Tiempo de Mundial, es todo lo que precisamos los argentinos para ser felices. Y mucho más después del tricampeonato, la Scaloneta y el último mundial que va a jugar Lionel Messi (aunque esto no podemos asegurarlo).
Hombres, mujeres, niños y niñas esperando con ilusión. Con ansias, con la esperanza de volver a vivir algo parecido a Qatar. Once jugadores en la cancha, un país fuera de ella. Los sueños, la alegría, el alma de nuestro pueblo. Y en cada mundial toda la magia, la mística y la industria que mueve este evento a nivel mundial.
La pelota no empezó a rodar pero ya está en la calle el álbum del mundial, la colección de figuritas. Y el país habla de eso. Así somos, y es hermoso que suceda.
La colección de figuritas del mundial puede ser oportunidad o fiel y triste reflejo de esta época.Y sobre esto quiero escribir hoy.
Del síndrome del álbum lleno a la oportunidad
En 2019 escribí sobre el “síndrome de álbum lleno”: radiografía colectiva que aparece cada vez que sale un álbum del mundial y que transforma algo pensado para jugar en una carrera frenética por completarlo lo antes posible.
Padres y madres gestionando, oficiando de productores y recorriendo kioscos como si fueran brokers financieros, grupos de WhatsApp organizando intercambios con precisión quirúrgica y chicos que, muchas veces, terminan siendo más espectadores que protagonistas de su propio juego.
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En aquel momento, el foco estaba puesto en el apuro, en la lógica adulta de resolver rápido, evitar frustraciones y convertir el álbum en una meta de eficiencia. “Que lo llene rápido así no sufre”.
Queremos que nuestros hijos sean felices, y en la construcción de la felicidad también está la construcción del umbral de frustración.
Por eso hoy hoy quiero mirar y pensar la otra cara de coleccionar figuritas. Y quiero pedir, como en la música “que vuelvan los lentos”, aquí quiero suplicar, inducir, y ayudar a que vuelvan la tapadita, el chupi y los juegos en los recreos.
Pero para eso hace falta que los adultos dejen lugar a los niños. A que sean niños. Que peguen las figus torcidas sino les sale derecho y prolijito. Soportar la impotencia de verlos frustrarse si les toca un paquete de repetidas y no salir al mercado paralelo a compensar de alguna forma.
Porque, más allá de los excesos, hay algo profundamente valioso en coleccionar, intercambiar y esperar.
Escuela emocional
Y tal vez por eso las figuritas sobreviven generación tras generación. Porque no son solamente papelitos con jugadores. Son una pequeña escuela emocional.
Las figuritas trabajan sobre uno de los mecanismos más importantes del desarrollo humano: la anticipación. El chico espera el sobre. Imagina qué puede tocarle. Fantasea con la difícil, con la brillante, con la que le falta para cerrar una página. Y mientras espera, aprende (si los adultos lo permiten) algo fundamental: que entre el deseo y la satisfacción existe un tiempo.
En una época dominada por la inmediatez, donde casi todo sucede con un clic y la espera parece haberse vuelto intolerable, las figuritas vuelven a introducir una experiencia cada vez más escasa: la construcción del deseo, a fuego lento y paquete tras paquete.
Y en ese recorrido pasan muchas cosas.
Abrir un paquete y encontrar cuatro repetidas no es un trauma, dice Schujman. Foto EFE/ Carlos OrtegaLa memoria entra en acción de manera permanente. Los chicos recuerdan cuáles les faltan, cuáles tienen repetidas, qué jugadores ya salieron, qué páginas están más avanzadas.
Organizan información, clasifican, comparan, registran patrones. Lo hacen jugando, sin sentir que están ejercitando funciones cognitivas complejas.
Hay algo casi artesanal en ese proceso mental. Revisar el álbum una y otra vez. Memorizar números. Reconocer equipos. Detectar rápidamente una repetida apenas se abre el sobre. Todo eso implica atención, registro y entrenamiento cognitivo.
Y justamente por eso quizás el aprendizaje más importante tenga que ver con la frustración.
Porque abrir un paquete y encontrar cuatro repetidas no es un trauma. Es una experiencia emocional pequeña, cotidiana y necesaria. Una oportunidad para aprender que no siempre aparece lo que uno quiere. Que a veces hay que esperar. Que completar algo lleva tiempo. Que el deseo no se satisface automáticamente. Que el dolor es la distancia inevitable entre lo ideal y lo posible.
El lado B del álbum
Por otra parte, ¿qué sentido tiene completar el álbum en un santiamén?
Como padre, me he descubierto en el parque Rivadavia de la Ciudad de Buenos Aires, con mi hijo de 8 años, intentando conseguir la figurita de Cristiano Ronaldo un domingo a las 9 de la mañana. Éramos todos padres y madres, mi hijo dormía calentito en la cama.
Llovía, hacía mucho frío, y éramos unos veinte grandulones alrededor de la fuente del parque con listados de las figus que les faltaban a nuestros hijos.
La de Cristiano no aparecía y a mi derecha una madre buscaba la misma que yo. Nos mirábamos de reojo, con disimulo y sabiendo que estamos compartiendo una misma misión. Y lo digo con vergüenza. En el momento que entendí mi tensión tuve una epifanía y entendí todo.
