Es una dulce derrota para el sector económico más importante de la historia argentina. El ejecutivo de una cerealera exhaló con alivio días atrás cuando se le remarcó que, por primera vez, el petróleo crudo había desplazado a la harina de soja como principal producto individual de exportación del país durante el primer semestre, por el boom de Vaca Muerta.
Hay reveses exitosos. Hasta ahora, cada vez que un gobierno se enfrentaba a una restricción en el acceso a los dólares, acudía al campo para compensar la cuenta. Pero la expansión de la energía y el despegue de la minería durante el gobierno de Javier Milei cambiaron esa lógica: el campo empezó a compartir con otros dos sectores su histórico papel como generador de divisas.
En las últimas décadas, le había tocado sin pedirlo ser el centro de atención del mercado cambiario. Cualquier analista podía calcular el ingreso diario de divisas del sector y, a partir de allí, hacer pronósticos sobre el futuro precio del dólar y la capacidad de compra de reservas del Banco Central para defender el peso frente a las tensiones permanentes de devaluación.
Así, empresas como Cargill, Bunge, Dreyfus o AGD eran blanco del odio cambiario en momentos de zozobra. Esa misma centralidad despertaba el interés de los ministros de Economía por regularlas para sacarles divisas. El apetito por los dólares del campo tuvo distintas manifestaciones, desde aumentos de retenciones hasta tipos de cambio diferenciales, como el dólar soja.
Frente a una crisis con el dólar, ahora se le abren nuevas posibilidades a quien ocupe la Casa Rosada: ¿por qué ir solo a tocar la puerta del campo si hay en realidad tres sectores dinámicos y genuinos generadores de divisas?
Luis Caputo intentó poner a prueba la nueva lógica en su momento más peligroso al frente del Ministerio de Economía. En septiembre del año pasado, en plena corrida contra el peso y tras el triunfo electoral del peronismo de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, eliminó temporalmente las retenciones a la soja y a otros productos para obtener rápidamente unos US$7000 millones.
En el mismo movimiento, Caputo llamó a las petroleras, que en ese momento no tenían liquidez para acompañar el pedido oficial. Es cierto que ese sector tiene una reacción distinta al campo, pero jugará su propio partido cuando haya problemas más extensos que una coyuntura.
La nueva relación entre los sectores de poder no se limita a las urgencias cambiarias. Cerealeras y petroleras se llevaban como perros y gatos por los biocombustibles: las primeras querían aumentar su participación en las naftas y el gasoil, mientras que las petroleras resistían que se les achicara su negocio.
Las viejas asperezas están cediendo al calor de una promesa millonaria comercial con Europa, donde ambos sectores esperan colocar combustibles con una participación creciente de origen vegetal.
Daniel González, secretario de Coordinación de Energía y Minería y una de las personas de confianza de Luis Caputo, es uno de los impulsores del proyecto de ley de biocombustibles que el Gobierno espera aprobar en el Congreso.
La norma abriría el negocio a los grandes jugadores petroleros, que antes lo criticaban. AGD, Dreyfus y otras firmas agroindustriales ya mantienen conversaciones con compañías como YPF y PAE. Todos creen que el próximo gran mercado son los combustibles para aviones y barcos, y allí unos necesitarán de los otros. Algunos especialistas sostienen que en el futuro habrá biorrefinerías.
Ese acercamiento empieza a conformar una mesa de lobby mucho más potente de la que se conocía hasta ahora. De ambos lados creen que habrá espacio para combinar fuerzas porque compartirán los mismos problemas: voracidad de la política por sus dólares en momentos de crisis y una regulación amable para su negocio conjunto.
El reordenamiento del poder económico no termina en las petroleras. La minería también empieza a recuperar un protagonismo que no tenía desde hace casi 30 años.
Roberto Cacciola es el jefe de la cámara que reúne a los empresarios mineros (CAEM). Se sentó en una mesa central junto a Horacio Marín (YPF) y el anfitrión, Nicolás Pino, en el coloquio por los 160 años de la Sociedad Rural (SRA). Hace algunos años, lo hubieran ubicado más cerca de la puerta. Y también hay conversaciones entre algunos miembros del Grupo de los Seis (representa a los sectores más influyentes del agro, la industria, la construcción, el comercio y las finanzas) para ver cómo sumar a los mineros de alguna manera.
La transformación de la relación entre el campo y la minería es similar a la de las petroleras con el campo. Durante años estuvieron enfrentados por el uso del agua y del territorio, el temor a la contaminación de zonas productivas y la competencia por los trabajadores.
Hoy, en cambio, los grandes jugadores del agro ya no miran a la minería como un enemigo: los grandes proyectos están lejos de la principal frontera agrícola y, además, creen que el crecimiento del cobre y el litio puede favorecer una baja de las retenciones a la soja, el trigo y el maíz. Lo que no logra la política, quizá lo obtenga la economía.
