En 2025, Any Riwer sentó las bases de una carrera solista que, si todo sale de acuerdo a lo planeado, tendrá un importante impulso en 2026. Por lo expuesto, precisamente, ambos años pueden significar de quiebre, de fractura, para la virtuosa guitarrista cordobesa que se desenvuelve en el epicentro del mercado musical mejicano desde 2012.
Epicentro en serio, por cuanto acompañó en diferentes circunstancias y en arenas de gran capacidad de todo el continente a Cristian Castro, Timbiriche, Aleks Syntek, JNS, Kabah, Ha*Ash, Sandoval, Beto Cuevas y Sasha, Benny y Erik.
Any Riwer también fue parte del elenco que el canadiense Cirque du Soleil armó para su show Amaluna, cuya gira global debió interrumpirse por la pandemia.
Pero ahora el tema saliente es su tránsito de confiable guitarrista de acompañamiento con énfasis funky a cantautora. “Fue un año repositivo a nivel laboral”, dice de visita en La Voz, acompañada por su madre y sin abandonar giros coloquiales bien mexicanos. Tal cual, en situación de entrevista, los labios de Any, cada tanto, sueltan “rola”, “lana”, “chamba”, “güey” y “me cayó el 20”.
“Armamos una gira con Benny Ibarra, el cantante con el que trabajo y que era miembro de Timbiriche. Sacó un disco nuevo después de 15 años, sin estar seguro de nada. Se demoró cinco años en hacerlo y lo sacó. Armamos esa gira, fue relevante”, añade antes de pasar a “su” momento.
“Y en 2025 pude sacar mi música –apunta–. Saqué una rola con De La Rivera. Eso estuvo muy bien. Hacer una colaboración con ellos, que me encantan, fue un gran paso”.
“Y pasó que el creador de Maná, Memo Gil, a quien conocí en un concurso en el que fuimos jurados y me consultó en qué estaba, me propuso producirme”, refuerza.
–¿Cómo generaste eso?
–Primero, lanzándome a lo desconocido y poniéndome a escribir. Fue mi catarsis del año pasado: escribir un montón. Después, Memo me preguntó en qué andaba y cuando le conté que había armado algunas canciones, me dijo “mándame las maquetas”, a lo que le aclaré “Memo, son maquetas”. Pero él insistió: “mandamelas”. Al otro día me llamó y me preguntó si tenía productor para esta música. Le dije que no y me consultó si él podía serlo. Le aclaré que nunca podría pagarle una producción de su nivel, que suele cobrarse medio millón de pesos mexicanos, unos 25 mil dólares, mucha lana. Y me dijo que no me preocupara, que fuéramos 50 y 50 del máster.
–Diría que es una buena propuesta.
–Fue el creador de Maná, tiene siete Grammy encima, el güey es un crack. Estamos trabajando eso ahora. Vuelvo el 22 y lo retomo. Habrá colaboraciones muy buenas de cantantes conocidos de allá. Cómo ves, he tenido suerte.
Virtuosa, a destocarse
–Habrás tentando a la suerte trabajando, supongo. ¿Cómo fue tu tránsito de una instrumentista virtuosa a compositora de canciones? ¿Es real el proceso de “destocarse”?
–Ese proceso existe, sí. La idea es Back to basic. Recuerdo al Indio Márquez cuando nos hizo la producción de Siderama, mi grupo cordobés, siempre nos decía que una buena canción tiene que poder cantarse con una guitarra acústica. Voy detrás de eso, más allá de que el proceso de composición del material que le envié a Memo fue al revés del convencional. Es que tenía las letras y luego las acomodé a la música que compuse. Normalmente se hace a revés; sin embargo, mi forma funcionó.
Tras insistir con que escribir siempre fue su cable a tierra, su terapia, Any Riwer intenta explicar sobre qué van las letras de sus canciones. “La matrix nos tiene agarrados. No soy de los que piensan que la tierra es plana ni nada eso, pero siento que algo nos pasa… Me fui a un retiro de silencio de 10 días de Vipassana y entendí mejor el nivel de control al que estamos sometidos”, dice.
