Un cable negro que serpenteaba entre los pastizales llamó la atención de Carlos Primo, oficial del Comando Radioeléctrico de Córdoba que realizaba una revisión de rutina dentro de las instalaciones del Tercer Cuerpo del Ejército. Poco más tarde, ese mismo día, lunes 19 de mayo de 1986, el presidente Raúl Alfonsín visitaría esa guarnición militar.
Primo siguió el recorrido del cable y descubrió que se introducía en una alcantarilla. Levantó la tapa metálica y encontró un artefacto extraño semienterrado. Lo observó y, sin dudas, le gritó al policía que lo acompañaba: “¡Es una bomba!“.
En efecto, en el lugar por donde poco más tarde pasaría la comitiva presidencial, alguien había colocado un proyectil con 2,5 kilos de TNT dentro y con dos panes de trotyl de 450 gramos cada uno adosados. Días después, cuando los investigadores hicieron estallar el artefacto, una cosa quedó clara: el explosivo estaba destinado a matar al presidente Alfonsín.
Así, el intento de magnicidio había sido frustrado.
Un mayo violento
Mayo de 1986 había sido un mes inusitadamente violento en la Argentina. Tres días antes de la visita de Alfonsín a Córdoba, el viernes 16, fueron colocadas bombas en nueve comités radicales de la ciudad de Buenos Aires y otros partidos cercanos. Ocho de ellas explotaron en la madrugada. La novena pudo ser desactivada.
El resultado fue contundente: los ocho locales (todos radicales, el partido al que pertenecía el propio Alfonsín) quedaron destrozados y una niña de 14 años resultó herida.
Los analistas políticos vieron en la bomba de Córdoba por la visita Alfonsín una cierta continuidad de atentados contra la democracia.
Es difícil separar este reguero de violencia del contexto de la época. El presidente radical, que cursaba su tercer año en el sillón de Rivadavia, había impulsado y puesto en marcha el histórico juicio contra las juntas militares. De este modo, los cabecillas de la dictadura, encontrados culpables de crímenes de lesa humanidad en el ejercicio del terrorismo de estado, terminaron en prisión. Esto fue en diciembre de 1985.
César ‘Chacho’ Jarovslasky, diputado de la UCR y muy cercano a Alfonsín, fue contundente al hablar de las bombas en los comités: “Son grupos fachos de extema derecha con muy presumibles conexiones con el gobierno dictatorial que la democracia desalojó en 1983″.

El descubrimiento de la bomba
En este clima, entonces, de un país con sectores que no querían adaptarse a la democracia, es que Alfonsín visitó el Tercer Cuerpo del Ejército en Córdoba, ubicado a unos 8 kilómetros al noroeste de la capital provincial, de camino a la localidad de La Calera.
Fue mientras que el mandatario nacido en Chascomús volaba hacia la ciudad Mediterránea que los oficiales del Comando Radioelécrico cordobés inspeccionaban distintos lugares de la guarnición.
La reconstrucción del hecho que hizo luego la Justicia dio cuenta de que el explosivo fue hallado en la alcantarilla de un camino lateral del Tercer Cuerpo que une la plaza de aparatos de la IV Brigada de Infantería Aerotransportada con la torre de control de lanzamientos de esta brigada, conocida internamente como “la Mezquita”. Un lugar por donde se suponía que pasarían los vehículos de la comitiva del presidente.

Lo curioso es que agentes del citado comando habían rastrillado esa zona previamente, en tres oportunidades, y no encontraron nada extraño. Fue a las 8.40, 9.20 y 9.35. Recién en la cuarta inspección, a las 9.50, el oficial principal Primo dio con el cable negro que lo llevó al explosivo.
En la reconstrucción de los hechos ordenada por Miguel Rodríguez Villafañe, juez federal de Córdoba, a cargo de la causa, se supo que, en rigor, el policía descendió del patrullero obligado por una necesidad fisiológica. Así, prácticamente por casualidad, halló el explosivo y lo comunicó a su compañero, el cabo Hugo Velázquez.
Inmediatamente después, los dos policías llamaron a la Brigada Antiexplosivos para desactivar el aparato.
“Fue encontrado un artefacto explosivo”
A los periodistas que cubrieron la visita presidencial se les retaceó la información. Mientras Alfonsín recorrió la guarnición, apenas se enteraron de algunos trascendidos. Recién fue por la noche que el Ministerio de Defensa de la Nación emitió un comunicado donde confirmaba las sospechas.
“Durante la visita efectuada en el día de la fecha por el presidente de la Nación a la Guarnición Militar de Córdoba, fue encontrado un artefacto explosivo cuyo poder es motivo de análisis”, decía el comunicado de la cartera dirigido entonces por el ministro José Horacio Jaunarena.

