La Voz

El nuevo impulso de la Casa Blanca para reforzar su presencia en Groenlandia y el Ártico, en paralelo con las negociaciones en la Otan, el tira y afloje por el acuerdo Unión Europea‑Mercosur y la guerra en Ucrania, reconfigura el escenario estratégico global. En diálogo con La Voz En Vivo, el analista Fabián Calle explicó por qué estos movimientos tienen impacto directo en la seguridad europea y en la disputa por recursos clave como el litio, las “tierras raras” y la energía en América Latina.

El analista internacional sostuvo que el renovado interés del gobierno de Estados Unidos por Groenlandia responde a una “decisión estratégica” ligada a la seguridad nacional, a las nuevas rutas del Ártico y a la competencia por minerales críticos, más que a un mero “capricho” del presidente Donald Trump.

En ese sentido, Calle recordó que Groenlandia se encuentra a unos 2.000 kilómetros de la costa estadounidense y que allí funciona desde la Guerra Fría una de las bases clave del sistema de alerta temprana de misiles balísticos de Washington, la base de Thule (hoy Pituffik Space Base), integrada al Ballistic Missile Early Warning System (BMEWS).

El especialista remarcó que el deshielo del Ártico abre nuevas rutas marítimas más cortas entre Estados Unidos, Rusia y Asia, lo que convierte al Polo Norte en un espacio central tanto para el comercio global como para el despliegue militar. Ese cambio viene siendo monitoreado por las grandes potencias desde hace años.

Groenlandia: seguridad, rutas polares y minerales críticos

Calle explicó que Estados Unidos busca reforzar su control sobre Groenlandia por tres factores principales: la cercanía geográfica al territorio continental, el valor del Ártico como corredor de navegación y el potencial minero de la isla en minerales estratégicos, en particular las llamadas “tierras raras”.

Groelandia concentra importantes reservas de elementos de tierras raras y otros minerales críticos (litio, grafito, zinc, entre otros), con dos yacimientos –Kvanefjeld y Tanbreez– entre los más grandes del mundo, lo que ha despertado el interés de Washington y de potencias como China y la Unión Europea.

Según el analista, esa agenda se enlaza con la disputa más amplia por minerales críticos que atraviesa también a América Latina. “Por eso Estados Unidos está buscando tierras raras en Argentina, en Ucrania y en Groenlandia”, señaló, aludiendo a la necesidad de reducir la dependencia histórica de las importaciones desde China en este tipo de insumos industriales y militares.

A nivel histórico, Calle recordó que la presencia estadounidense en la isla no es nueva: Washington ocupó Groenlandia entre 1940 y 1946, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Dinamarca cayó bajo control nazi, y en 1951 firmó un tratado que le otorga acceso total para la instalación de bases militares, acuerdo que sigue vigente.

Un tono personal sobre una política de larga data

Consultado por el estilo confrontativo de Trump, Calle diferenció la forma del fondo. “Lo que le agrega es su tono personal, polémico, pero no es una ocurrencia. Es una decisión estratégica de Estados Unidos”, afirmó el analista, quien ubicó la discusión en la continuidad de una política que se remonta al siglo XIX, cuando ya se analizaban fórmulas para que Washington controlara la isla.

En estos días, los dichos del presidente en el Foro Económico Mundial de Davos, donde volvió a referirse a Groenlandia como un activo estratégico y renovó su interés en avanzar en un acuerdo, generaron reacciones críticas entre dirigentes y ciudadanos groenlandeses, que reiteraron que el territorio “no está en venta” y reclamaron respeto a su identidad y autonomía.

Paralelamente, medios estadounidenses reportaron que la Casa Blanca y la OTAN analizan un posible acuerdo que otorgaría a Estados Unidos soberanía sobre áreas alrededor de instalaciones militares clave en Groenlandia, como la base de Pituffik, en un esquema similar al vigente en Chipre para bases británicas.

