Los recuerdos más profundos de la infancia de Ju Young Lee no tienen grandes escenas. No hay cumpleaños extravagantes ni viajes inolvidables. Lo que permanece intacto en su memoria son las sensaciones. El vapor. El silencio. El ruido del agua caliente. Las manos de su madre limpiándole la espalda mientras permanecían sumergidas durante horas en unas termas de Corea del Sur.
“No me acuerdo exactamente qué hablábamos con mi mamá. Lo que me quedó fue otra cosa: cómo me tocaba, cómo me hacía entender las cosas, cómo nos comunicábamos sin hablar”, dice hoy, a sus 43 años, desde Argentina, el país que terminó eligiendo para vivir después de una vida atravesada por viajes, mudanzas, búsquedas y decisiones drásticas.
Los domingos de termas: “Aprendí algo sobre la calma, sobre el cuerpo y sobre el cuidado”
Ju Young nació en una ciudad costera del sudeste de Corea del Sur y creció junto a sus dos hermanas en una familia bastante tradicional. Su padre era profesor y trabajaba lejos de casa, mientras que su madre se ocupaba prácticamente sola de la crianza de las tres chicas. “En Corea era muy normal eso. Aunque mi papá no fuera machista, el hombre trabajaba afuera y la mujer se hacía cargo de todo lo de la casa. Mi mamá hacía muchísimo”, recuerda.
Pero dentro de esa rutina agotadora había algo que jamás faltaba: los domingos de termas. “Para mí era un ritual sagrado. Nos levantábamos temprano y nos íbamos a estos lugares que allá son muy comunes. No son como las termas de acá solamente en la montaña. En Corea hay centros enormes con distintas piletas, temperaturas, saunas, espacios de descanso. La gente pasa horas ahí. Y no es un lujo, es algo cotidiano, una manera de descansar el cuerpo y recargar energía”.

Sin embargo, para ella había algo todavía más profundo en esa experiencia. Su mamá había perdido gran parte de la audición cuando era joven y usaba audífonos. Pero al entrar al agua debía quitárselos y quedaba completamente aislada del sonido. “Entonces nos comunicábamos de otra manera. Con la mirada, con las manos, con los gestos. Yo sentía que esas horas con ella eran un nivel de conexión distinto. Me limpiaba la espalda, yo la limpiaba a ella y era una caricia. Había vapor, silencio, agua caliente y una sensación muy fuerte de protección. Creo que ahí aprendí algo sobre la calma, sobre el cuerpo y sobre el cuidado”.
Décadas más tarde, después de cruzar medio continente en motorhome, quedar atrapada en Panamá durante la pandemia y regresar temporalmente a Corea, ese recuerdo terminaría convirtiéndose en el centro de su vida.
Pero antes pasó por muchos otros mundos.

Un origen, muchos mundos
Cuando terminó la universidad decidió viajar a la Argentina. “No sé explicarlo bien, pero yo estaba muy atraída por Buenos Aires. Vine joven y empecé a trabajar enseguida”, cuenta. Había estudiado producción de televisión y documentales y rápidamente comenzó a colaborar para canales coreanos haciendo coberturas periodísticas en América Latina.
“Hacía de todo. Noticias internacionales, cultura, fútbol, notas de color, política, lo que surgiera. Era una época muy intensa y yo trabajaba muchísimo”, recuerda.
“Cuando nació mi hijo fue muy natural decidir quedarme acá”
Y fue justamente el periodismo lo que terminó cruzándole la vida con Matías, el argentino con quien después formaría una familia. La escena parece escrita para una película independiente. Corría el año 2010 y en Argentina se debatía la ley de matrimonio igualitario. Ju Young estaba cubriendo el tema para un canal coreano y necesitaba imágenes de una marcha a favor del proyecto. Ese día asistió al casamiento simbólico de una pareja de hombres que se había convertido en emblema de la lucha por la igualdad. El Registro Civil estaba desbordado de periodistas y camarógrafos.

