Las guías alimentarias son herramientas educativas basadas en evidencia científica: traducen recomendaciones nutricionales en consejos prácticos, simples y culturalmente apropiados.

En las últimas décadas, los países las actualizan periódicamente y las usan para promover hábitos saludables y prevenir enfermedades crónicas.

Estados Unidos acaba de publicar una nueva edición de sus guías alimentarias. Como ocurre cada vez que ese país actualiza sus lineamientos, el efecto se siente más allá de sus fronteras: influye en programas públicos, en la industria y en tendencias que luego se replican en otras regiones.

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Por eso, en esta columna propongo revisar lo bueno, lo malo y lo peor de estas recomendaciones.

Lo bueno

Énfasis en cereales integrales

Un cambio para valorar es el énfasis en los granos/cereales integrales: aquellos que conservan las tres partes del grano (salvado, endospermo y germen), en lugar de agrupar por igual a integrales y refinados. No es lo mismo un pan blanco que un pan integral, aunque ambos se llamen “pan”.

Además, la meta de ingesta propuesta es de 2 a 4 porciones diarias. Para dimensionar el cambio: la pirámide de 1992 (la más antigua y recordada) ubicaba a los cereales (pan, arroz, pastas) en la base y sugería 6 a 11 porciones por día, sin diferenciar integrales de refinados. Las guías 2015–2020 ya habían bajado esa cifra a 6.

Proteína

Otro mensaje fuerte es: «Priorice los alimentos proteicos en cada comida”. En la práctica, desplaza el eje desde los hidratos de carbono (históricamente en la base de la alimentación) hacia un mayor protagonismo de las proteínas.

De hecho, la recomendación pasa de 0,8 g/kg/día a 1,2–1,6 g/kg/día de peso corporal, según los requerimientos calóricos individuales, aunque hay evidencia de que la mayoría de los estadounidenses ya consume cantidades suficientes.

Dentro del grupo de alimentos proteicos, se destaca la recomendación de incluir fuentes vegetales: legumbres, frutos secos y semillas.

Lácteos

Otro punto relevante es el mensaje “Consuma lácteos”. Esto cobra peso si consideramos la caída del consumo de leche (sobre todo en la infancia), muchas veces reemplazada por agua o bebidas azucaradas. La meta propuesta es de 3 porciones de lácteos por día.

Las guías también estimulan la lactancia materna hasta los 2 años o más y sugieren discontinuar el uso de fórmula a partir del año, reemplazándola por leche de vaca entera. Además, recomiendan introducir alimentos potencialmente alergénicos desde los 6 meses, con el objetivo de disminuir el riesgo de alergias alimentarias.

Más frutas y verduras

También sugieren una meta de 3 porciones diarias de vegetales y 2 de fruta. Es una decisión clave para aumentar la fibra y los micronutrientes (vitaminas, minerales y antioxidantes), en un contexto donde el “hambre oculta” (la carencia de micronutrientes) afecta a una parte importante de la población mundial y no respeta fronteras económicas ni educativas.

Por último, se destaca la importancia de la fibra y de alimentos fermentados para favorecer la diversidad de la microbiota intestinal.

Lo malo

El problema es el desequilibrio: se le asigna un lugar desproporcionado a las proteínas, con especial énfasis en las fuentes animales, mientras la fibra queda relativamente relegada.

Esto, además, dialoga mal con la evidencia sobre los beneficios de sostener patrones alimentarios más basados en plantas, tanto para la salud humana como para reducir el impacto ambiental de los sistemas alimentarios.

En materia de grasas, las nuevas directrices vuelven a darle visibilidad a alimentos con alto contenido de grasas saturadas (carne roja, lácteos enteros, manteca) e incluso sugieren cocinar con manteca o grasa vacuna.

Al mismo tiempo, sostienen el límite clásico de grasas saturadas por debajo del 10% del valor calórico total. La pregunta es inevitable: ¿cuán realista es cumplir ese límite si estos alimentos se vuelven “protagónicos” en la recomendación cotidiana?

Es cierto: hoy ya no se “demoniza” a todas las grasas saturadas, y algunas (como el ácido butírico presente en lácteos) podrían tener efectos beneficiosos. Pero, en términos poblacionales, seguir estas recomendaciones podría dificultar, si no volver casi imposible, que muchas personas se mantengan por debajo del límite de grasas saturadas.

Las nuevas guías le asignan un lugar desproporcionado a las proteínas, con especial énfasis en las fuentes animales. Foto Shutterstock.

La propia guía admite que se necesitan más investigaciones para precisar qué perfiles de grasas optimizan la salud; sin embargo, existe evidencia sólida sobre los beneficios de priorizar grasas monoinsaturadas (aceite de oliva, frutos secos) y poliinsaturadas omega 3 (pescados y algunas semillas).

Lo peor

En estas nuevas guías aparecen contradicciones internas que, más allá de lo técnico, alimentan una sospecha recurrente: cuánto pesan los consensos científicos y cuánto pesan los intereses sectoriales en la redacción final.

¿Hubo conflictos de interés? No es posible afirmarlo desde aquí, pero sí existe desconfianza en parte de la comunidad científica y de salud pública sobre si el texto prioriza de manera consistente la salud poblacional o si queda demasiado alineado con los intereses de la industria agroalimentaria y cárnica.

Contradicciones en torno a las proteínas: llama la atención el énfasis en la carne vacuna y el lugar relativamente menor que ocupan pescados y mariscos, aun cuando muchas guías internacionales los priorizan por su perfil de grasas.

Además, la versión definitiva se habría apartado en algunos puntos de recomendaciones basadas en evidencia presentadas inicialmente por el Comité Asesor, un panel de investigadores independientes.

Otro giro es el foco comunicacional: el texto insiste con fuerza en reducir los azúcares agregados (incluso propone un umbral por comida) y en evitar alimentos “altamente procesados”, aunque el encuadre sobre sodio y el grado de procesamiento queda menos operativo de lo que necesitarían escuelas, instituciones y políticas públicas para implementarlo con claridad.

El lenguaje que usan alrededor de los procesados también es problemático: reconocen las preocupaciones sobre estos productos, pero recurren a una terminología amplia y, por momentos, vaga. El resultado es una guía práctica insuficiente para quienes deben traducirla en menús, compras o regulaciones.

Por último, la gráfica resulta confusa: ubica en un mismo plano opciones con evidencia desigual, como el aceite de oliva, la manteca y la grasa vacuna, lo que puede interpretarse como equivalencia.

En síntesis: estas guías parecen un paso en la dirección correcta cuando invitan a bajar el consumo de harinas refinadas, aumentar las proteínas, y vegetales, a recortar azúcares agregados y alimentos altamente procesados.

Pero acumulan contradicciones (sobre todo en grasas y en el lugar de la carne roja) y decisiones comunicacionales que pueden confundir. Ojalá no se conviertan, sin más, en un modelo a copiar. Menos aún ahora que la Argentina está en pleno proceso de revisión de sus propias guías alimentarias.

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