La Otan, Europa y el “protectorado” militar

Calle ubicó la discusión sobre Groenlandia y el Ártico dentro de una relación transatlántica atravesada por tensiones. Recordó que, desde 1945, Europa funciona de hecho como “un protectorado militar” de Estados Unidos, que aporta cerca del 65% del presupuesto de la OTAN, mientras que muchos países europeos mantienen bajos niveles de gasto en defensa.

En ese contexto, el analista vinculó la presión de Washington para que sus aliados europeos aumenten su participación en defensa con los crecientes reclamos de Trump sobre el reparto de cargas en la Alianza Atlántica, tema que volvió a emerger tras la reciente reunión entre el presidente estadounidense y el secretario general de la Otan.

Para Calle, la estabilidad europea en las últimas ocho décadas se explica en gran medida por la presencia de un “hegemón militar” externo (Estados Unidos), luego de más de 2.000 años de guerras entre potencias del continente. Una eventual retirada completa de Washington, consideró, reabriría viejos recelos entre los Estados de la Unión Europea.

Estados Unidos mira más al hemisferio y al Ártico

El especialista subrayó que la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de Estados Unidos reforzó como nunca antes la prioridad de la política hacia el hemisferio occidental y el control de rutas y recursos clave, en un despliegue que combina presión sobre regímenes como Cuba o Venezuela, mayor involucramiento en México y Centroamérica y apoyo a socios como la Argentina.

En esa lógica, Groenlandia aparece incorporada como pieza de un esquema más amplio que incluye el Canal de Panamá, las rutas del Ártico y la competencia con China por presencia en América Latina y en la propia Europa. “Es una prioridad de las agencias permanentes de Estados Unidos, no sólo de Trump”, remarcó Calle.

El analista sostuvo que, detrás de la negociación con Dinamarca, podría haber discusiones reservadas sobre el tipo de armamento que Washington está autorizado a desplegar en la isla, incluyendo eventualmente armas nucleares, algo que autoridades danesas y de otros países europeos verían con preocupación.

UE‑Mercosur: agricultura, minerales y la mirada sobre América Latina

En el plano comercial, Calle analizó la decisión reciente del Parlamento Europeo de frenar la ratificación del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, luego de que los eurodiputados votaran derivar el texto al Tribunal de Justicia de la UE para revisar su compatibilidad jurídica con los tratados comunitarios.

Según el especialista, el lobby agrícola europeo es “fuertísimo” y mantiene una influencia decisiva: se estima que entre el 60% y el 70% de los europarlamentarios tiene algún vínculo con intereses agrarios de sus países. Esa presión, sumada a gobiernos con márgenes políticos acotados, como el de Emmanuel Macron en Francia, ayuda a explicar las resistencias.

Francia volvió a expresar su rechazo al pacto, invocando preocupaciones ambientales y sanitarias, así como el posible impacto sobre sus productores, mientras Alemania –principal economía del bloque y uno de los que más aporta al presupuesto comunitario– se manifestó a favor de avanzar, al considerar el acuerdo como una herramienta estratégica para asegurar materias primas y consolidar la presencia europea frente a China en la región.

De la soja al litio: cómo ve hoy Europa a América Latina

Calle destacó que, más allá del freno coyuntural, en Bruselas se consolidó una mirada que deja de ver a América Latina sólo como proveedor de soja, carne y otros alimentos, para pasar a considerarla una fuente clave de cobre, litio, tierras raras, petróleo, gas e inteligencia artificial.

En ese marco, Argentina aparece ya no sólo como productor de alimentos, sino como un actor energético de peso por sus reservas de gas y petróleo no convencional y por su potencial minero en cobre y litio, en sintonía con la búsqueda global de minerales críticos que impulsa a la UE a reducir su dependencia de proveedores como China.

Estados Unidos, apuntó, no ve con malos ojos un desembarco europeo más intenso en América Latina, porque lo considera una forma de compensar la creciente presencia china en sectores estratégicos de la región. En esa competencia, Washington prefiere que la expansión la protagonice un socio político y militar antes que un rival sistémico.