“La depresión y la ansiedad, enfermedades que todos tenemos pero que pocos se dan cuenta, nos vienen a romper la cabeza. Me cayó el 20, me cayó la ficha. Los ataques de ansiedad se producen porque el cuerpo te está diciendo ‘¡Pará!’. Es algo muy normal en el entorno en que me manejo y es conveniente hablarlo. Escribí sobre la oscuridad en que nos movemos, sobre el hecho de estar nadando en petróleo y no darse cuenta”, completa.
–No volvés más, ¿no?
–Todo lo contrario. Casualmente, estaba hablando con ella (señala a su mamá) y concluí que ya viví mucho tiempo en México. Llevo 13 años allá; por cierto, fue lo mejor que me pasó en la vida, pero ahora necesito estar cerca de mi familia. Estoy muy sola allá.
–¿Los cordobeses no se ven entre sí?
–No. Está cada uno inmerso en su chamba. En México pasan las cosas muy rápido. No parás. Es como una rueda de hámster: te subís y no te podés bajar al toque porque viene otro que acaba de conocer gente, vincularse y larga con todo. Te va bien después de conocer a la persona indicada.
Cuatro Al Hilo, una escuela
–¿Te costó entrar al sistema mejicano?
–No me costó entrar, algo que siempre agradezco. Es lucha, claro, pero también tiene un dejo de suerte. Conozco muchos artistas súper talentosos con proyectos hermosos con los que no pasa nada porque no se les alinearon las cosas. Desde que me llevaron a México en 2012… Porque me llevaron, con casa, con trabajo, con todo. Es muy distinto al que va a ver qué onda. Me llevaron para tocar en una banda de chicas, que al final no funcionó. Y después fue “La productora de Alejandro Sanz necesita guitarrista para su clip”; y más tarde, “Cristian Castro necesita una banda de chicas”. Mi primer show en México fue en el Auditorio Nacional con Cristian Castro. Yo tenía 23 años.
–¿Qué era lo más grande que habías hecho hasta ese momento?
–Tocar en Cosquín Rock con Cuatro Al Hilo, banda que fue mi escuela. Estaba frustrada y sin tocar porque se había separado Siderama, y me llamó Franco Ronchetti para sumarme. Fue mi escuela en eso “Dale que vamos”; en eso de ensayar tres veces por semana para tocar mucho en vivo los findes. Aprendí mucho con ellos, siempre se los digo cuando los veo. Gracias a Cuatro Al Hilo tuve el resto para afrontar las pruebas a gran escala que se me presentaron apenas llegué a México.

El arribo de Any Riwer a México a comienzos de la década pasada tuvo una previa agitada: “Estaba en la universidad con mi hermana, porque estudiábamos al mismo tiempo, y yo estaba más dispersa con ella. Entonces, ella (señala a su mamá, otra vez) me decía ‘¡Estudia! Tu hermana está estudiando todo el día y vos estás tocando la guitarra’. Le conteste: ‘Algún día vas a tener que pagar un boleto para verme’. Y eso pasó”.
–¿Cuál fue la entrada que compró?
–Cristian Castro en el Gran Rex. Apenas llegué a México, salí en esa gira internacional que pasó por Chile, Perú, Estados Unidos y Colombia.
Otros puntos salientes del 2025 de Any Riwer fueron: un libro de memorias más reflexiones (monitoreado por Fernando Samalea y tan avanzado como su disco solista) más su confirmación como endorsement de Fender.
“Fui a comprar una guitarra a un Fender Custom Shop, al que tenés que ir con cita para que te abran una bóveda de guitarras que cuestan de cinco mil dólares para arriba. Me acompañó un amigo, dueño del bar en el que yo tocaba y que compraba muy seguido ahí. Vi todo lo disponible y me enamoré de una 1953 Heavy Relic, una copia exacta de una guitarra de ese año”, comienza Any para explicar cómo fue que se convirtió en referencia para esa marca legendaria.
