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Dejó el hockey a los 17, empezó judo de casualidad y hoy brilla con el bronce suramericano mientras define su tesis universitaria

Dejó el hockey a los 17, empezó judo de casualidad y hoy brilla con el bronce suramericano mientras define su tesis universitaria

Nicole Piscina logró el tercer puesto en equipos mixtos en los Juegos Suramericanos tras un desarrollo deportivo veloz. Con solo cuatro años intermitentes de entrenamiento en el ta

Nicole Piscina mira la medalla de bronce y sonríe con cansancio y orgullo. Esa presea, conseguida con el equipo mixto de judo (compuesto también por Ivo Dargoltz y Agustina De Lucia) tras vencer a Colombia en los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026, es más que un pedazo de metal. En su reflejo conviven dos realidades: la atleta que, con cuatro años de entrenamiento, subió a su primer gran podio internacional, y la joven de 25 años que en semanas defenderá su tesis para recibirse de kinesióloga. Es la síntesis de un recorrido atípico y acelerado, que desafía la lógica tradicional del alto rendimiento.

En un ecosistema donde la mayoría de los deportistas de élite transita un camino lineal desde la cuna, la historia de Nicole va contrarreloj. Su vida deportiva comenzó a los 8 años con un palo de hockey en la mano en el club Gimnasia y Esgrima de Rosario. Recién descubrió las artes marciales de casualidad a los 17 por intentar sanar unos dolores de espalda.

Foto: Prensa Juegos Suramericanos Santa Fe 2026.

"Venía con muchas molestias y arreglé con mi entrenador empezar el gimnasio por mi cuenta. Fui a uno que me quedaba a la vuelta de mi casa, y un día me dice el profe 'Che, ¿no querés venir a probar la clase hoy a la tarde de judo?'. Yo no sabía ni que existía... era verano, no tenía mucho para hacer y fui. Hicimos un montón de cosas que me encantaron y me enganché muchísimo", relata a Clarín, recién salida de la Villa Suramericana.

Durante dos meses intentó combinar la escuela con la pasión judoca y el hockey, hasta que los horarios se volvieron incompatibles y eligió el tatami como nuevo hábitat natural. "Fue todo un proceso comunicarle a mis viejos: 'Che, al club que voy hace de toda la vida no voy a ir más, esta rutina de jugar todos los sábados no la voy a hacer más'. Pero ellos me acompañaron siempre y en ningún momento dudaron. Eso me ayudó muchísimo", reconoce con orgullo.

Pero las idas y vueltas no frenaron. Aquel primer impulso en el tatami duró solo dos años (2018 y 2019). Con el inicio de la facultad y la llegada de la pandemia por COVID-19, el judogi quedó guardado en el armario durante tres años. A principios de 2024, casi como un juego, regresó. "Me reencontré con una compañera y me invitó. Dije 'arranco como para boludear', pero me cuesta hacer cosas solo por hobby, cuando hago algo lo quiero hacer con todo. Al toque dije 'Bueno, ya fue, voy al Nacional'. Y volví supermotivada querer hacerlo en serio'", recuerda. A partir de ese momento, todo fue en alza.

Aquello que Nicole no imaginaba es que, dos años después del regreso "para boludear", estaría subiéndose a un podio internacional. Al ponerse a analizarlo, reconoce inseguridades: "Todo el tiempo me replanteo si este es mi lugar, si es lo correcto. La mayoría arranca de muy chico, y sabés que hay cosas que te costarán más porque las aprendés sobre la marcha. Eso golpea. Pero el talento te acompaña hasta un cierto punto; después necesitás disciplina y buenas decisiones, y creo que eso acelera mucho los tiempos".

Ahora todo es felicidad. El haber conseguido el bronce en su propia ciudad le dio un sabor especial y motivador. "El estar en este torneo, en el que tenés a toda la gente que querés, hace olvidar todas esas dudas que uno puede llegar a tener y te genera algo interno que es: 'quiero salir y quiero dar todo'. Cuando escuchamos al árbitro marcar la puntuación... piel de gallina. No se puede explicar la emoción, no tenés forma de compararlo con nada", sentencia.

Sin embargo, la adrenalina de los Juegos Suramericanos es solo una faceta en la vida de Nicole. Mientras su cuerpo se recupera y asume "un día medio depre" por terminar la convivencia con la delegación, su cabeza apunta a un objetivo diferente: terminar de escribir y defender su tesis -la cual, lógicamente, trata sobre judo- para convertirse en kinesióloga.

"Estudié cinco años ininterrumpidos y estuve con la preparación de los Juegos en paralelo con la tesis. Mecharlo con el deporte es entrenar doble turno cuando podés, ir a la facultad a la mañana... el día se te pasa volando", explica sobre el sacrificio que realizó. Una exigencia que también es económico. "En mi caso en particular, es 100% financiado por mi familia y por mí, aunque recibimos una ayuda muy importante de la provincia, lo cual ayuda muchísimo. Ser deportista también es una inversión".

Con la carrera deportiva en ascenso y el título universitario asomando, su futuro es una hoja en blanco que ella misma admite no saber muy bien cómo llenar. "Me apasiona la kinesiología respiratoria, una especialidad que conlleva una vida bastante ajetreada, con muchas horas de guardia, y que no va de la mano con las competencias y con nuestra vida de dos semanas afuera, volver e irse de vuelta a competir", reconoce.

"Es lo mismo que yo me pregunto. Será un problema del futuro, ja", bromea sobre si se ve ejerciendo pronto. "Dije que iba a dejar los estudios en la mesita de luz, y al salir del hotel los volvería a agarrar para avanzar y pensar. Lo más cercano hoy es presentar la tesis. Después todo van a ser oportunidades", agrega sobre sus próximos pasos.

Por lo pronto, lo que tiene asegurado es que la medalla de bronce no tiene un lugar asignado en las repisas de su casa. Lejos de archivarla rápido, prefiere aferrarse a ella para asimilar el logro que acaba de protagonizar. "Creo que la voy a querer ver un tiempo, igual que la credencial con los pines que intercambié con otros atletas", confiesa con una sonrisa para irse a tomar mate, reencontrarse con sus mascotas y, poco a poco, regresar a la rutina.

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