Rusia, Ucrania y la relación con China

En cuanto a la guerra en Ucrania, Calle describió a Rusia como un país atrapado en un conflicto que el Kremlin imaginó de pocas semanas y que ya supera los tres años, con un esfuerzo presupuestario y social significativo. Para 2025, al menos el 40% del gasto federal ruso se destinará a defensa y seguridad interna, con una partida de defensa que ronda el 6% del PBI, de acuerdo con datos oficiales de Moscú.

Al mismo tiempo, Ucrania aprobó para 2025 un presupuesto en el que más del 61% del gasto público y alrededor del 26% de su PBI se destinarán a defensa, en línea con la prolongación de la invasión rusa y la necesidad de sostener el esfuerzo bélico con apoyo de aliados occidentales.

Calle advirtió que Rusia enfrenta además una salida sostenida de capital humano calificado hacia Europa, Estados Unidos y América Latina, mientras se vuelve crecientemente dependiente de China como único gran aliado. Recordó que ambos países arrastran disputas históricas por territorios como Siberia y Vladivostok, y comparten una extensa frontera con una gran asimetría demográfica y económica.

Entre Washington y Beijing: el dilema ruso

Para el analista, la diplomacia rusa busca evitar una derrota abierta en Ucrania, pero al mismo tiempo no desea quedar “prisionera” de la relación con China, a quien percibe como un competidor histórico. De allí que, según Calle, Moscú intente mantener canales de diálogo con Washington, aun en un contexto de alta desconfianza.

En paralelo, China observa la situación en Groenlandia y el Ártico como una oportunidad indirecta: la insistencia de Trump en reforzar su control en la isla despierta reparos en la Unión Europea, lo que podría tensionar la cohesión de la Otan y abrir espacio a la influencia china, aunque hasta ahora sus proyectos de inversión concretos en Groenlandia han sido limitados o frenados por Estados Unidos y Dinamarca.

Calle sostuvo que, para las agencias de seguridad estadounidenses, el objetivo no es transformar a Rusia en un aliado, sino evitar que se consolide como socio estratégico de China. En esa lógica, considera que la administración Trump intenta concentrar recursos en la competencia con Pekín, sin distraerse en un conflicto interminable con Moscú.