“Los Custom Shop hacen eso, precisamente, copiar modelos emblemáticos que son imposibles primero de conseguir y luego de comprar. Una del ’62, por ejemplo, puede salir 60 mil dólares. ‘¿Te gusta?’, me dijo mi amigo, ‘Me encanta’, le contesté. Hacía un poco de ruido, de masa. Pero me dijeron que era por la tierra que había en el lugar. ‘Feliz cumple, amiga, este es mi regalo de cumpleaños’. Me largué a llorar en ese momento”, sumó la artista, muy consciente de que ese tipo de viola parece creado pensando en ella.
“Tego 13 guitarras, todas Fender. Cada una tiene un condimento especial. Tuve PRS McCarty, Gold Top de Gibson… Y no me pude acomodar. Una Gibson es como un león enjaulado. La Fender es anatómica para mí, a mi medida”, redondea.
Ahora bien, ¿cómo fue que se convirtió en endorsement de Fender? “Sigo. Al otro día la volví a probar y el ruido seguía ahí. Mandé un correo a la tienda para dar a conocer el problema. ‘No te preocupes, cuándo puede ir a verte el jefe de marketing y ventas de Fender para ofrecerte una solución’. Allá se hacen cargo de las cosas. Después de todo, se trata de una guitarra de ocho mil dólares”, detalla.
“Jorge, la persona en cuestión, fue a verme tocar y cuando bajo, me muestro indignada ante él. ‘¿Estás trabajando con alguna marca de guitarras, tenés patrocinio de alguna?’, me preguntó, pero yo seguía onda ‘¡Esto no puede ser!’ Se la llevó a la guitarra para que la estudien y no tenía nada, el problema era intrínseco al modelo, así que la llevé a un laudero que se encargó de blindarla completamente con cobre. Pero a pesar de todo, Jorge fue por más: ‘¿Te gustaría trabajar con Feder?’ Así fue”, cierra.
–¿Y en qué consiste ese trabajo?
–Mi rol, en cuanto artista de la marca, consiste en hacer demostraciones con las guitarras nuevas que van sacando. Fender nunca se queda quieto y lanza modelos todo el tiempo. Mi chamba es ir a los Fender Day de las casas de música para mostrar detalles de las guitarras y hacerlas sonar. Grabar videos en backstages que ellos suben a la página. No es nada difícil. Y me proveen guitarras según la necesidad profesional que tenga.
En 2025, Any Riwer sentó las bases de una carrera solista que, si todo sale de acuerdo a lo planeado, tendrá un importante impulso en 2026. Por lo expuesto, precisamente, ambos años pueden significar de quiebre, de fractura, para la virtuosa guitarrista cordobesa que se desenvuelve en el epicentro del mercado musical mejicano desde 2012. Epicentro en serio, por cuanto acompañó en diferentes circunstancias y en arenas de gran capacidad de todo el continente a Cristian Castro, Timbiriche, Aleks Syntek, JNS, Kabah, Ha*Ash, Sandoval, Beto Cuevas y Sasha, Benny y Erik. Any Riwer también fue parte del elenco que el canadiense Cirque du Soleil armó para su show Amaluna, cuya gira global debió interrumpirse por la pandemia. Pero ahora el tema saliente es su tránsito de confiable guitarrista de acompañamiento con énfasis funky a cantautora. “Fue un año repositivo a nivel laboral”, dice de visita en La Voz, acompañada por su madre y sin abandonar giros coloquiales bien mexicanos. Tal cual, en situación de entrevista, los labios de Any, cada tanto, sueltan “rola”, “lana”, “chamba”, “güey” y “me cayó el 20”. “Armamos una gira con Benny Ibarra, el cantante con el que trabajo y que era miembro de Timbiriche. Sacó un disco nuevo después de 15 años, sin estar seguro de nada. Se demoró cinco años en hacerlo y lo sacó. Armamos esa gira, fue relevante”, añade antes de pasar a “su” momento. View this post on Instagram “Y en 2025 pude sacar mi música –apunta–. Saqué una rola con De La Rivera. Eso estuvo muy bien. Hacer una colaboración con ellos, que me encantan, fue un gran paso”. “Y pasó que el creador de Maná, Memo Gil, a quien conocí en un concurso en el que fuimos jurados y me consultó en qué estaba, me propuso producirme”, refuerza. –¿Cómo generaste eso?