Nadie elige venir al mundo. En general, es así con la capitulación de cualquier vida, pero no siempre. La única certeza es biológica: el contrato con el oxígeno termina un día.

Sobre esto último no faltan especulaciones diversas, pero sin ningún auxilio metafísico del caso se muere de viejo, enfermedad o, ahora sí, por voluntad propia.

Esta última opción siempre resulta enigmática, y ninguna psicopatología agota el sentido de la singularidad de ese acto (antes bien, en muchos casos la misma perspectiva psicopatológica resulta una ofensa estúpida).

En Ángeles, un hombre que trabaja como guardia en una cochera ha decidido quitarse la vida. Hay heridas antiguas en su trayecto, pero no es el móvil decisivo. El cansancio puede ser ontológico; la decisión es un misterio.

Ángeles, sin embargo, no se centra en este hombre mayor, sino en una niña que vive en la calle vendiendo dulces mientras cuida de su hermana menor.

Los adultos brillan por su ausencia; las palabras padre y madre se dicen al paso, son figuras ausentes. Es por eso que el punto de vista de lo que sucede se ciñe a la mirada de Ángeles; su perspectiva es la de la película, organiza el mundo circundante.

En Ángeles el tiempo del relato es el propio tiempo de la experiencia de las dos niñas. Es un tiempo circunscripto a la venta callejera y al ocio no delimitado por ninguna actividad característica de la infancia.

No hay tareas en el hogar, tampoco horas de estudio en la escuela; las instituciones no rigen el orden cotidiano. Si existen, al menos en el lapso del relato, residen en fuera de campo.

En una situación de apremio, Ángeles inventa una situación familiar como respuesta ante un adulto que exige una explicación frente a un delito insignificante; puede que se trate de una memoria personal, puede que sea una solución retórica.

No se sabe, porque no hay biografía de los personajes, solo presente. Estar en el tiempo, pasar el calor, jugar, vender y volver a jugar.

Pero existe una anomalía en el corazón del relato que resulta tan valiente como inusual: la relación que se establece entre Ángeles y el viejo guardia no se cifra en ninguna transferencia afectiva. No juegan veladamente a la familia; las palabras hija y padre son inadecuadas en su contexto; el vínculo de afecto no desconoce la diferencia de edad, pero no se resuelve en signos filiales.

El misterio de Ángeles reside en esa indefinición, de la que nace una situación aún más controversial: la solidaridad consciente por parte de la niña respecto de la decisión del adulto acerca de acabar con su vida.

El coraje de Paula Markovitch es indesmentible: sobre lo ominoso siembra cariño y libertad; al drama lo interviene con breves aventuras y algunas travesuras en autos y supermercados.

La cineasta cordobesa que vive en México hace décadas emplea los espacios urbanos de la ciudad de Córdoba como si fuera una especialista en catastro y una eximia cartógrafa.

Elige calles y lugares reconocibles, pero rara vez filmados; son espacios urbanos que se integran orgánicamente al desplazamiento de los personajes. Lo mismo sucede entre la cámara y las dos niñas.

Las niñas de Markovitch podrían jugar con los niños de Kiarostami (quien también tradujo en planos inolvidables la voluntad de cortar con el mundo), Favio y De Sica. Son criaturas del cine; la cámara las cobija, las ama.

El único mayor del relato ya no es un niño. A él se lo respeta, se lo acompaña y se lo vindica en el libre albedrío que define la vida adulta.

Para ver Ángeles

México, Argentina, 2025. Guion y dirección: Paula Markovitch. Con: Ángeles Pradal, Abián Vainstein e Isabella Ramírez. Duración: 94 minutos. Clasificación: Apta para mayores de 16 años. En cineclub municipal Hugo del Carril (bv. San Juan 49), del jueves 27 de noviembre al miércoles 3 de diciembre, en distintas funciones.

​Nadie elige venir al mundo. En general, es así con la capitulación de cualquier vida, pero no siempre. La única certeza es biológica: el contrato con el oxígeno termina un día. Sobre esto último no faltan especulaciones diversas, pero sin ningún auxilio metafísico del caso se muere de viejo, enfermedad o, ahora sí, por voluntad propia. Esta última opción siempre resulta enigmática, y ninguna psicopatología agota el sentido de la singularidad de ese acto (antes bien, en muchos casos la misma perspectiva psicopatológica resulta una ofensa estúpida). En Ángeles, un hombre que trabaja como guardia en una cochera ha decidido quitarse la vida. Hay heridas antiguas en su trayecto, pero no es el móvil decisivo. El cansancio puede ser ontológico; la decisión es un misterio.Ángeles, sin embargo, no se centra en este hombre mayor, sino en una niña que vive en la calle vendiendo dulces mientras cuida de su hermana menor. Los adultos brillan por su ausencia; las palabras padre y madre se dicen al paso, son figuras ausentes. Es por eso que el punto de vista de lo que sucede se ciñe a la mirada de Ángeles; su perspectiva es la de la película, organiza el mundo circundante.En Ángeles el tiempo del relato es el propio tiempo de la experiencia de las dos niñas. Es un tiempo circunscripto a la venta callejera y al ocio no delimitado por ninguna actividad característica de la infancia. No hay tareas en el hogar, tampoco horas de estudio en la escuela; las instituciones no rigen el orden cotidiano. Si existen, al menos en el lapso del relato, residen en fuera de campo. En una situación de apremio, Ángeles inventa una situación familiar como respuesta ante un adulto que exige una explicación frente a un delito insignificante; puede que se trate de una memoria personal, puede que sea una solución retórica. No se sabe, porque no hay biografía de los personajes, solo presente. Estar en el tiempo, pasar el calor, jugar, vender y volver a jugar.Pero existe una anomalía en el corazón del relato que resulta tan valiente como inusual: la relación que se establece entre Ángeles y el viejo guardia no se cifra en ninguna transferencia afectiva. No juegan veladamente a la familia; las palabras hija y padre son inadecuadas en su contexto; el vínculo de afecto no desconoce la diferencia de edad, pero no se resuelve en signos filiales.El misterio de Ángeles reside en esa indefinición, de la que nace una situación aún más controversial: la solidaridad consciente por parte de la niña respecto de la decisión del adulto acerca de acabar con su vida.El coraje de Paula Markovitch es indesmentible: sobre lo ominoso siembra cariño y libertad; al drama lo interviene con breves aventuras y algunas travesuras en autos y supermercados. La cineasta cordobesa que vive en México hace décadas emplea los espacios urbanos de la ciudad de Córdoba como si fuera una especialista en catastro y una eximia cartógrafa. Elige calles y lugares reconocibles, pero rara vez filmados; son espacios urbanos que se integran orgánicamente al desplazamiento de los personajes. Lo mismo sucede entre la cámara y las dos niñas. Las niñas de Markovitch podrían jugar con los niños de Kiarostami (quien también tradujo en planos inolvidables la voluntad de cortar con el mundo), Favio y De Sica. Son criaturas del cine; la cámara las cobija, las ama. El único mayor del relato ya no es un niño. A él se lo respeta, se lo acompaña y se lo vindica en el libre albedrío que define la vida adulta.Para ver ÁngelesMéxico, Argentina, 2025. Guion y dirección: Paula Markovitch. Con: Ángeles Pradal, Abián Vainstein e Isabella Ramírez. Duración: 94 minutos. Clasificación: Apta para mayores de 16 años. En cineclub municipal Hugo del Carril (bv. San Juan 49), del jueves 27 de noviembre al miércoles 3 de diciembre, en distintas funciones.  La Voz

About The Author