Hay más motivos comerciales para cambiar el rechazo por la aceptación. Mineras como Río Tinto y empresas agroindustriales podrían juntarse para quedarse con la operación del Belgrano Cargas. Los vagones que pueden ir con granos a los puertos también tienen la posibilidad de retornar con recursos para la industria extractiva. Son coincidencias que fortalecen la relación.
Ese tándem se enfrenta a un rival potente. Grupo México es un gigante ferroviario dedicado también a la explotación de cobre, controlado por el millonario Germán Larrea Mota-Velasco. Maneja en su país una red de 11.000 kilómetros y está haciendo pruebas para usar formaciones de entre 12.000 y 15.000 toneladas.
Este conglomerado les envió a los funcionarios argentinos el mensaje de que está dispuesto a invertir US$3000 millones. Pero más importante que eso, se asoció a la norteamericana Wabtec, una de las empresas acompañadas por el gobierno de Donald Trump. Desde ese momento, el proyecto contó con la bendición de la embajada de Estados Unidos en la Argentina, a cargo de Peter Lamelas, que le acercó a la Casa Rosada un conjunto de recomendaciones para el pliego de licitación del Belgrano Cargas.
La representación diplomática norteamericana se toma la defensa de sus empresas en serio. No sólo por el caso ferroviario. Se le atribuye a Lamelas haber hablado con Santiago Caputo y con Pablo Quirno (Cancillería) para explicarles la mirada de Hamid Ansari (Meitner Energy), el magnate norteamericano que proyecta construir un reactor nuclear en la Argentina que podría abrir una nueva etapa del negocio a escala internacional. La intención era que el mensaje llegara a Milei.
En aquel momento, Demian Reidel, amigo de Milei y el funcionario a cargo del tema atómico, quería hacer un proyecto más grande del que estaba dispuesto a encarar Ansari, de excelente relación con Lamelas. Todo estuvo a punto de caerse antes de su intervención.
Es una competencia que casi no les molesta a los mineros, más interesados en disfrutar su segunda primavera política.
Pese a reunir a empresas gigantes de capitales internacionales, en el plano local del lobby la minería vivió a la sombra de sus colegas mayores. La última vez que el sector había alcanzado una relevancia similar a la actual fue cuando Ángel Maza era el secretario de Minería, entre 1992 y 1995. Este geólogo era muy cercano a Carlos Menem y, por eso mismo, el sector tenía acceso veloz al entonces presidente. A tal punto que Maza fue, luego, gobernador de La Rioja.
No hay un regreso total a los mejores tiempos de la relación con la política, pero hay similitudes. Los ejecutivos que manejan el negocio minero día a día cultivaron en los últimos meses una relación sorprendente con Karina Milei y con el jefe de Gabinete, Diego Santilli. Son cosas que antes no pasaban.
Milei no sólo está al tanto de esta nueva sociedad de poderosos, sino que entiende cada vez más su importancia. Hasta hace poco, incluso los mejores lobistas del país tenían dificultades para conseguir una reunión entre el Presidente y algunos grandes empresarios internacionales, porque sus intereses iban por otro lado. Esas gestiones dependían muchas veces de la intermediación de Karina Milei o de la buena voluntad de Luis Caputo, dispuesto a recibir a quienes no conseguían esa audiencia.
Ahora, en cambio, los empresarios hablan de un Milei 2.0, que comprendió que su figura es importante para convencerlos personalmente de que inviertan en la Argentina, sobre todo en un contexto en el que una parte de la economía no arranca.
Hay ejemplos concretos. Milei se reunió con Margarita Louis-Dreyfus a mediados de julio. La presidenta del grupo internacional que lleva su apellido salió del encuentro difundiendo un mensaje: Europa necesita alguien como Milei.
La figura del Presidente empieza a funcionar como una especie de talismán empresario. Tres días antes había recibido en la Casa Rosada a las máximas autoridades de Bayer y, durante su viaje a España, se había sentado con ejecutivos e inversores de compañías como Ferrovial, Meliá, Prosegur, Naturgy y Acciona.
La transformación de la economía también está cambiando las relaciones entre sus actores más poderosos. El campo pierde parte de la estelaridad que tuvo casi desde siempre, pero gana socios que pueden hacer más potentes sus reclamos. Milei llegó al poder dispuesto a enfrentarse con una parte del establishment, pero los cambios que impulsa su modelo económico le están dando forma a uno nuevo.
El boom de Vaca Muerta y el despegue minero están cambiando el mapa del poder y empieza a emerger un establishment propio de la economía que impulsa el Presidente; la embajada de EE.UU., muy activa en la defensa de sus empresas

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