Llovía, tenía un paraguas dado vuelta, un Excel hecho a mano y en ese momento, toda mi vergüenza. Ahí entendí todo y me pregunté: “¿Que hago acá?”
Cambio de figuritas en el Parque Rivadavia. Foto Rolando Andrade Stracuzzi/Archivo Clarín.Estaba reproduciendo el mismo mecanismo que el fabricante de figuritas (que ofrecía en aquel momento el servicio de álbum lleno garantizado), le estaba allanando el no sufrir, el que nada le pase: “Papá va a estar acá hasta para que completes tu álbum de la Champions League”.
Le estaba regalando un sobre-empacho de confort. Allá los fabricantes de figuritas, allá los publicistas. No repitamos los padres este mecanismo que poca ayuda a que nuestros hijos crezcan.
Los chicos de hoy no se aburren, y somos responsables por ello. Y de la misma manera en estos tiempos en que taponamos todos los vacíos, les completamos todos los álbumes de “cromos”, hacemos sus deberes del colegio, hablamos en lugar de ellos…
Los sobreprotegemos en la vida real, los desamparamos en la virtual. Y así estamos.
Dejemos a nuestros niños en libertad, y una vez más, cerca para cuidarlos, lejos para no asfixiarlos.
En ese intento de protegerlos del malestar, a veces también los privamos de la parte más rica de la experiencia.
Porque el verdadero valor del álbum no está solamente en verlo lleno. Está en construir la paciencia necesaria para llenarlo.
Hay algo muy importante en que falten figuritas. En buscar. En esperar. En cambiar. En insistir. En tolerar la incompletud por un tiempo. Porque la vida adulta también funciona bastante así: casi nada de lo significativo aparece de inmediato.
Un pequeño laboratorio ético
Y además está el otro gran aprendizaje: el vínculo con los demás. Las figuritas siempre fueron una excusa para encontrarse. En el recreo, en la plaza, en la vereda, en la puerta del colegio. El famoso “¿cuál te falta?” era mucho más que una pregunta logística. Era una forma de acercarse al otro.
El intercambio enseña negociación, reciprocidad y socialización. “Te doy esta por aquella” es uno de los primeros acercamientos que tienen muchos chicos a la idea de que el otro posee algo que yo necesito y de que los vínculos implican acuerdos, renuncias y reciprocidad.
También enseña justicia. Hay códigos implícitos. No vale aprovecharse del que sabe menos. No vale engañar. Las figuritas, aunque parezca exagerado decirlo, son también un pequeño laboratorio ético.
Y ojalá pudiéramos recuperar más de ese espíritu.
Que vuelvan la tapadita, el espejito, el punto y revoleo. Que vuelvan las rondas de chicos jugando en el piso. Que las figuritas vuelvan a circular entre chicos y no solamente entre adultos obsesionados con precios, paquetes cerrados y grupos de compra.
Porque cuando el álbum deja de ser un juego y se transforma en un problema económico, logístico o emocional para toda la familia, algo importante se pierde.
La importancia del proceso
Las redes sociales también cambiaron la lógica del coleccionismo. Hoy muchas veces el objetivo parece ser mostrar el álbum terminado más que disfrutar el recorrido. Como si la experiencia valiera solamente por el resultado final.
Y, sin embargo, casi todos los que recuerdan con cariño las figuritas de su infancia no recuerdan el día que completaron el álbum. Recuerdan los recreos, los intercambios, las repetidas, las trampas en la tapadita, las discusiones por el espejito, la emoción de abrir un sobre. Recuerdan el proceso.
Un álbum lleno en dos días puede ser una satisfacción instantánea. Un álbum construido lentamente puede convertirse en una experiencia formativa.
Y quizás por eso las figuritas sobreviven a todas las épocas, incluso a las pantallas, a los videojuegos y a TikTok. Porque detrás del juego hay algo profundamente humano: desear, esperar, frustrarse, compartir, negociar, insistir y finalmente completar algo propio.
Tal vez el desafío sea simplemente ese: devolverles a las figuritas su condición de juego.
Que los chicos vuelvan a jugar y que los adultos podamos acompañar sin apropiarnos de la experiencia. Que el álbum vuelva a ser una aventura y no una competencia de velocidad. Que haya tiempo para las repetidas, para los cambios y para la alegría simple de abrir un sobre sin saber qué va a venir.
Porque, al final, las mejores figuritas de la infancia nunca fueron solamente las difíciles. Fueron los momentos que construimos alrededor de ellas.
Que vuelvan los lentos, la tapadita, los álbumes que quizás no estén completos, ¡pero cuantos momentos nos regalaron!
Guardo una cajita de metal con figuritas de mi época. Jamás complete un álbum, había figuritas difíciles y no había fabricante ni padres que las consiguieran. Pero guardo recuerdos hermosos de esos tiempos.
Y mi hijo Santi ¿saben cuál es el único álbum que a sus 25 años aun conserva? ¿Adivinaron? El que no completó…
Que sean muy felices los niños coleccionando figus. Que jueguen, que sueñen, que sean niños. Y que los padres y madres respiren hondo y dejen que “sea lo que sea”. Se los digo yo con 40 años de psicólogo , 32 de padre, varios libros escritos y todavía aprendiendo.
¡Late, nola y piedra libre para todos mis compañeros!
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