–Primero, lanzándome a lo desconocido y poniéndome a escribir. Fue mi catarsis del año pasado: escribir un montón. Después, Memo me preguntó en qué andaba y cuando le conté que había armado algunas canciones, me dijo “mándame las maquetas”, a lo que le aclaré “Memo, son maquetas”. Pero él insistió: “mandamelas”. Al otro día me llamó y me preguntó si tenía productor para esta música. Le dije que no y me consultó si él podía serlo. Le aclaré que nunca podría pagarle una producción de su nivel, que suele cobrarse medio millón de pesos mexicanos, unos 25 mil dólares, mucha lana. Y me dijo que no me preocupara, que fuéramos 50 y 50 del máster. –Diría que es una buena propuesta. –Fue el creador de Maná, tiene siete Grammy encima, el güey es un crack. Estamos trabajando eso ahora. Vuelvo el 22 y lo retomo. Habrá colaboraciones muy buenas de cantantes conocidos de allá. Cómo ves, he tenido suerte.Virtuosa, a destocarse–Habrás tentando a la suerte trabajando, supongo. ¿Cómo fue tu tránsito de una instrumentista virtuosa a compositora de canciones? ¿Es real el proceso de “destocarse”?–Ese proceso existe, sí. La idea es Back to basic. Recuerdo al Indio Márquez cuando nos hizo la producción de Siderama, mi grupo cordobés, siempre nos decía que una buena canción tiene que poder cantarse con una guitarra acústica. Voy detrás de eso, más allá de que el proceso de composición del material que le envié a Memo fue al revés del convencional. Es que tenía las letras y luego las acomodé a la música que compuse. Normalmente se hace a revés; sin embargo, mi forma funcionó. Tras insistir con que escribir siempre fue su cable a tierra, su terapia, Any Riwer intenta explicar sobre qué van las letras de sus canciones. “La matrix nos tiene agarrados. No soy de los que piensan que la tierra es plana ni nada eso, pero siento que algo nos pasa… Me fui a un retiro de silencio de 10 días de Vipassana y entendí mejor el nivel de control al que estamos sometidos”, dice. “La depresión y la ansiedad, enfermedades que todos tenemos pero que pocos se dan cuenta, nos vienen a romper la cabeza. Me cayó el 20, me cayó la ficha. Los ataques de ansiedad se producen porque el cuerpo te está diciendo ‘¡Pará!’. Es algo muy normal en el entorno en que me manejo y es conveniente hablarlo. Escribí sobre la oscuridad en que nos movemos, sobre el hecho de estar nadando en petróleo y no darse cuenta”, completa. –No volvés más, ¿no?–Todo lo contrario. Casualmente, estaba hablando con ella (señala a su mamá) y concluí que ya viví mucho tiempo en México. Llevo 13 años allá; por cierto, fue lo mejor que me pasó en la vida, pero ahora necesito estar cerca de mi familia. Estoy muy sola allá. –¿Los cordobeses no se ven entre sí?–No. Está cada uno inmerso en su chamba. En México pasan las cosas muy rápido. No parás. Es como una rueda de hámster: te subís y no te podés bajar al toque porque viene otro que acaba de conocer gente, vincularse y larga con todo. Te va bien después de conocer a la persona indicada. Cuatro Al Hilo, una escuela–¿Te costó entrar al sistema mejicano?–No me costó entrar, algo que siempre agradezco. Es lucha, claro, pero también tiene un dejo de suerte. Conozco muchos artistas súper talentosos con proyectos hermosos con los que no pasa nada porque no se les alinearon las cosas. Desde que me llevaron a México en 2012… Porque me llevaron, con casa, con trabajo, con todo. Es muy distinto al que va a ver qué onda. Me llevaron para tocar en una banda de chicas, que al final no funcionó. Y después fue “La productora de Alejandro Sanz necesita guitarrista para su clip”; y más tarde, “Cristian Castro necesita una banda de chicas”. Mi primer show en México fue en el Auditorio Nacional con Cristian Castro. Yo tenía 23 años. –¿Qué era lo más grande que habías hecho hasta ese momento?