“Yo estaba desesperada buscando material y me acerqué a varios periodistas. Mati estaba ahí trabajando con una cámara y le pedí si me podía pasar unas imágenes. Él convenció a su jefe para dármelas y bueno… algo pasó ahí”, cuenta entre risas. Desde entonces, esa se convirtió en la historia oficial de cómo se conocieron.
El amor avanzó rápido y poco tiempo después llegó su primer hijo. “Cuando nació mi hijo fue muy natural decidir quedarme acá. Yo estaba completamente enamorada de Buenos Aires, de la forma de vivir de los argentinos, de cómo reciben a la gente. Y también sentía que quería criar a mis hijos acá y no en Corea”, señala.
Con el tiempo se mudaron a Escobar buscando un poco más de verde y tranquilidad. Después nació el segundo hijo y la vida parecía encaminarse hacia una rutina estable. Hasta que reapareció una vieja idea.
Años antes, Ju Young y Matías habían entrevistado a la familia Zapp, los argentinos que recorrieron el mundo en un auto clásico y cuya historia inspiró a miles de viajeros. “Ese día nos quedó la sensación de que nosotros también podíamos hacer algo así. Como que nos plantaron una semilla”, grafica.
La oportunidad apareció cuando un amigo les contó que alguien necesitaba vender urgente un motorhome. El hijo mayor tenía seis años y el más chico apenas uno. Aun así, decidieron lanzarse.
“Fue una locura total. Alquilamos la casa y salimos. La idea era llegar a Alaska, pero en realidad no teníamos un tiempo definido ni un plan demasiado estructurado”, advierte.
Dos años en Motorhome: “Los chicos mostraban sus cortos frente a todo el pueblo”
Durante dos años recorrieron América Latina a otro ritmo. No viajaban como turistas. Se quedaban semanas enteras en cada lugar, hacían vínculos con las comunidades y organizaban talleres audiovisuales para chicos. “Nosotros sentíamos que recibíamos muchísimo amor de la gente. Nos abrían las puertas de sus casas, nos daban comida, nos dejaban bañarnos, nos ayudaban en todo. Entonces queríamos devolver algo”, dice.
Así empezaron a realizar pequeños talleres de cine comunitario en pueblos, escuelas y comunidades indígenas. Los chicos escribían historias, actuaban, filmaban y terminaban proyectando los cortometrajes frente a todo el pueblo. “Fue una experiencia increíble. En la Amazonia, en Perú, en montañas, en lugares donde quizás nunca habían tenido contacto con cámaras o con cine. Nosotros nos quedábamos bastante tiempo porque queríamos conocer de verdad la vida de la gente”, evoca.
Ese viaje también modificó por completo su manera de entender la vida cotidiana. “Cuando vivís viajando te das cuenta de que necesitás muy poco. Conseguir agua, cocinar, dormir y estar juntos. Nada más. Es como volver a lo esencial”.
Pero todo se frenó abruptamente cuando llegaron a Panamá. Después de atravesar América del Sur, tuvieron que despachar el motorhome porque el Tapón del Darién impide seguir por carretera hacia Centroamérica. Al poco tiempo, el mundo se paralizó por la pandemia.
“Quedamos atrapados. No podíamos avanzar ni volver”, repasa.
La situación fue angustiante. Durante meses permanecieron cerca de la frontera con Costa Rica gracias a la ayuda de familias panameñas que les ofrecieron refugio. Pero la incertidumbre crecía y Ju Young, además, sufrió situaciones de discriminación por ser asiática. “En ese momento ser oriental era complicado. Había mucha violencia, mucho miedo. Yo me sentía muy observada”.
Finalmente tomaron una decisión difícil: abandonar el motorhome y regresar a Corea.
Pero el regreso a su país tampoco fue sencillo. “Corea estaba muy controlada sanitariamente y eso daba seguridad, pero emocionalmente yo no me sentía cómoda. La sociedad estaba muy dura. Muy exigente. Muy cerrada”. Además, asegura que no quería ese estilo de vida para sus hijos. “Allá la vida de los chicos es triste. Mucha presión, mucha competencia. Yo extrañaba muchísimo Argentina”.
El regreso a la Argentina en 2023: “Necesitaba parar”
Pasaron dos años esperando que la situación económica y social mejorara un poco para volver. Y finalmente regresaron en 2023.
“Cuando llegué otra vez a Escobar sentí que necesitaba parar. Habían sido muchos años viviendo según lo que iba pasando, resolviendo urgencias, moviéndonos constantemente. Necesitaba sentarme y preguntarme qué quería de verdad para mi vida”, reflexiona.
Entonces apareció nuevamente aquella sensación de la infancia: el agua caliente, el silencio, la calma.
“Empecé a pensar: si tengo que descartar todo y quedarme con una sola cosa, ¿qué elijo? Y la respuesta era esa sensación. Estar sumergida en agua caliente, sentirme abrazada, protegida, tranquila”, confiesa.
Así comenzó, casi sin darse cuenta, a reconstruir el ritual coreano que había marcado su niñez. Una empresa le cedió en préstamo una gran tina exterior, armó un sistema a leña y empezó a grabar contenidos audiovisuales. Al principio era algo íntimo, casi personal. Pero las imágenes comenzaron a viralizarse y muchas mujeres empezaron a escribirle.
“Me decían: ‘Yo quiero vivir eso’. Y ahí entendí que había una necesidad muy profunda”, dice.
Con el tiempo, aquella experiencia tomó forma y nació Makaku (@makaku.house), un espacio que hoy funciona en Escobar y donde Ju Young recrea esos rituales de agua caliente, descanso y pausa que aprendió de chica junto a su madre.
“Muchas mujeres llegan agotadas, sobrecargadas, con ansiedad, con estrés. Y yo siento que hoy necesitamos recuperar esos espacios de pausa sin culpa. Poder descansar, sentir el cuerpo, desconectarnos un rato del ruido”, agrega.

Cuando habla de todo eso, inevitablemente vuelve a pensar en su mamá, en las termas, en el vapor y en el silencio.
Y en aquella niña coreana que jamás imaginó que algún día cruzaría el mundo entero para terminar recreando, del otro lado del planeta, el recuerdo más profundo y amoroso de su infancia.
Ju Young Lee trabajó en televisión, se enamoró de un argentino y se lanzó a cruzar el continente con sus hijos en una casa rodante. Volvió a Corea y eligió regresar a Escobar, donde recreó un ritual que marcó su infancia

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