La escena que se hizo viral por estos días es la siguiente: una supuesta historiadora les explica a las estrellas del circuito que esa vasija que está frente a ellos perteneció al antiguo Imperio Romano, que tiene miles de años y que cuando se hicieron las últimas tareas de reconstrucción en el Foro Itálico apareció intacta. La broma consiste en que la mujer, ante un descuido del jugador en cuestión, tira al piso la vasija que se rompe en 1.000 pedazos. Entonces, los gestos de estupor de muchos de ellos («Yo no la toqué», «¿Qué pasó si no me moví?», «¿Fuiste vos, cierto?», dicen y se preguntan algunos) son dignos de una película. Por supuesto esa vasija no tiene los miles de años del antiguo Imperio Romano pero el Foro Itálico, el escenario de uno de los torneos más importantes del mundo que aquellos tenistas protagonizan, encierra una historia fantástica, digna de sus batallas sobre el polvo de ladrillo al pie del monte Mario, una de las colinas que rodean a Roma.

El Masters 1000 y WTA 1000 de Roma no tiene la modernidad de Australia, el romanticismo de Roland Garros, la tradición de Wimbledon o el show de Flushing Meadows. Tampoco está rodeado de bellezas naturales como las de los ATP de Gstaad o Kitzbuhel, donde las canchas están metidas entre soñados valles alpinos. Pero el torneo sabe utilizar a fondo su historia. Y todos -aún por TV- la disfrutan en esta época del año. Es la historia, además, de un complejo deportivo único.

El legado de Benito Mussolini sigue muy vivo en la Roma actual. El líder italiano del régimen fascista que fue de 1922 a 1943 quiso dejar su huella a través de la arquitectura y entre 1928 y 1938 mandó construir el majestuoso Foro Itálico.

El Foro Itálico. REUTERS/Claudia Greco

La utilización que Mussolini hizo del deporte es, por ejemplo, el eje de un artículo escrito por Felipe Barker que vincula esa manipulación con los desafíos que el deporte mundial enfrenta en estos tiempos. El artículo se titula “Cuando el deporte tomaba el té con Mussolini” y allí queda claro que usó al deporte como lo hicieron otros dictadores en la historia.

Su objetivo era claro: seducir a Henri de Baillet Latour, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), para que Roma recibiera los Juegos Olímpicos. El belga Baillet Latour había sido uno de los organizadores de los Juegos de Amberes 1920 que terminaron siendo un éxito a pesar del corto plazo de preparación y de la situación de su país tras la Primera Guerra Mundial. Sucesor del barón Pierre de Coubertin, elogiaba la importancia que Mussolini le daba al deporte y tras una visita a Roma les informó a sus pares del COI “el cuidado que pone el ‘Duce’ en proporcionar a la educación física en Italia los recursos más perfectos. El progreso alcanzado en el ámbito del deporte en Italia no es más que el resultado justo de una organización maravillosa”.

Es que las inversiones en estructura deportiva y el interés por mostrar a sus deportistas como una bandera lograron que Italia tuviera fuerza en el panorama mundial en distintas disciplinas. Sus héroes eran el piloto Tazio Nuvolari -el más grande en la era de la Pre Fórmula 1- o el boxeador Primo Carnera o un campeón olímpico de atletismo, ciclismo, esgrima, remo, gimnasia, lucha, tiro o yachting. Incluso Mussolini designó al propio secretario del partido fascista, Achille Starace, al frente del Comité Olímpico Nacional Italiano (CONI) en una muestra más de la importancia que le daba a la política deportiva.

El Foro Itálico, donde se disputa el Masters 1000 de Roma. REUTERS/Ciro De Luca

La dirigencia deportiva italiana se alineó con él y llevó a su país numerosas competencias internacionales. Entre las más relevantes estuvieron los Juegos Mundiales Estudiantiles de 1933 en Turín –el antecedente de la Universiada- en los que incluso el atletismo argentino logró una medalla de plata a través del garrochista Diego Pojmaevich.

