MIAMI (enviado especial).- “Take me home, country roads”, dice el pegadizo estribillo de John Denver. La canción se transformó en el himno de la selección de los Estados Unidos en los festejos durante el Mundial. La melodía sonó en el estadio de San Francisco, minutos después del trabajoso triunfo de los norteamericanos contra Bosnia por 2-0 que los clasificó a los octavos de final, donde se ahora medirán con Bélgica.
Entre el puñado de camisetas rojas y blancas estaba el hombre del conjunto azul marca Hugo Boss, con la remera blanca debajo de la camisa y los lentes colgados del cuello redondo. Mauricio Pochettino, el argentino nacido en la localidad santafesina de Murphy, hace creer en los milagros a millones de estadounidenses que sueñan con llegar más lejos que nunca en el segundo Mundial que organizan en casa.
El pase de ronda se consumó bajo el sol californiano y desató la euforia en un país que está presenciando el crecimiento de un deporte como nunca antes. Tras finalizar el encuentro en el Bay Area de San Francisco, la televisión mostró imágenes de los fans fest colmados de camisetas blancas y rojas en distintos puntos del país, desde Los Ángeles a Kansas City, desde Atlanta a San Diego.
En el país donde el fútbol americano, el básquet y el béisbol son los reyes indiscutidos, el soccer empezó a asomar tímidamente en los 70, con la llegada del rey Pelé al Cosmos de Nueva York. Hubo un segundo intento para lograr que el deporte más popular del mundo penetre en una audiencia esquiva: el Mundial de 1994 y el lanzamiento, dos años después, de la Major League Soccer.
Desde entonces el fútbol en los Estados Unidos va en aumento. La selección participó en doce citas mundialistas. Su mejor ubicación fue en blanco y negro, con un tercer puesto en el Mundial del 30 celebrado en Uruguay.

En la era moderna, la selección llegó a cuartos de final en 2002 y desde entonces no pudo superar los octavos de final, instancia a la que llegó ahora de la mano del argentino Pochettino. En el aire se respira que esta vez la selección está para grandes cosas. Y no solo eso, se transformó en un verdadero fenómeno de masas.
Noche de fútbol
En el barrio de Winwood, rodeado de galerías de arte y cerca del down town de Miami, el bar Grails estaba repleto desde antes de las 20, horario de comienzo de EE.UU.-Bosnia y Herzegovina. Camisetas de la selección estadounidense, sombreros y mucho ambiente mundialista. Alitas de pollo, hamburguesas, nachos y tacos acompañados por jarras de cerveza llegaban a las mesas para ver en acción a la selección.

Más pendientes de sus propias conversaciones que de las jugadas que transmitía la tele, las decenas de pantallas dispuestas en el salón y del enorme patio techado mostraban el trabajoso partido de los locales ante Bosnia y Herzegovina.
En este Mundial, los estadounidenses se juntan en bares, plazas y parques para seguir a su selección. Pero aquí no hay nada de discusiones de tácticas o cantos de apoyo si al equipo no le salen bien las cosas. Más bien la mayoría del público reacciona a jugadas de peligro, a las faltas, con insultos al árbitro, y claro, a los goles.
En este bar, la primera gran reacción del público llegó con el zurdazo de Balogun en el último suspiro del primer tiempo que marcó la ventaja para los locales. “¡U-S-A! ¡U-S-A! ¡U-S-A!”, tronó tras el 1-0. Mangueras de humo, gritos y saltos de la silla para festejar la apertura del goleador.

La euforia duró un minuto. De nuevo, todos a sus lugares para seguir con sus charlas más allá del fútbol. Como ocurre en los estadios de este país, en el bar lo mejor llega en el show del entretiempo. Más pistolas de humo, luces y carteles, banderas norteamericanas y competencia de tragos sobre el escenario. Disfraces, sombreros y todos a bailar. Nadie comenta lo difícil que se le puso al equipo quebrar la resistencia de la modesta selección europea.
Entre varias porciones de alitas y nachos, dos mexicanos llegados desde San Francisco festejaron el triunfo parcial. Viajaron para ver el partido del viernes entre Argentina y Cabo Verde. Aseguraron que el público estadounidense aprendió en los últimos años un poco más de fútbol y dieron su pronóstico sobre el partido del viernes en Miami: “Queremos que gane Messi pero no Argentina”.
Con el comienzo del segundo tiempo todos volvieron a sus mesas. La cerveza siguió corriendo y la atención sobre el partido volvió por un gol anulado a los locales por offside. Sin entender mucho la regla de la posición adelantada, los insultos al árbitro se hicieron sentir. También cuando el goleador Balogun fue expulsado. El bar estalló cuando Pulisic, la figura del equipo, fue reemplazado sobre el final. “Ten minutes, shit”, se escuchó maldecir a otro hincha con sombrero texano.
La fiesta se desató cuando Tillman marcó de tiro libre el 2-0 y sentenció el pase de ronda. Alivio, clasificación y festejo. El bar a esta altura era más un boliche. La música electrónica volvió a sonar por encima de la transmisión. Más cerveza en jarras. Pitazo final, pase a octavos de final. Por un par de minutos explotó otra vez “¡U-S-A! ¡U-S-A! ¡U-S-A!”.
Entonces de nuevo las mangueras de humo y dos temas que se cantan a coro por un bar colmado. “Born in the USA”, el hit de Bruce Springsteen, y el “Take me home, country roads”, que a esa misma altura sonaba en el estadio de Seattle con Pochettino y sus jugadores cantando con el público en las tribunas.
En crecimiento
Miles de hinchas llegaron en caravana hacia la zona del área de la bahía de San Francisco, donde el miércoles por la tarde Estados Unidos obtuvo su pase a los octavos de final del Mundial 2026. Una marea de camisetas, banderas y humo rojo y azul acompañó a los fanáticos que cada vez se sienten más cerca de un deporte que antes miraban con desdén y lo consideraban sin grandes emociones. Por la cadena Fox, las estrellas del Mundial de 1994, Landon Donovan y Alexis Lalas, realzaron la tarea de los jugadores y especialmente del DT argentino.

Donovan, talentoso número 10 y la figura más importante del fútbol norteamericano, destacó cómo cambió la percepción para los estadounidenses y cómo se ganaron un lugar en el mundo. “Ha cambiado mucho con el tiempo. Cuando tenía 17 años me mudé a Alemania y allí no había ningún referente del fútbol estadounidense, así que creo que muchos de nosotros hemos trabajado muy duro para allanar el camino y conseguir que la gente respete el fútbol estadounidense”. Y sobre el crecimiento, sostuvo: “El fútbol no se parece a ningún otro deporte y es mucho más popular que nunca”.
Los locales pasaron a octavos de final y se ilusionan; cómo viven los norteamericanos la fiesta de un deporte que les era ajeno y se convirtió en un fenómeno multitudinario

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