Era 1918 y la Primera Guerra Mundial entraba en su último tramo. Después de cuatro años de combate, la guerra ya no se libraba sólo en las trincheras: también pesaban la moral de los pueblos, la propaganda y esos gestos capaces de herir el orgullo del enemigo o encender la fe propia. En ese clima empezó a tomar forma una operación tan arriesgada como extraordinaria: el vuelo de la escuadrilla La Serenissima sobre Viena.

Hacía más de un año que el plan se venía preparando. No era una misión cualquiera. Exigía confiar en la autonomía todavía incierta de los aviones italianos, que debían cruzar el flanco meridional de los Alpes y avanzar durante cientos de kilómetros sobre territorio enemigo. Había en esa idea un desafío técnico, pero también una apuesta temeraria. Por eso se demoró tanto. No bastaba con el arrojo: hacía falta que coincidieran la máquina, el clima y la voluntad.
El primer intento fue el 2 de agosto de 1918, pero la niebla obligó a los pilotos a regresar casi de inmediato. El segundo, previsto para el 8 de agosto, también quedó frustrado antes de empezar por el viento. Recién al tercer intento, el 9 de agosto, el plan encontró su hora. Y también su lugar en la historia.

Esa mañana, poco antes de las seis, once Ansaldo S.V.A. despegaron de San Pelagio rumbo a Viena. Eran aviones rápidos y ligeros, adaptados para una travesía excepcional; uno de ellos, un biplaza modificado, llevaba a Gabriele D’Annunzio junto al piloto Natale Palli. La unidad tenía un nombre ya cargado de sentido: la 87ª Squadriglia “La Serenissima”, llamada así en homenaje a la antigua República de Venecia y marcada con el león de San Marcos como emblema. Desde su bautismo, la escuadrilla era algo más que una unidad aérea: era una imagen de prestigio, de memoria y de ambición italiana.
La formación, sin embargo, empezó a deshacerse muy pronto. Algunos aparatos tuvieron que volver y otro se vio obligado a aterrizar cerca de Wiener Neustadt. Los demás siguieron adelante y, después de cruzar los Alpes y avanzar sobre territorio enemigo, alcanzaron la capital del Imperio austrohúngaro.

Cuando los aviones aparecieron sobre Viena, no llevaban bombas para arrasar la ciudad, sino panfletos. Desde el aire dejaron caer cientos de miles de volantes con los colores de la bandera italiana. El gesto buscaba producir un efecto político y moral antes que un daño material: Italia quería demostrar que podía llegar hasta el corazón del enemigo y, al mismo tiempo, convertir ese alcance en una escena.
Los panfletos tenían diferentes textos. El que más impactó a los vieneses fue redactado por el periodista Ugo Ojetti, amigo de D’Annunzio. Estaba traducido al alemán y por eso llegaba de manera directa a sus destinatarios. Decía, en esencia, que Italia podía arrojar bombas, pero prefería lanzar “un saludo tricolor”; que no hacía la guerra a mujeres, niños y ancianos, sino al gobierno austrohúngaro y a su alianza con Alemania; e invitaba a los vieneses a desconfiar de las promesas de victoria y a mirar de frente el cansancio y las privaciones que imponía la guerra.
La policía de Viena se apresuró a recoger y destruir esos papeles, pero el efecto ya estaba hecho: los italianos habían llegado hasta allí.
El texto escrito por D’Annunzio era más solemne, más exaltado, más fiel a su estilo. Pero, como no fue traducido al alemán, su efecto resultó menor. Pero el objetivo de D’Annunzio no pretendía persuadir a nadie, si no darle una forma literaria a la escena.
El poeta-soldado
Cuando subió al avión, Gabriele D’Annunzio no era un militar profesional ni un aventurero improvisado. