SEGOVIA.— David Uclés (Úbeda, 1990) escribió la novela española más aclamada de los últimos tiempos, una ficción de 700 páginas trazada con una prosa exquisita y delicada. El libro fue rechazado 10 veces antes de su publicación, pero luego se convirtió en un suceso de críticas, ha cosechado veinte ediciones y obtenido una usina de premios. La península de las casas vacías (Siruela) fue nominada al Premio de Novela de la VI Bienal Vargas Llosa. Uclés escribió la historia de una familia durante la guerra civil narrada en clave de realismo mágico y la épica de un héroe de carne y hueso, un mortal llamado Odisto. Hace unos semanas, el autor ha anunciado que abandonaba la red social X tras recibir reiterados agravios: “Se ha convertido en un nido de fascistas”, argumentó.
Cinco nuevos parques de esculturas que hay que conocer
En La península de las casas vacías Uclés cuenta la historia de su propia familia, oriunda de Quesada, una población andaluza rebautizada en su ficción como Jándula. Hasta allí hoy peregrinan lectores que quieren conocer las calles por las que deambula y sobrevive la familia Ardolento. Incluso han abierto un gimnasio llamado Jándula Fit, destaca alegre Uclés, y pondrán un letrero con este nombre esdrújulo en la entrada del pueblo.
Uclés abandonó la red social X y en su cuenta de Instagram ha esgrimido los motivos: “ADIÓS, TWITTERX se convirtió en un nido de fascistas que cada día me insultan, dicen saber dónde vivo y critican no solo mi trabajo, sino mi sexualidad y apariencia. Por eso me voy. Nací con una anomalía: y es que siempre he sido un niño muy feliz. Y quiero seguir siéndolo. Hasta aquí :)”. Ganador del Premio Cálamo al mejor libro del año en 2024, Uclés, escritor, músico y dibujante, conversó con LA NACION en el Hay Festival de Segovia.

-¿Cuándo decidiste que este tono y que los recursos del realismo mágico poblarían Jándula?
-El realismo mágico está en mí como escritor, es el estilo en el que mejor me muevo. No hubo una intención de adherirme a sus normas. Simplemente yo escribía con aquellos recursos, pero sin saber que estaba haciendo realismo mágico. No hubo un momento de decir: “Este va a ser mi destino” o “Voy a adherirme a esta escuela”.
-¿Cómo definirías o describirías al realismo mágico en el presente?
-En casi todo el mundo hay una necesidad de plasmar heridas recientes, traumáticas, bajo cierto velo onírico, con la tradición, la superstición y la costumbre de fondo. A eso, junto con otras normas, se le llama realismo mágico, que ha existido siempre, que existe en todos los países, y que yo, por mi parte, también he desarrollado de forma natural.
-Este proyecto literario demandó 15 años de trabajo: ¿cuál fue el mayor obstáculo a la hora de culminarlo?
-Quería hacer un Macondo íbero, desde el principio, desde que tengo 19 años. Intenté publicarlo, pero me lo echaron para atrás, por joven, porque eran más de 2000 páginas. Cada año y medio lo reescribía, le iba añadiendo capas, y a mitad de camino dije: “Ya que la historia ocurre durante los años treinta, porque está basada en la infancia de mi abuelo, voy a escribir sobre la guerra para fortalecer la historia”. Investigué sobre la guerra civil, y me di cuenta de que no había ninguna ficción, sí ensayos, que contara toda la guerra, de principio a fin. Como tenía el horizonte muy amplio, porque no me publicaban la novela, y yo sabía que iba a ir para largo, cogí a mis personajes, los desparramé, y conté la guerra. Este punto era muy ambicioso, daba bastante vértigo.
-Esta es la historia de la descomposición de una familia, de cómo se va envileciendo un país, ¿sentís que hay todavía cicatrices de la guerra civil en España?
-Más que cicatrices. La cicatriz es una herida que está cerrada, y hay heridas abiertas, porque no tienen todos los españoles la misma visión acerca de la guerra, de quién la comenzó, por qué, quién la terminó, qué bando dañó más al país. No hay una memoria histórica sólida. Hace un año y medio en El País dije que no me extrañaría una futura guerra civil entre nosotros, era un poco exagerado, pero ahora, un año y medio después, estoy viendo titulares muy parecidos, vamos un poco hacia épocas tenebrosas.
-Al inicio de la novela, hay una descripción de la familia tan noble, tan pura, tan unida y de repente, en ese mundo pobre, pero idílico, se da vuelta todo el tablero. ¿Se puede leer a esa familia como la metáfora de un país?
