Dos Bolivias emergen de la crisis que estruja nuevamente al país andino. Una involucra a un pueblo exhausto que le ha puesto el cuerpo a un derrumbe económico y social que lo tiene en el blanco desde hace años, y que ahora se agudiza en el gobierno apenas llegado del centrista Rodrigo Paz, obligado a ordenar el desastre con los costos que implica operar en medio de las ruinas. La otra Bolivia es el escenario de un interminable simulador, Evo Morales, que hace que es socialista, trata a su país con criterio feudal y opera con un golpismo inclemente utilizando como arma la calamidad social de esa población que contribuyó a empobrecer.

Las principales ciudades de Bolivia, La Paz entre ellas, están sitiadas por piquetes de gente furiosa contra un sistema que, antes y después, percibe que la ignora. Morales opera sobre ese disgusto. El anterior gobierno de Luis Arce también fue blanco del golpismo de Evo, al costo de fulminar al partido oficialista, el MAS, porque el mandatario no le avaló una candidatura presidencial prohibida por la justicia, que además lo mantiene inhabilitado.

Arce, antiguo aliado y luego enemigo de Evo, es también una de las causas de la crisis actual. En una típica maniobra populista de eso que el sociólogo argentino Guillermo O’Donnell llamó “democracia delegativa” o “plebiscitaria”, buscó garantizar el apoyo para una eventual reelección con un reguero de subsidios, en particular a los combustibles.

Pero, con la caída que el país arrastraba de la producción interna de gas y de petróleo por la ausencia clave de inversiones, el Estado debió comenzar a importarlos en volúmenes crecientes pagando lo que valen en el mercado mundial, y revendiéndolos a precio de changa. En un país con un PBI de apenas US$ 55 mil millones anuales, en 2023 el gasto ejecutado por las subvenciones superó al presupuesto original y alcanzó los 1.822 millones de dólares, un 4% del PBI. Un año después, la cifra creció a US$ 2.381 millones, y solo para diesel y naftas.

En 2025, año de las elecciones nacionales, la presión continuó en ascenso. Cifras de organismos como la Fundación Jubileo constataron que el monto flotaba sobre los US$2.000 millones. Pero el costo de las importación rozó los US$ 3.000 millones. Por supuesto, no había suficiente combustible para los consumidores, obligados a colas de días en las estaciones de servicio, y tampoco dólares en el mercado.

Imagen del 16 de mayo de 2026 de policías participando en un enfrentamiento con manifestantes que exigen la renuncia del presidente boliviano, Rodrigo Paz, en la ciudad de El Alto. Foto Xinhua

Paz, un economista hijo de un presidente importante de Bolivia, Jaime Paz Zamora, se impuso en esos comicios con el 54% de los votos sobre la derecha dura de Jorge “Tuto” Quiroga, que reunía el 45%. Pero el dato más elocuente provino de la primera vuelta de agosto, en la cual el dirigente sorprendió saltando al primer lugar desde el tercero que le reservaban las siempre fallidas encuestas. Ahí el MAS de Morales quedó fuera de juego con apenas el 3,2% del voto, fracaso diluido, según el expresidente cocalero, por un caudal de sufragios en blanco.

La disparada del costo del combustible

Lo cierto es que esos números describían el agotamiento de la población y la necesidad de un cambio radical que pusiera orden después de 20 años de control político y maniobras del MAS. Pero no fue un camino sencillo. Paz, al eliminar los subsidios, disparó un efecto arrasador. Las naftas aumentaron 86,1% y el gasoil, central para el transporte, 163,4%.

La inflación, en tanto, bajó del 25% al 14% y el dólar de 20 a 11 bolivianos, pero esos números positivos, comparados con los otros son abstracciones en la base de la pirámide. El resultado es que la misma gente que venía de sufrir angustias durante el gobierno de Arce, y desde mucho antes, se encontró de nuevo en un callejón, además con una importación de combustible por parte del nuevo gobierno defectuosa que arruinó autos y camiones.

