La noche del pasado 18 de enero, mientras España intentaba procesar el choque de dos trenes de alta velocidad en Adamuz, un adolescente de 16 años, Julio Rodríguez, se abrió paso entre la oscuridad y los hierros retorcidos para ayudar a sacar heridos de los vagones. Su actuación, junto con la de su madre y un amigo, se transformó en uno de los actos heroicos más resonantes de la que es la peor tragedia ferroviaria del país en más de una década.
Julio, quien se encontraba pescando con su madre, Elisa Ayllón, y un amigo cuando se enteró del siniestro, decidió acercarse de inmediato a la zona del impacto para colaborar con las tareas de rescate antes incluso de la llegada masiva de los equipos de emergencia.
La llegada al lugar del siniestro
Según reconstruyeron medios españoles, Julio Rodríguez circulaba en auto con su madre y un amigo cuando se cruzó con las primeras señales del desastre: sirenas, vehículos de emergencia y vecinos que hablaban de un choque de trenes en las afueras de Adamuz. Ante esa situación, el joven insistió en acercarse al lugar del impacto para ofrecer ayuda voluntaria.
Al llegar a las inmediaciones de la vía, el grupo se encontró con un panorama caótico, con personal policial, bomberos y servicios sanitarios movilizándose hacia los restos de los convoyes. De acuerdo con el testimonio del propio Julio, su reacción fue inmediata y física, describió que, al ver la magnitud del siniestro, tuvo la sensación de que “su cuerpo se convirtió en otro” y que solo podía pensar en ayudar a quienes pedían auxilio desde los vagones.
Los primeros restos que divisaron correspondían al tren de Iryo, pero un efectivo de la Policía local que seguía el rastro de maletas y fragmentos metálicos localizó unos cientos de metros más adelante los vagones del Alvia, en peor estado. Hacia esa zona se dirigió Julio junto con su amigo, mientras su madre se sumaba al personal sanitario para colaborar en el traslado de heridos hacia las ambulancias.
El trabajo cuerpo a cuerpo entre los vagones
En el área donde se encontraba el Alvia, el adolescente se topó con pasajeros desorientados, algunos atrapados y otros intentando entender lo ocurrido en medio de la oscuridad y el ruido de los hierros. Desde allí, según relató luego a la televisión pública española, concentró sus esfuerzos en sacar a quienes podían moverse por sus propios medios, guiándolos fuera de los vagones hacia una zona más segura.
Julio describió que, en esos primeros minutos, se escuchaban gritos y pedidos de ayuda de personas que no encontraban la salida entre los restos del tren. Afirmó que, junto con su amigo, intentaron “hacer todo lo posible” para que esas personas abandonaran los vagones, y que repitió el recorrido de alrededor de 800 metros entre el punto del choque y el área donde se concentraban los equipos de emergencia en al menos seis oportunidades, sin detenerse a evaluar su propio cansancio.
Entre las situaciones que más lo impactaron, el joven recordó a un niño de 10 años que se encontraba “aterrorizado”. Según su relato, lo acompañó hasta que pudo reencontrarse con su padre, su abuela y otros familiares que viajaban con él, lo que se transformó en uno de los momentos de alivio en medio de la tragedia.
Una madre entre camillas y terreno difícil
La madre de Julio, Elisa Ayllón, se integró al operativo sanitario una vez que arribó a la zona controlada por los servicios de emergencia. En declaraciones posteriores, explicó que tomó una camilla junto a una profesional de la salud para trasladar a personas heridas desde los sectores de mayor riesgo hacia las ambulancias, en un terreno al que describió como “difícil de andar” por los desniveles y restos dispersos.
En ese recorrido, Ayllón relató que encontró a una pasajera identificada como Montse, con un fuerte golpe en la cabeza y mareos, a quien acompañó hasta un punto de atención médica después de caminar durante decenas de minutos. Tiempo después, ya más avanzada la semana, logró contactarse con ella para confirmar que su evolución era favorable, según reconstruyeron los medios que la entrevistaron.
Madre e hijo coincidieron en que la prioridad durante esas horas fue colaborar con la salida ordenada de quienes podían desplazarse, y dejar luego el trabajo especializado dentro de los vagones a los equipos de rescate profesionales, que se fueron sumando con el correr de la noche.
Del lugar del choque al reconocimiento público
A medida que avanzaban las investigaciones sobre el accidente, que las autoridades describieron como el choque de dos trenes de alta velocidad en un tramo recientemente renovado de la línea Madrid–Sevilla, el caso de Julio tomó relevancia en la cobertura nacional como ejemplo de la reacción espontánea de los vecinos de Adamuz.
Este martes, durante una visita oficial al lugar del siniestro, el rey Felipe VI y la reina Letizia se reunieron con Julio y escucharon su relato sobre cómo, junto con su amigo, llegó al sitio del descarrilamiento y ayudó a evacuar a varios pasajeros antes de la llegada de más refuerzos. La Casa Real le transmitió su agradecimiento por la ayuda prestada en las primeras horas posteriores al choque.
En paralelo, programas de televisión y portales españoles recogieron su testimonio y el de su entorno. En una de esas entrevistas televisivas, el padre de uno de los jóvenes rescatados se comunicó en directo para agradecerle su intervención y lo definió como “el ángel” de su hijo, expresión que luego se replicó en diversos medios para sintetizar el reconocimiento social hacia su actuación.
La noche del pasado 18 de enero, mientras España intentaba procesar el choque de dos trenes de alta velocidad en Adamuz, un adolescente de 16 años, Julio Rodríguez, se abrió paso entre la oscuridad y los hierros retorcidos para ayudar a sacar heridos de los vagones. Su actuación, junto con la de su madre y un amigo, se transformó en uno de los actos heroicos más resonantes de la que es la peor tragedia ferroviaria del país en más de una década.Julio, quien se encontraba pescando con su madre, Elisa Ayllón, y un amigo cuando se enteró del siniestro, decidió acercarse de inmediato a la zona del impacto para colaborar con las tareas de rescate antes incluso de la llegada masiva de los equipos de emergencia.La llegada al lugar del siniestroSegún reconstruyeron medios españoles, Julio Rodríguez circulaba en auto con su madre y un amigo cuando se cruzó con las primeras señales del desastre: sirenas, vehículos de emergencia y vecinos que hablaban de un choque de trenes en las afueras de Adamuz. Ante esa situación, el joven insistió en acercarse al lugar del impacto para ofrecer ayuda voluntaria.Al llegar a las inmediaciones de la vía, el grupo se encontró con un panorama caótico, con personal policial, bomberos y servicios sanitarios movilizándose hacia los restos de los convoyes. De acuerdo con el testimonio del propio Julio, su reacción fue inmediata y física, describió que, al ver la magnitud del siniestro, tuvo la sensación de que “su cuerpo se convirtió en otro” y que solo podía pensar en ayudar a quienes pedían auxilio desde los vagones.Los primeros restos que divisaron correspondían al tren de Iryo, pero un efectivo de la Policía local que seguía el rastro de maletas y fragmentos metálicos localizó unos cientos de metros más adelante los vagones del Alvia, en peor estado. Hacia esa zona se dirigió Julio junto con su amigo, mientras su madre se sumaba al personal sanitario para colaborar en el traslado de heridos hacia las ambulancias.El trabajo cuerpo a cuerpo entre los vagonesEn el área donde se encontraba el Alvia, el adolescente se topó con pasajeros desorientados, algunos atrapados y otros intentando entender lo ocurrido en medio de la oscuridad y el ruido de los hierros. Desde allí, según relató luego a la televisión pública española, concentró sus esfuerzos en sacar a quienes podían moverse por sus propios medios, guiándolos fuera de los vagones hacia una zona más segura.Julio describió que, en esos primeros minutos, se escuchaban gritos y pedidos de ayuda de personas que no encontraban la salida entre los restos del tren. Afirmó que, junto con su amigo, intentaron “hacer todo lo posible” para que esas personas abandonaran los vagones, y que repitió el recorrido de alrededor de 800 metros entre el punto del choque y el área donde se concentraban los equipos de emergencia en al menos seis oportunidades, sin detenerse a evaluar su propio cansancio.Entre las situaciones que más lo impactaron, el joven recordó a un niño de 10 años que se encontraba “aterrorizado”. Según su relato, lo acompañó hasta que pudo reencontrarse con su padre, su abuela y otros familiares que viajaban con él, lo que se transformó en uno de los momentos de alivio en medio de la tragedia.Una madre entre camillas y terreno difícilLa madre de Julio, Elisa Ayllón, se integró al operativo sanitario una vez que arribó a la zona controlada por los servicios de emergencia. En declaraciones posteriores, explicó que tomó una camilla junto a una profesional de la salud para trasladar a personas heridas desde los sectores de mayor riesgo hacia las ambulancias, en un terreno al que describió como “difícil de andar” por los desniveles y restos dispersos.En ese recorrido, Ayllón relató que encontró a una pasajera identificada como Montse, con un fuerte golpe en la cabeza y mareos, a quien acompañó hasta un punto de atención médica después de caminar durante decenas de minutos. Tiempo después, ya más avanzada la semana, logró contactarse con ella para confirmar que su evolución era favorable, según reconstruyeron los medios que la entrevistaron.Madre e hijo coincidieron en que la prioridad durante esas horas fue colaborar con la salida ordenada de quienes podían desplazarse, y dejar luego el trabajo especializado dentro de los vagones a los equipos de rescate profesionales, que se fueron sumando con el correr de la noche.Del lugar del choque al reconocimiento públicoA medida que avanzaban las investigaciones sobre el accidente, que las autoridades describieron como el choque de dos trenes de alta velocidad en un tramo recientemente renovado de la línea Madrid–Sevilla, el caso de Julio tomó relevancia en la cobertura nacional como ejemplo de la reacción espontánea de los vecinos de Adamuz.Este martes, durante una visita oficial al lugar del siniestro, el rey Felipe VI y la reina Letizia se reunieron con Julio y escucharon su relato sobre cómo, junto con su amigo, llegó al sitio del descarrilamiento y ayudó a evacuar a varios pasajeros antes de la llegada de más refuerzos. La Casa Real le transmitió su agradecimiento por la ayuda prestada en las primeras horas posteriores al choque.En paralelo, programas de televisión y portales españoles recogieron su testimonio y el de su entorno. En una de esas entrevistas televisivas, el padre de uno de los jóvenes rescatados se comunicó en directo para agradecerle su intervención y lo definió como “el ángel” de su hijo, expresión que luego se replicó en diversos medios para sintetizar el reconocimiento social hacia su actuación. La Voz

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