el pelo, las uñas y los dientes a pesar de sus 46 años), el agente aprovecha esas horas sonámbulas para terminar una novela que escribe con lápiz en cuadernos sueltos.

El protagonista de ese relato es otro escritor, un anciano no menos achacado y alejado del mundo que pasa sus días en una cabaña nevada en las estepas patagónicas, finis terrae que caracteriza a las fábulas de Wilson. Como si la historia dentro de la historia no fuera suficiente, este ganji (extranjero) escribe a su vez en un cuaderno acerca de Raider Tōzō, luchador de sumo de raigambre divina que yace aparentemente muerto en el centro del ring de un establo dedicado al dios dragón Ryūjin en Osaka. Aunque Raider Tōzō también está solo y la lluvia cae afuera, su cuerpo perfumado e incorrupto indica otro tiempo, otra dimensión del ser.

Ante el despliegue de estos tres niveles concatenados, Wilson suma matices, paralelismos y disrupciones que complejizan un mecanismo determinado por su causalidad. Si el relato de Tarō está presentado en tercera persona, el del ganji se narra en una cascada solipsista de subordinadas en primera persona y el de Raider Tōzō vuelve a una impersonal tercera persona en un relato detenido y envolvente.

Wilson juega asimismo con las circunstancias internas y externas que rodean a sus criaturas, ya sea la cabina de Tarō marcada por la presencia informativa de una radio y el tictac de un reloj de pared, así como del diluvio que amenaza con irrumpir desde el exterior, o el fuego de chimenea y el reloj de péndulo con los que coexiste el ganji, mientras liebres y hombres agazapados acechan su ventanal. Unos fantasmales personajes secundarios rondan en ese sentido la trama: la oficial Aoi que debería relevar a Tarō y por la que él se siente atraído, y unos mellizos que discuten en el cuarto contiguo al del ganji y que serían sus hijos.

El arrepentimiento de haber privilegiado la escritura por sobre el deber parental aflige al narrador moribundo, de la misma forma en que Tarō se lamenta de su oscuro pasado como yakuza. En definitiva, ambos hombres hundidos en el ocaso de sus vidas se reflejan y proyectan en la figura del abatido Raider Tōzō; se ven progresivamente llamados por ese templo límbico dominado por el olvido y la disolución y acaso el eterno retorno.

Reacio a ceñirse a los contornos de sus mamushkas, Mike Wilson amplifica su minimalismo hasta abarcar paradojas cuánticas, platos voladores, alusiones bíblicas y mitológicas, bramidos primigenios, constelaciones estelares y catástrofes apocalípticas en un maremágnum afiebrado, excesivo y monstruoso que conecta –desde una premisa bien distinta– con las parábolas del caos de su compatriota Benjamín Labatut.

Lo perturbador y a la vez problemático en Wilson es que su agitación epistemológica y narrativa se apoya en la técnica descriptiva, instalando un vacío programático o desapego absoluto allí donde el relato avanza hacia una saturación de sentido, una exposición múltiple y superpuesta de teorías de la realidad que sugieren que el chileno Mike Wilson cree y no cree en lo literario. Quizás él, entonces, cuarto personaje tácito de Raider Tōzō, encuentre también en su luchador vencido una oportuna redención.

Raider Tōzō, Mike Wilson. Fiordo, 168 págs.

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