-Es cierto, no lo había reflexionado así, pero es verdad que es una familia muy noble, muy pura. Se dedica al campo y de repente, lo digo en el prólogo, mueren todos menos uno. Es lo que le pasó a un país que era tranquilo, mayoritariamente analfabeto, rural, y de repente se ve envuelto en una guerra que hace sangrar a todos y deja todas las casas vacías. No murieron todas las personas, pero sí se quedaron todas las casas vacías, sin algún miembro. Todas.
-El narrador tiene mucho poder, hay hechos que omite y dice: “Este no es el momento de contarlo” o “Lo contaré más adelante”. ¿Quién es el narrador?
-Yo no soy el narrador; yo fui el narrador. La opinión que yo tenía en 2017 no es la misma que tengo ahora. En esta novela se ve el paso del tiempo, porque transcurre toda la guerra y también se ve el paso del tiempo en mi escritura.
-¿En qué cambió tu mirada hacia la guerra civil o hacia el país en estos años?
-Bueno, es que no sabía nada antes. Todo cambió totalmente porque yo no conocía la guerra, por lo tanto aprendí lo que ocurrió. Ahora veo los lugares de otra manera, las placas, los nombres de las calles, las novelas, las biografías, ahora entiendo muchas cosas. Mercè Rodoreda es mi escritora favorita y ahora releo La muerte y la primavera y digo: “Ahora entiendo de dónde sale esa visceralidad”. Es la visión más pura que yo he visto del abismo que nos espera cuando ya no estemos aquí.
Felisa Pinto, influencer a los 94 años: “Toda mi vida es un highlight”
-¿Pensás que el realismo mágico te permitió intentar hilar todo el absurdo que es la guerra? ¿Qué te posibilidad de brindó?
-Sí es cierto que propició ciertas cosas. Por un lado, que el contenido, que es muy dramático a veces, tenga momentos más tranquilos. Que el drama se suavice a veces. Aunque otras veces tampoco yo lo veo así. Por ejemplo, a un personaje, en vez de salirle sangre por la boca, le brota arena. O hay una mujer embarazada que cae en Málaga, que se derrite porque el asfalto está bombardeado y lleno de fuego. Todo su cuerpo se derrite salvo el feto. Para mí esa escena es mucho más fuerte que se escriba diga simplemente que una mujer embarazada se cayó y murió.
-En la novela hay imágenes muy poderosas. ¿Estabas mirando algunos artistas en particular?
-Tenía la influencia indirecta de Rafael Zabaleta, que es un pintor cubista de mi tierra, que aparece en la portada [La romería, 1959], también de Picasso y del expresionismo alemán. Incluso en el cine, está Murnau y también tengo referentes cinematográficos: Paolo Sorrentino, Roy Anderson y Wes Anderson.
-¿Trabajaste en particular la imagen de la novela, no solo la trama, ni el estilo, sino que quedaran esos lienzos de cada capítulo?
-Tenía muy en cuenta el color y la forma. Quería hacer un retablo barroco y que cada escena se pudiera resumir en una imagen. Te cuento la batalla de Teruel, sí, pero la imagen es la avioneta congelada en el cielo. Te cuento lo que ocurrió en Jarama, sí, pero la imagen es la mula atada y el hombre cayéndose en las minas que son lápices afilados.
-¿Considerás que La península de las casas vacías es una novela política?
-Sí, en tanto que te muestra toda la guerra civil desde los exteriores de la Segunda República hasta las primeras consecuencias del franquismo. Entonces te educa, te hace una fotografía de todo lo que pasó, con muchos personajes de ideologías distintas. Ha ganado premios de novela histórica [Premio Espartaco a la mejor novela histórica 2025]. Ha ganado premios de novela fantástica [Premio Kelvin]. Una novela muy híbrida. Y como tal tiene una parte muy política. Es una novela sobre la memoria, sobre Iberia, sobre nuestra antropología y sobre, quizás lo más importante, el drama de la guerra.
-La novela está basada en tu propia historia. ¿Hay algo que pudiste entender cuando terminaste el libro?
-Entiendo el silencio de los familiares. Yo tuve la suerte de que a mi abuelo lo pude exprimir. Entiendo a mi tío abuelo que se metió en la cama y no salió más. Era un tumbado, como le llamaban. Y entiendo la pena que se transmite de generación en generación que se ve mucho en Jaén y Andalucía, pero en España también. Entiendo la losa que tenemos toda encima de las heridas que sufrimos y entiendo mucho más y mejor el carácter del pueblo íbero que antes.
El escritor, músico y dibujante español cuenta en 700 páginas la historia de una familia durante la guerra civil narrada en clave de realismo mágico; “La península de las casas vacías” es la novela española más aclamada del momento

Más historias
Franco Colapinto, en vivo: el minuto a minuto de la clasificación del Gran Premio de Qatar de Fórmula 1
La política cambiaria e impositiva impide mejorar la competitividad del sector
Para que el campo aporte al crecimiento es clave tener en cuenta su agenda