​El nuevo impulso de la Casa Blanca para reforzar su presencia en Groenlandia y el Ártico, en paralelo con las negociaciones en la Otan, el tira y afloje por el acuerdo Unión Europea‑Mercosur y la guerra en Ucrania, reconfigura el escenario estratégico global. En diálogo con La Voz En Vivo, el analista Fabián Calle explicó por qué estos movimientos tienen impacto directo en la seguridad europea y en la disputa por recursos clave como el litio, las “tierras raras” y la energía en América Latina.El analista internacional sostuvo que el renovado interés del gobierno de Estados Unidos por Groenlandia responde a una “decisión estratégica” ligada a la seguridad nacional, a las nuevas rutas del Ártico y a la competencia por minerales críticos, más que a un mero “capricho” del presidente Donald Trump.En ese sentido, Calle recordó que Groenlandia se encuentra a unos 2.000 kilómetros de la costa estadounidense y que allí funciona desde la Guerra Fría una de las bases clave del sistema de alerta temprana de misiles balísticos de Washington, la base de Thule (hoy Pituffik Space Base), integrada al Ballistic Missile Early Warning System (BMEWS).El especialista remarcó que el deshielo del Ártico abre nuevas rutas marítimas más cortas entre Estados Unidos, Rusia y Asia, lo que convierte al Polo Norte en un espacio central tanto para el comercio global como para el despliegue militar. Ese cambio viene siendo monitoreado por las grandes potencias desde hace años.Groenlandia: seguridad, rutas polares y minerales críticosCalle explicó que Estados Unidos busca reforzar su control sobre Groenlandia por tres factores principales: la cercanía geográfica al territorio continental, el valor del Ártico como corredor de navegación y el potencial minero de la isla en minerales estratégicos, en particular las llamadas “tierras raras”.Groelandia concentra importantes reservas de elementos de tierras raras y otros minerales críticos (litio, grafito, zinc, entre otros), con dos yacimientos –Kvanefjeld y Tanbreez– entre los más grandes del mundo, lo que ha despertado el interés de Washington y de potencias como China y la Unión Europea.Según el analista, esa agenda se enlaza con la disputa más amplia por minerales críticos que atraviesa también a América Latina. “Por eso Estados Unidos está buscando tierras raras en Argentina, en Ucrania y en Groenlandia”, señaló, aludiendo a la necesidad de reducir la dependencia histórica de las importaciones desde China en este tipo de insumos industriales y militares.A nivel histórico, Calle recordó que la presencia estadounidense en la isla no es nueva: Washington ocupó Groenlandia entre 1940 y 1946, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Dinamarca cayó bajo control nazi, y en 1951 firmó un tratado que le otorga acceso total para la instalación de bases militares, acuerdo que sigue vigente.Un tono personal sobre una política de larga dataConsultado por el estilo confrontativo de Trump, Calle diferenció la forma del fondo. “Lo que le agrega es su tono personal, polémico, pero no es una ocurrencia. Es una decisión estratégica de Estados Unidos”, afirmó el analista, quien ubicó la discusión en la continuidad de una política que se remonta al siglo XIX, cuando ya se analizaban fórmulas para que Washington controlara la isla.En estos días, los dichos del presidente en el Foro Económico Mundial de Davos, donde volvió a referirse a Groenlandia como un activo estratégico y renovó su interés en avanzar en un acuerdo, generaron reacciones críticas entre dirigentes y ciudadanos groenlandeses, que reiteraron que el territorio “no está en venta” y reclamaron respeto a su identidad y autonomía.Paralelamente, medios estadounidenses reportaron que la Casa Blanca y la OTAN analizan un posible acuerdo que otorgaría a Estados Unidos soberanía sobre áreas alrededor de instalaciones militares clave en Groenlandia, como la base de Pituffik, en un esquema similar al vigente en Chipre para bases británicas.La Otan, Europa y el “protectorado” militarCalle ubicó la discusión sobre Groenlandia y el Ártico dentro de una relación transatlántica atravesada por tensiones. Recordó que, desde 1945, Europa funciona de hecho como “un protectorado militar” de Estados Unidos, que aporta cerca del 65% del presupuesto de la OTAN, mientras que muchos países europeos mantienen bajos niveles de gasto en defensa.En ese contexto, el analista vinculó la presión de Washington para que sus aliados europeos aumenten su participación en defensa con los crecientes reclamos de Trump sobre el reparto de cargas en la Alianza Atlántica, tema que volvió a emerger tras la reciente reunión entre el presidente estadounidense y el secretario general de la Otan.Para Calle, la estabilidad europea en las últimas ocho décadas se explica en gran medida por la presencia de un “hegemón militar” externo (Estados Unidos), luego de más de 2.000 años de guerras entre potencias del continente. Una eventual retirada completa de Washington, consideró, reabriría viejos recelos entre los Estados de la Unión Europea.Estados Unidos mira más al hemisferio y al ÁrticoEl especialista subrayó que la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de Estados Unidos reforzó como nunca antes la prioridad de la política hacia el hemisferio occidental y