Pese a haber sido alertado del descubrimiento de un explosivo, Raúl Alfonsín no dio el brazo a torcer y realizó su visita al cuartel tal como la tenía planeada. Estuvo en ese establecimiento militar por unas seis horas: presenció ejercicios de tiro, abordó un avión Hércules 130 desde el que observó saltos de paracaidistas y disparó un cañón de 155 milímetros de fabricación nacional, con el que apuntó a un blanco ubicado a ocho kilómetros de distancia.
Antes de despedirse del lugar, el presidente se reunió con los oficiales del Tercer Cuerpo, a quienes dio un discurso en el que no esquivó hablar sobre la actualidad del Ejército. El mandatario afirmó: “Me siento acompañado por las Fuerzas Armadas, lo que no implica que , como en cualquier otra institución, no haya hombres que no estén de acuerdo en seguir el camino de la democracia. Pero no nos preocupa, pues sabemos que son una ínfima minoría”.
La sombra de Menéndez
En este sentido hay que decir también que, en el momento de la visita de Alfonsín a Córdoba, se encontraba en prisión y en espera de su juicio por sus crímenes en la dictadura Luciano Benjamín Menéndez.
Este general había sido uno de los hombres fuertes del proceso militar en Córdoba. Estuvo a cargo del Tercer Cuerpo del Ejército de esta provincia entre 1975 y 1979, período que incluyó los años más oscuros del gobierno de facto. Algunos analistas políticos de la época no dudaron en relacionar el atentado a personajes vinculados con lo que llamaron el “menendismo”.

Ese mismo lunes 19, mientras la prensa se alarmaba con la noticia del atentado y la policía confirmaba que el artefacto estaba armado con la vaina de un obús cargada por 2,5 kilos de TNT y con dos panes de trotil adheridos, una persona importante del gobierno desestimaba la gravedad del caso.
Se trataba del general Héctor Ríos Ereñú, jefe del Estado Mayor General del Ejército, quien señaló: “Yo no calificaría de atentado el hallazgo de material explosivo de características aún en análisis”. Y luego desestimó que el explosivo hubiese provocado “algún mayor grado de riesgo”, porque apareció “en medio del campo” y “lejos” del casino de oficiales.
Sin embargo la reconstrucción del hecho y la explosión del dispositivo, pondrían en duda las palabras del Jefe del Ejército.
La explosión
El estallido del artefacto se produjo el 26 de mayo. Allí se precisó que la bomba se había encontrado a unos 104 metros del lugar donde Alfonsín activó el cañón de fabricación nacional y a unos 681 metros de “La Mezquita”, donde el mandatario se dirigió después.
La alcantarilla con el explosivo estaba a la vera del camino que unía el primer lugar de la guarnición con el segundo. Es decir, el auto del presidente pasaría, en algún momento, muy cerca de la bomba.
La duda que plantearon los investigadores entonces era en qué momento pensaban los atacantes estallar el dispositivo, si cuando pasara por allí el presidente, para matarlo o cuando estuviera más lejos, para amedrentarlo. También se preguntaron cómo lo iban a detonar, ya que el artefacto no contaba con un “explosor” o “detonador” al momento de ser hallado.

Lo que sí pudo descubrirse el día de la reconstrucción fue que la bomba tenía una fuerza considerable. A las 15.42, y a 1300 metros del lugar donde fue hallada, el explosivo se detonó. Sin tener un poder devastador, el resultado de la explosión fue impactante.
La explosión creó un cráter de un metro de diámetro por 15 centímetros de profundidad. Alrededor del dispositivo se pusieron distintos “señuelos” -algunos con forma humana- para medir la intensidad de la onda expansiva. El resultado fue descripto en un artículo de LA NACION: “Una de esas figuras -a unos 15 metros- recibió algunos impactos de equirlas, un lienzo -a unos 45 metros- mostró una perforación y otro -a unos 20 metros- experimentó la quebradura de uno de sus sostenes de madera”.
De este modo, informaba el diario, se confirmó la tesis policial de que el artefacto buscaba acabar la vida de Alfonsín.
Sin culpables pero con un pase a retiro
La bomba colocada en Córdoba no mató a nadie pero su onda expansiva simbólica tuvo consecuencias. El mismo día en el que se realizó la reconstrucción del hecho, el comandante del Tercer Cuerpo del Ejército, general Aníbal Ignacio Verdura, solicitó su pase a retiro, que fue aceptado por el presidente Alfonsín.
“Esto tiene mal olor porque hay cosas que no están muy claras”, dijo el militar al momento de presentar su retiro. A su vez, despegó a él y a sus hombres del atentado: “Sé que no me voy a quemar las manos y que ninguno de mis subalternos ha sido capaz de tener una actitud de este tipo”.
En 2014, Verdura fue condenado por crímenes cometidos durante la última dictadura militar. Se le impuso la pena de prisión perpetua por delitos de privación ilegítima de la libertad, tormentos y homicidio calificado.
La investigación de Rodríguez Villafañe no llegó a puerto y el atentado quedó sin esclarecerse. Lo único que hubo, en aquel momento, fueron unos misteriosos panfletos que arrojaron sobre la guarnición firmados por una “Fuerza de Tareas 4″, en los que se cuestionaba a Ríos Ereñú por haber desacreditado las Fuerzas Armadas.

El ataque a Raúl Alfonsín, por fortuna, no se concretó. Pero el primer presidente de la democracia sufriría otros dos atentados en su vida luego de terminar su mandato. El primero de ellos fue el 5 de octubre de 1989, cuando detonaron un explosivo fuera de sus oficinas de Ayacucho al 100 en la ciudad de Buenos Aires. Y el segundo, en San Nicolás, cuando una persona intentó dispararle en un acto, el 23 de febrero de 1991.
El 19 de mayo de 1986, el presidente radical visitaba el Tercer Cuerpo del Ejército de Córdoba donde habían puesto un explosivo que podía haber acabado con su vida

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