Cierto día, Fernando Caíno perdió la brújula. Con un buen trabajo remoto en el área de tecnología, se había mudado desde Buenos Aires a Mendoza junto a su expareja con la idea de empezar una vida juntos. Creía que todo se hallaba encaminado, pero, tras ocho años de relación, su historia de amor llegó a su fin y Fernando no supo qué hacer: “Quedé medio descolocado. Ya no me sentía cómodo en Mendoza y volver a Buenos Aires lo veía como un retroceso personal”, cuenta al rememorar aquellos días.

Deseoso de encontrar un cambio y la felicidad perdida, Fernando decidió que era tiempo de viajar, algo que siempre le había encantado, pero a lo que no le dedicaba el tiempo suficiente. Por una u otra razón, nunca había tenido esa libertad absoluta para recorrer el mundo a su ritmo. Ahora, sin pareja y sin responsabilidades a su cargo, decidió renunciar y lanzarse a la aventura.

A nadie le llamó la atención su decisión, lo único que generaba intriga era saber hacia donde iba a ir. Pero, en el fondo, era otra la pregunta que había comenzado entretejerse en su historia: ¿Qué cambia realmente con este tipo de viajes?

Fernando Caíno en el lago de Kolsai,  Kazajistán

¿Arraigarse o seguir en movimiento?: “El pasado y el futuro quedaron relegados”

Empezó con un clásico: España en modo turista aunque con la idea de hallar un rincón que lo enamorara y lo impulsara a quedarse. Durante un mes recorrió varios puntos del país ibérico, y si bien quedó prendado de Granada y Barcelona, sintió que debía seguir, e incluso sumar un desafío de la mano de su pasión por el trekking.

Decidió rescatar un viejo sueño y realizar El Camino de Santiago completo, dejó la idea del arraigo de lado y se lanzó a esa experiencia, que resultó magnífica y donde todo lo demás pasó a un segundo plano: “Lo único que importaba era llegar al próximo pueblo al día siguiente. El pasado y el futuro quedaron relegados, y fue mi manera de conectarme con el presente».

En Santiago de Compostela, tras finalizar el Camino.

“Me encantó la experiencia, y además me permitió conocer gente de todo el mundo, cada uno con su propia historia detrás y con experiencias que yo también quería hacer”, cuenta.

Tras culminar El Camino de Santiago las revelaciones fueron varias, entre ellas, que todavía no era tiempo de parar. Fernando optó por cruzar a Marruecos, siguió camino a Italia y pasó Año Nuevo en Dubái, para luego lanzarse hacia un mundo más extraño aún dentro de Asia y la Ruta de la Seda.

La misa en la catedral al finalizar El Camino de Santiago.

El impacto de la India, los tabúes y la magnífica China: “Están varios años adelante en muchos aspectos, incluso comparado con Estados Unidos y Europa”

Fernando pasó tiempo en India, Sri Lanka y Nepal, luego siguió desde China hacia Turquía, pasó por Mongolia, Asia Central y el Cáucaso. En su aventura, combinó el transporte local, ir a dedo y mucho trekking, en especial en el Himalaya, Nepal, Kirguistán y Georgia, donde se sumergió en verdaderos paraísos.

En Georgia.

De todos aquellos destinos, hubo uno que lo impactó de sobremanera. Cuando llegó a la India, Fernando se preguntó cómo hacía ese país para avanzar y no desmoronarse entre tantas millones de personas con grandes desigualdades y realidades conviviendo al mismo tiempo. Como a tantos otros, no lo dejó indiferente con sus religiones en tensión, ciudades caóticas, ruido constante, suciedad, y diversidad de lenguas.

“En lo social vi temas sensibles. La homosexualidad sigue siendo bastante tabú. Varias veces se me acercaron jóvenes a preguntarme si me gustaría tener algo con ellos. Me decían que cuando ven a un extranjero solo suelen animarse porque no está el riesgo de ser juzgados por su comunidad. En general, me contaban que nadie en su familia sabía y que solían usar las apps de citas para tener encuentros con extranjeros. Por otro lado, los matrimonios arreglados todavía son comunes, especialmente en algunas regiones del sur, y muchos jóvenes lo ven como algo normal, es más, me decían que a ellos les daba fiaca andar buscando y que sus padres iban a saber mejor que él o ella quién les convenía”.

Con el dueño de un restaurante en Nueva Delhi

“Pero al mismo tiempo, tienen aspectos que hace imposible no quererlos, la hospitalidad de la que tanto se escucha es verdad, sumado a la espiritualidad presente en la vida diaria. Personas con las que hablé tan solo unos minutos me invitaron a comer, me llevaron a pasear, me preguntaban de Argentina, de Messi, de mis estudios y mi vida. Son muy curiosos y sociables. Sumado a la rica historia que tienen como país, a la comida deliciosa, a los paisajes diversos, India se terminó ganando un lugar entre mis favoritos”, revela.

“China, por otro lado, me encantó, fue, probablemente, el país que más me sorprendió y uno de los que más disfruté. Siento que están varios años adelante en muchos aspectos, incluso comparado con Estados Unidos y Europa. Para mí, el presente y futuro pasa por acá”, continúa.

En Yangshuo, China, un país que lo enamoró.

“Además, llegué con ciertos prejuicios basados en experiencias previas con los chinos de Argentina y la realidad fue muy distinta. Me encontré con gente sumamente amable, sociable, curiosa y abierta a interactuar con extranjeros. Más de una vez, cuando decía que era de Argentina, además de mencionar a Messi, surgía el tema de las Islas Malvinas. Lo tienen bastante presente porque lo comparan con el caso de Taiwán, y eso generaba cierta empatía en las conversaciones”.

“Sí es cierto que existe la barrera idiomática, ya que la mayoría no habla inglés, pero las nuevas generaciones lo están incorporando cada vez más, así que viajar por China seguramente será cada vez más fácil. Más allá de eso, todo funciona de manera impecable, el transporte, trenes, servicios, es un país seguro, limpio y muy bien organizado. Me voló la cabeza y estoy seguro de que voy a volver”.

Una comida compartida en Tayikistán.

La brújula perdida, una Navidad cercana y una decisión: “Me pasó sentirme vacío”

Mientras su brújula seguía buscando un norte, Fernando se encontró en países donde la hospitalidad parecía correr en los genes. En Tayikistán, en la remota región del Pamir, conoció a los tayikos (de origen persa) y otras etnias que le abrieron las puertas de sus casas para comer y hasta pasar la noche: “Muchas veces sin hablar una palabra del inglés”, relata.

En Kirguistán vivió situaciones similares y conoció a dos parejas que pasaban allí sus vacaciones y lo invitaron a pasar el día con ellos. También coincidió con varios viajeros de China en otros países y reconoció su espíritu colectivo, que mantienen incluso fuera de su nación: “Personas que no se conocían entre sí, pero que al compartir espacio se organizaban como una gran familia, y me invitaban a sumarme sin pensarlo”, asegura. “En Armenia, a pesar de su historia dura, también encontré una hospitalidad genuina”.

Con un grupo de chinos con los que compartió varios días en Georgia. (Fernando comparte sus aventuras en su blog: (https://elprismadefer.com/)

Pero, a pesar de la enorme calidad humana en el camino, algo había comenzado a picar en el corazón de Fernando. Estaba en Turquía, hacia un frío extremo y la Navidad se acercaba. Por primera vez, sintió con fuerza que era tiempo de parar, al menos por un tiempo, de retornar a esa zona de confort que ahora se sentía tan lejana.

“Ya no estaba tan entusiasmado como antes, nada me estaba sorprendiendo ya, estaba desganado y necesitaba reconectar con mi entorno cercano. También extrañaba cosas simples como comer una buena milanesa o una pizza, facturas. Ya había pasado unas fiestas solo en Dubái, mirando los fuegos artificiales sobre el Burj Khalifa en medio de una multitud y me pasó sentirme vacío. Esta vez necesitaba algo más cercano”.

Año Nuevo en Dubái

¿Qué es lo que realmente cambia en este tipo de viajes?

¿Qué es lo que realmente cambia en este tipo de viajes? había sido la pregunta que emergió en un comienzo de a poco, para luego cobrar fuerza. El regreso, en un principio, fue pura alegría. Reencuentros, charlas para ponerse al día, verano en Buenos Aires. La ciudad brillaba con una mirada nueva, de turista. Fernando retomó vínculos e incluso volvió a estar en pareja.

Pero algo comenzó a faltar una vez más. Fernando, el hombre que había perdido la brújula, entendió que hay espíritus arraigados y otros nómades, y que es complejo luchar contra la propia esencia. A veces, el propio norte no es un destino, sino el desafío de seguir: “Ese bichito curioso no descansa y de a poco empieza a pedir nuevos desafíos”.

Fernando, el hombre que había perdido la brújula, entendió que hay espíritus arraigados y otros nómades, y que es complejo luchar contra la propia esencia. A veces, el propio norte no es un destino, sino el desafío de seguir: “Ese bichito curioso no descansa, y de a poco empieza a pedir nuevos desafíos”.

“Esa pregunta ¿qué cambia realmente con este tipo de viajes? me la hice varias veces. Porque después de un viaje así, algunos me decían: `¿te cambió la vida, no?´. Y la verdad es que no lo siento tan así”, dice Fernando, pensativo.

“Sí, tuve un montón de vivencias, conocí muchísimo, caminé más que nunca, y me queda la sensación de autorrealización por haber superado tantos desafíos por mi cuenta. Pero hoy estoy de nuevo en Buenos Aires, en un punto similar al que estaba antes de irme. Claramente no soy el mismo, pero no siento que haya sido una transformación radical, sino más bien una suma de experiencias que me van moldeando de a poco, pero sin la necesidad de romper todo y empezar de cero”.

“Aprender, aprendí un montón. Por un lado fue la mejor clase de historia y geografía que pude haber tenido. Me da lástima que en Argentina no se profundice en regiones que tienen mucha historia detrás. ¿Por qué sabemos tan poco de Asia Central? Imperios como el Imperio timúrida o el Imperio mongol, o las distintas dinastías de China, son fascinantes. Muchas veces nos quedamos con una mirada más occidental, centrada en el Imperio romano, el Imperio bizantino o figuras como Alejandro Magno. Sería bueno ampliar un poco el foco y mirar más hacia Asia”.

“Otra cosa que aprendí fue a convivir con el desapego. No suena muy bien, pero en un viaje donde estás en constante movimiento, conocés personas con las que generás conexiones profundas y, al poco tiempo, hay que despedirse porque cada uno sigue su camino, es triste. Al principio cuesta, pero cuando se repite una y otra vez, aprendés a aceptarlo con más naturalidad”.

“Pero al mismo tiempo, entendí lo importante que es compartir. Muchas veces estaba frente a lugares increíbles y sentía la necesidad de comentarlo, de vivirlo con alguien más. A veces coincidís con gente que conocés en el camino y eso ayuda, pero otras veces tenía ganas de compartirlo con alguien más cercano, con quien conservar ese momento. Por eso ahora me propuse que, en un próximo viaje, me gustaría vivir esos momentos únicos, con alguien cercano”.

​Un evento inesperado lo llevó a dejarlo todo y salir al mundo; en el camino vivió grandes aventuras, pero algo lo trajo de regreso a la Argentina y despertó varios interrogantes  

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