Con el desparpajo de quien pareciera divertirse con ganas por las sorpresas que es capaz de prodigarle su escritura, Pablo Katchadjian persevera en su afán por expandir uno de sus trucos frecuentes, su berretín predilecto: un narrador neurótico, contradictorio, hiperactivo. Uno que demuestra a cada paso, sin rodeos ni sutileza, lo que no sabe o no entiende, lo que le impide despejarse. Suele hacer lo que nadie: no disimula su ignorancia. Incómodo consigo, confundido respecto de lo que quiere o puede contar, el narrador que le interesa a Katchadjian es un maestro de ceremonias veleidoso, dispuesto a involucrarse en cualquier eventualidad que se le cruce. En Medio real, su última novela, al narrador y protagonista se le ocurre escribir su propio libro sobre la “Conquista”, a partir de una singular experiencia por el Nuevo Mundo.
Lo anuncia de inmediato, como simple antojo: ”Voy a sumar el mío a los muchos que salen cada año sobre el tema”. Para afirmar el tenor de sus intenciones lo primero que hace es reconocer a su principal adversario: la presuntamente invencible “Burocracia Imperial”, responsable de decidir qué puede ser publicado y qué no. Distingue sus modos de coerción (favorecer la moderación literaria) y la forma de combatir su influencia (“escribir con sencillez y desorden”).
No bien termina con sus declamaciones y advertencias, el relato se enciende a puro vértigo. La necesidad urgente de escapar de una existencia sombría consagrada a los excesos de todo tipo (alcohol, drogas, prostitución) impulsa al protagonista a iniciar su viaje a América con el fin de descubrir su identidad (preocupación frecuente en los personajes de Katchadjian). Un despliegue interminable de peripecias establece desde el principio un ritmo que no tarda en exhibir su preferencia por la aventura (y la conversación).
Apenas se sube al barco, el narrador comienza a participar de una danza grotesca de acontecimientos. Desde rebeliones en altamar, guerras independentistas y resistencia indígena en suelo americano hasta enredos amorosos y experiencias místicas. El héroe de la historia será esclavo, marinero, capitán, herrero, soldado, indio, profeta. Un desfile variopinto –y por momentos irritante– de acciones y ocupaciones que conduce a una suposición previsible por recurrente: una identidad firme y sostenida en el tiempo es una quimera, una entidad frágil capaz de desdibujarse en cada nuevo desplazamiento.
Lo que el narrador sí sostiene, y reafirma a su pesar, es una tensión que carga sobre sus espaldas (como maldición o singularidad). Un conflicto entre la voluntad de narrar su experiencia con la mayor naturalidad y una actividad (mental) que lo interrumpe y lo hace titubear, que lo paraliza y lo lleva, la mayor parte de las veces, a contradecirse. Es la debilidad del neurótico: el pensamiento se entromete.
Pareciera haber sido siempre el plan de Katchadjian: la busca de un lugar nuevo para la ficción; una zona desconocida, nunca antes imaginada. Su apuesta es conocida: repensar la escritura con ojos extraños. En esta ocasión, sin embargo, el problema es justamente la falta de ocurrencias en las cuales detener la mirada con cierto interés. Como si entre tanta odisea no fuera posible vislumbrar un instante de calma, indispensable para que aparezca el prodigio. Puede que Medio real deje traslucir algunas señales de agotamiento. El infierno tan temido por el protagonista (y acaso también por el autor): convertirse en esclavo de sí mismo.
Medio real, Pablo Katchadjian. Blatt y Ríos, 208 págs.
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