En estas horas complicadas se le achaca al presidente no atreverse a ir a fondo y, en cambio, “buscando quedar bien con todos”, como señala Javier Paz García en El Deber. Este economista reprocha que las tres fuerzas anti-Morales tienen el 90% de representación parlamentaria, pero no acuerdan. “Un poder legislativo en manos de quienes fueran oposición al MAS está trabado como si el MAS tuviera el 50%, y tenemos cosas inexplicables como un Tuto por momentos apoyando a Lara”. Alude al vicepresidente, Edmand Lara, ex policía y abogado de discurso oportunista que desde su jura se lanzó a debilitar al mandatario tratándolo de “cínico, mentiroso y corrupto”.

La síntesis es que Paz está encerrado: si no avanza, la situación se agrava, y si lo hace, intensifica estas contradicciones. Negocia con el FMI un préstamo de 3 mil millones de dólares, pero el organismo propone ajustes que el país difícilmente puede cumplir. El tamaño de la crisis se observa en que la policía y el ejército no logran barrer con los piquetes y liberar las rutas o arrestar a Evo. Ese es el pantano donde ahora chapalea Morales para reclamar el derrocamiento de Paz, lo que llevaría al poder al inexplicable Lara.

El líder cocalero, que nació en una aldea aymara y creció en el Chapare quechua (aunque no sabemos si habla alguno de esos idiomas), se apoya en una historia con verdades y mentiras para reclamar centralidad. Durante casi 15 años (entre 2006 y 2019), con Arce como ministro de Economía, combinó vientos internacionales a favor con una fuerte intervención estatal.

El presidente boliviano Rodrigo Paz. Foto AP

En 2006, con la nacionalización de los hidrocarburos, el Estado retuvo el 82% del ingreso por la explotación de gas. Esto llenó las arcas fiscales. Con esos fondos, el gobierno financió bonos sociales, obras públicas, subsidió el combustible para mantener la inflación baja y acumuló un nivel récord de reservas. Pero Evo trató a los campos de gas al nivel de una fuente inagotable de dinero y, como en el chavismo venezolano que admira, evitó reinvertir para sostener el negocio.

Al mismo tiempo, impuso duras condiciones fiscales a las empresas extranjeras y centralizó todo en la estatal YPFB, que carecía de la capacidad técnica suficiente. Las inversiones privadas en exploración se paralizaron y los pozos descubiertos en los años ‘90 y 2000 se agotaron. Sin nuevos megacampos, la producción comenzó a desplomarse a partir de 2014-2015. Ese colapso canceló mercados importantes, entre ellos Brasil y Argentina, que observaron cómo el proveedor incumplía los contratos y finalmente lo descartaron. Bolivia rifó así su lugar de corazón energético de Sudamérica para constituirse en un actor secundario.

El golpe que no existió

Para intentar equilibrar las cuentas, Evo corrió la frontera agropecuaria en beneficio de la soja y el ganado, atropellando a los pobladores indígenas originales. E incluso, en el acuerdo “Sembrando Bolivia 2015” con los empresarios del negocio agroganadero, su gobierno dio luz verde al uso de glifosato para aumentar los rendimientos. Simulaciones.

El quebranto explica que en 2016 la gente votara en un referéndum en contra de que Morales se presentara a un cuarto mandato en 2019. Legalmente no podía hacerlo, además. Cuando llegó por primera vez al poder en 2006 cambió la Constitución, habilitando un segundo mandato. Hizo tres. El truco fue que el primer turno fue descartado de la cuenta porque quedó antes de la reforma constitucional.

En su tercer mandato hizo la consulta para intentar esquivar su propia carta magna. Pero la gente, con la economía en caída, le dio un portazo. Morales ignoró ese fallo y volvió a presentarse en octubre de 2019. Como los votos no le alcanzaban para evitar la segunda vuelta, apagó el sistema de conteo y, cuando lo reanudó, tenía los sufragios suficientes.

La OEA, comandada entonces por el ex canciller de Pepe Mujica, el uruguayo Luis Almagro (el único diplomático que avaló que Morales volviera a presentarse), acabó denunciando el fraude. Hubo un levantamiento popular contra Evo. La Central Obrera Boliviana, que ahora encabeza parte de las protestas contra Paz, le sugirió a Morales que renuncie y se vaya. Se refugió en México y ahí creó la fábula de un golpe en su contra que nunca existió. Más simulaciones.

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