Cuando un país posee once portaaviones nucleares, cientos de bombarderos estratégicos, la aviación de combate más poderosa del planeta, una red global de bases militares y un presupuesto de defensa superior al de las siguientes diez potencias combinadas, resulta casi intuitivo concluir que puede derrotar militarmente a cualquier adversario.

Sin embargo, la guerra nunca fue una competencia de inventarios. Es, como enseñó Clausewitz hace casi dos siglos, un instrumento político. Su objetivo no consiste simplemente en destruir fuerzas enemigas, sino en imponer una voluntad política sobre el adversario. Y, precisamente, allí reside la paradoja que hoy enfrenta EEUU frente a Irán.

Washington puede degradar severamente la infraestructura militar iraní, destruir instalaciones estratégicas, eliminar mandos, obtener superioridad aérea y castigar con enorme precisión objetivos militares. Pero ninguna de esas capacidades garantiza alcanzar, por sí sola, una victoria estratégica. La historia reciente demuestra que el poder militar posee límites cuando los objetivos políticos exceden lo que la fuerza puede producir.

Vietnam fue el primer gran recordatorio. Irak y Afganistán lo confirmaron después. En todos esos conflictos, Estados Unidos obtuvo una superioridad táctica prácticamente indiscutible. Ganó la mayoría de las batallas, destruyó las principales fuerzas convencionales del enemigo y ocupó el territorio. Sin embargo, no consiguió consolidar un orden político estable que respondiera a los objetivos perseguidos al iniciar la guerra.

Irán aprendió cuidadosamente esas lecciones, porque nunca intentó competir simétricamente con EEUU. Comprendió que hacerlo equivaldría al suicidio militar. En cambio, desarrolló durante décadas una estrategia orientada no a vencer a Washington en el campo de batalla, sino a impedir que éste pudiera obtener una victoria decisiva.

Su principal ventaja no son sus aviones, sus blindados o sus misiles. Es su geografía.

Con casi un millón seiscientos mil kilómetros cuadrados de superficie, extensas cadenas montañosas, instalaciones subterráneas, una población cercana a los noventa millones de habitantes y una profunda tradición estatal, Irán constituye un escenario radicalmente distinto al de las campañas desarrolladas por EEUU en las últimas décadas. Su profundidad estratégica dificulta la destrucción completa de sus capacidades militares y permite absorber golpes que resultarían devastadores para otros Estados de la región.

A ello se suma una doctrina militar basada en la dispersión, la movilidad y la resiliencia. Misiles balísticos, drones de largo alcance, guerra electrónica, operaciones cibernéticas, fuerzas navales ligeras y una compleja red de infraestructura endurecida conforman un sistema pensado para sobrevivir a la primera ofensiva y prolongar el conflicto. El objetivo no es derrotar militarmente a Estados Unidos, sino elevar progresivamente el costo de su intervención hasta volver políticamente inconveniente su continuidad.

En esa ecuación aparece un factor decisivo: Israel.

ARCHIVO- Una bandera estadounidense vista a través de un agujero abierto en una bandera nacional de Israel mientras ambas ondean en el viento en un criadero de caballos, cerca de la ciudad de Sderot, en el sur de Israel, el viernes 20 de noviembre de 2020. (AP Foto/Oded Balilty, Archivo)

La seguridad del Estado israelí constituye uno de los intereses estratégicos permanentes de Washington en Medio Oriente. Ello significa que EEUU no sólo debe administrar su propio esfuerzo militar; también garantizar que su principal aliado regional conserve capacidad de disuasión y superioridad estratégica.

Israel posee fuerzas armadas extraordinariamente eficientes, pero también una vulnerabilidad estructural que condiciona toda su doctrina. Carece de profundidad estratégica. Sus principales centros urbanos, industriales, tecnológicos y logísticos se encuentran concentrados en un territorio reducido y al alcance del arsenal misilístico iraní. Cada campaña prolongada implica movilizaciones masivas, fuertes costos económicos y una creciente presión sobre su sistema de defensa antimisiles.

Una guerra prolongada consume capacidades militares de alta demanda y obliga a distribuir recursos cuya disponibilidad no es ilimitada

Irán ha comprendido perfectamente esa realidad. No necesita destruir militarmente a Israel. Le basta con prolongar la guerra, saturar sus defensas, afectar su economía y obligar a EEUU a incrementar de modo indefinido su compromiso político y militar.

La consecuencia es una inversión de la lógica clásica del poder. Cuanto mayor sea la implicación estadounidense para sostener a su aliado, mayores serán también los recursos financieros, militares y diplomáticos que deberá destinar a un conflicto regional, reduciendo simultáneamente su margen de maniobra en otros escenarios estratégicos como el Indo-Pacífico, donde China representa el principal desafío de largo plazo para la primacía norteamericana.

Éste es, probablemente, el aspecto menos comprendido del conflicto.

EEUU no enfrenta únicamente a Irán. También administra el equilibrio de todo su sistema de alianzas. Una guerra prolongada afecta la credibilidad de su liderazgo regional, consume capacidades militares de alta demanda y obliga a distribuir recursos cuya disponibilidad no es ilimitada.

Destruir no siempre equivale a vencer

¿Podría EEUU invadir Irán? Desde una perspectiva militar, probablemente sí.

¿Podría ocuparlo, estabilizarlo, controlar un territorio de dimensiones continentales, reorganizar su sistema político y retirarse dejando un gobierno plenamente funcional y alineado con Occidente? La experiencia acumulada durante las últimas tres décadas invita, por decir lo menos, a la prudencia.

Allí reside la verdadera paradoja del poder estadounidense.

Su capacidad para destruir objetivos militares continúa siendo incomparable. Pero destruir no siempre equivale a vencer. La guerra contemporánea ya no enfrenta únicamente ejércitos; enfrenta voluntades políticas, resistencia social, capacidad de adaptación y tiempo estratégico.

La guerra entre EEUU e Irán probablemente no redefina quién posee el mayor poder militar del mundo; eso está fuera de discusión. Pero puede redefinir cómo se mide ese poder en el siglo XXI.

La verdadera superioridad estratégica ya no consiste en destruir al adversario, sino en alcanzar los objetivos políticos sin quedar atrapado en una guerra cuyo costo termine debilitando al vencedor más que al vencido. Esa es la paradoja que hoy enfrenta Washington.

Quizás radique allí la principal lección estratégica que dejará este conflicto para las próximas décadas.

Tte. Gral. (R), exjefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas

​La superioridad tecnológica puede ganar batallas pero no siempre alcanza para imponer una solución política; en el siglo XXI, la guerra ya no se decide únicamente por la capacidad de destruir al enemigo  

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