el control de rutas y recursos clave, en un despliegue que combina presión sobre regímenes como Cuba o Venezuela, mayor involucramiento en México y Centroamérica y apoyo a socios como la Argentina.En esa lógica, Groenlandia aparece incorporada como pieza de un esquema más amplio que incluye el Canal de Panamá, las rutas del Ártico y la competencia con China por presencia en América Latina y en la propia Europa. “Es una prioridad de las agencias permanentes de Estados Unidos, no sólo de Trump”, remarcó Calle.El analista sostuvo que, detrás de la negociación con Dinamarca, podría haber discusiones reservadas sobre el tipo de armamento que Washington está autorizado a desplegar en la isla, incluyendo eventualmente armas nucleares, algo que autoridades danesas y de otros países europeos verían con preocupación.UE‑Mercosur: agricultura, minerales y la mirada sobre América LatinaEn el plano comercial, Calle analizó la decisión reciente del Parlamento Europeo de frenar la ratificación del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, luego de que los eurodiputados votaran derivar el texto al Tribunal de Justicia de la UE para revisar su compatibilidad jurídica con los tratados comunitarios.Según el especialista, el lobby agrícola europeo es “fuertísimo” y mantiene una influencia decisiva: se estima que entre el 60% y el 70% de los europarlamentarios tiene algún vínculo con intereses agrarios de sus países. Esa presión, sumada a gobiernos con márgenes políticos acotados, como el de Emmanuel Macron en Francia, ayuda a explicar las resistencias.Francia volvió a expresar su rechazo al pacto, invocando preocupaciones ambientales y sanitarias, así como el posible impacto sobre sus productores, mientras Alemania –principal economía del bloque y uno de los que más aporta al presupuesto comunitario– se manifestó a favor de avanzar, al considerar el acuerdo como una herramienta estratégica para asegurar materias primas y consolidar la presencia europea frente a China en la región.De la soja al litio: cómo ve hoy Europa a América LatinaCalle destacó que, más allá del freno coyuntural, en Bruselas se consolidó una mirada que deja de ver a América Latina sólo como proveedor de soja, carne y otros alimentos, para pasar a considerarla una fuente clave de cobre, litio, tierras raras, petróleo, gas e inteligencia artificial.En ese marco, Argentina aparece ya no sólo como productor de alimentos, sino como un actor energético de peso por sus reservas de gas y petróleo no convencional y por su potencial minero en cobre y litio, en sintonía con la búsqueda global de minerales críticos que impulsa a la UE a reducir su dependencia de proveedores como China.Estados Unidos, apuntó, no ve con malos ojos un desembarco europeo más intenso en América Latina, porque lo considera una forma de compensar la creciente presencia china en sectores estratégicos de la región. En esa competencia, Washington prefiere que la expansión la protagonice un socio político y militar antes que un rival sistémico.Rusia, Ucrania y la relación con ChinaEn cuanto a la guerra en Ucrania, Calle describió a Rusia como un país atrapado en un conflicto que el Kremlin imaginó de pocas semanas y que ya supera los tres años, con un esfuerzo presupuestario y social significativo. Para 2025, al menos el 40% del gasto federal ruso se destinará a defensa y seguridad interna, con una partida de defensa que ronda el 6% del PBI, de acuerdo con datos oficiales de Moscú.Al mismo tiempo, Ucrania aprobó para 2025 un presupuesto en el que más del 61% del gasto público y alrededor del 26% de su PBI se destinarán a defensa, en línea con la prolongación de la invasión rusa y la necesidad de sostener el esfuerzo bélico con apoyo de aliados occidentales.Calle advirtió que Rusia enfrenta además una salida sostenida de capital humano calificado hacia Europa, Estados Unidos y América Latina, mientras se vuelve crecientemente dependiente de China como único gran aliado. Recordó que ambos países arrastran disputas históricas por territorios como Siberia y Vladivostok, y comparten una extensa frontera con una gran asimetría demográfica y económica.Entre Washington y Beijing: el dilema rusoPara el analista, la diplomacia rusa busca evitar una derrota abierta en Ucrania, pero al mismo tiempo no desea quedar “prisionera” de la relación con China, a quien percibe como un competidor histórico. De allí que, según Calle, Moscú intente mantener canales de diálogo con Washington, aun en un contexto de alta desconfianza.En paralelo, China observa la situación en Groenlandia y el Ártico como una oportunidad indirecta: la insistencia de Trump en reforzar su control en la isla despierta reparos en la Unión Europea, lo que podría tensionar la cohesión de la Otan y abrir espacio a la influencia china, aunque hasta ahora sus proyectos de inversión concretos en Groenlandia han sido limitados o frenados por Estados Unidos y Dinamarca.Calle sostuvo que, para las agencias de seguridad estadounidenses, el objetivo no es transformar a Rusia en un aliado, sino evitar que se consolide como socio estratégico de China. En esa lógica, considera que la administración Trump intenta concentrar recursos en la competencia con Pekín, sin distraerse en un conflicto interminable con Moscú.  ​

About The Author