Esos Juegos se desarrollaron en el flamante estadio Mussolini, en Turín, y, al inaugurarlos, Starace terminó su discurso con la frase habitual: “Saludo al Duce”.

La organización de esos Juegos, así como la del Mundial de fútbol de 1938 estimularon a Mussolini para pretender hacer los Juegos Olímpicos. Así, Italia los pidió para 1940 pero el COI se los dio a Tokio. Entonces se reservó los de 1944. No hubo Juegos en 1940 y tampoco en 1944 por la Segunda Guerra Mundial. Su sueño, por esa razón, se truncó al menos por un par de décadas.

De todos modos el Foro Itálico fue durante muchos años el símbolo del poder del deporte italiano y también el símbolo del fascismo, tanto que en un primer momento se lo llamó Foro Mussolini.

Con el paso del tiempo sufrió varias remodelaciones en las que se lo modernizó y amplió sus capacidades aunque manteniendo su estilo arquitectónico. Y es que a pesar de que hace ya casi un siglo se colocó la primera piedra para la construcción del complejo, aún queda mucho de lo que Mussolini quiso crear.

En el Foro Itálico está el Estadio Olímpico que comparten Lazio y Roma en la serie A de fútbol; el estadio de Mármol, una pista de atletismo rodeada por 60 estatuas construidas con ese material y que miden unos cuatro metros de altura para representar diferentes acciones deportivas -en su interior se levanta año a año una de las principales canchas del torneo de tenis-; y el estadio de Natación que fue inaugurado recién en 1959 y albergó las pruebas de ese deporte, saltos ornamentales, waterpolo y parte del pentatlon de los Juegos Olímpicos de 1960.

Pero además en el complejo, por ejemplo, funciona el poderoso CONI que, para no ir muy lejos en el tiempo, recibió de parte del gobierno italiano 1.200 millones de dólares para destinar a la infraestructura de los recientes Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026. Y también, muy cerca del edificio del CONI y de un puñado de sedes de asociaciones deportivas nacionales, está la única universidad italiana dedicada a las ciencias deportivas.

En el Foro Itálico se destacan sus escenarios deportivos, claro, pero también un grandioso obelisco en honor a Mussolini en el que se puede leer la frase “Mussolini Dux”.

Allí, dentro de todo ese tsunami de historia y deporte, se viven días intensos. Y el caos es importante. ¿Por qué? La asociación que representa a los clubes de fútbol le pidió a la organización del torneo de tenis que cambie el horario de la final masculina del domingo para que no coincida con la del clásico Roma-Lazio (ambos eventos estarán separados por unos 200 metros). La propuesta ni siquiera mereció una respuesta por parte de los organizadores. Así se certificó un cambio en la jerarquía deportiva italiana: manda el tenis y el fútbol se adapta.

Es que hace no tanto un partido del fútbol italiano hubiera desplazado cualquiera de tenis sin discusión. Pero las prioridades cambiaron. Italia se quedará sin jugar su tercer Mundial consecutivo y su fútbol atraviesa una profunda crisis de identidad; Sinner, en cambio, es uno de los grandes fenómenos deportivos del país. El torneo de tenis, además, genera millones de euros, no deja de crecer y en 2028 incluso tendrá su cancha central cubierta. En definitiva, el fútbol debió adaptarse y el gran partido romano cambió su horario. La policía quería que se disputara el lunes; la Liga presionó para jugarlo el domingo más temprano. Todo terminó en manos de la Justicia y entre la tensión y la amenaza de los hinchas de boicotear el encuentro, Roma-Lazio arrancará cinco horas antes de la final del último gran torneo previo a Roland Garros.

La superposición entre ambos mundos ya se había hecho visible el miércoles cuando el Darderi-Jódar se interrumpió por el humo de las bengalas que celebraron el título de Inter en la Copa Italia. Mussolini, fanático de Giuseppe Meazza, no lo hubiera permitido…

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