–Tocar en Cosquín Rock con Cuatro Al Hilo, banda que fue mi escuela. Estaba frustrada y sin tocar porque se había separado Siderama, y me llamó Franco Ronchetti para sumarme. Fue mi escuela en eso “Dale que vamos”; en eso de ensayar tres veces por semana para tocar mucho en vivo los findes. Aprendí mucho con ellos, siempre se los digo cuando los veo. Gracias a Cuatro Al Hilo tuve el resto para afrontar las pruebas a gran escala que se me presentaron apenas llegué a México. El arribo de Any Riwer a México a comienzos de la década pasada tuvo una previa agitada: “Estaba en la universidad con mi hermana, porque estudiábamos al mismo tiempo, y yo estaba más dispersa con ella. Entonces, ella (señala a su mamá, otra vez) me decía ‘¡Estudia! Tu hermana está estudiando todo el día y vos estás tocando la guitarra’. Le conteste: ‘Algún día vas a tener que pagar un boleto para verme’. Y eso pasó”. –¿Cuál fue la entrada que compró?–Cristian Castro en el Gran Rex. Apenas llegué a México, salí en esa gira internacional que pasó por Chile, Perú, Estados Unidos y Colombia. Otros puntos salientes del 2025 de Any Riwer fueron: un libro de memorias más reflexiones (monitoreado por Fernando Samalea y tan avanzado como su disco solista) más su confirmación como endorsement de Fender. “Fui a comprar una guitarra a un Fender Custom Shop, al que tenés que ir con cita para que te abran una bóveda de guitarras que cuestan de cinco mil dólares para arriba. Me acompañó un amigo, dueño del bar en el que yo tocaba y que compraba muy seguido ahí. Vi todo lo disponible y me enamoré de una 1953 Heavy Relic, una copia exacta de una guitarra de ese año”, comienza Any para explicar cómo fue que se convirtió en referencia para esa marca legendaria. “Los Custom Shop hacen eso, precisamente, copiar modelos emblemáticos que son imposibles primero de conseguir y luego de comprar. Una del ’62, por ejemplo, puede salir 60 mil dólares. ‘¿Te gusta?’, me dijo mi amigo, ‘Me encanta’, le contesté. Hacía un poco de ruido, de masa. Pero me dijeron que era por la tierra que había en el lugar. ‘Feliz cumple, amiga, este es mi regalo de cumpleaños’. Me largué a llorar en ese momento”, sumó la artista, muy consciente de que ese tipo de viola parece creado pensando en ella. “Tego 13 guitarras, todas Fender. Cada una tiene un condimento especial. Tuve PRS McCarty, Gold Top de Gibson… Y no me pude acomodar. Una Gibson es como un león enjaulado. La Fender es anatómica para mí, a mi medida”, redondea. Ahora bien, ¿cómo fue que se convirtió en endorsement de Fender? “Sigo. Al otro día la volví a probar y el ruido seguía ahí. Mandé un correo a la tienda para dar a conocer el problema. ‘No te preocupes, cuándo puede ir a verte el jefe de marketing y ventas de Fender para ofrecerte una solución’. Allá se hacen cargo de las cosas. Después de todo, se trata de una guitarra de ocho mil dólares”, detalla. “Jorge, la persona en cuestión, fue a verme tocar y cuando bajo, me muestro indignada ante él. ‘¿Estás trabajando con alguna marca de guitarras, tenés patrocinio de alguna?’, me preguntó, pero yo seguía onda ‘¡Esto no puede ser!’ Se la llevó a la guitarra para que la estudien y no tenía nada, el problema era intrínseco al modelo, así que la llevé a un laudero que se encargó de blindarla completamente con cobre. Pero a pesar de todo, Jorge fue por más: ‘¿Te gustaría trabajar con Feder?’ Así fue”, cierra. –¿Y en qué consiste ese trabajo?–Mi rol, en cuanto artista de la marca, consiste en hacer demostraciones con las guitarras nuevas que van sacando. Fender nunca se queda quieto y lanza modelos todo el tiempo. Mi chamba es ir a los Fender Day de las casas de música para mostrar detalles de las guitarras y hacerlas sonar. Grabar videos en backstages que ellos suben a la página. No es nada difícil. Y me proveen guitarras según la necesidad profesional que tenga. La Voz

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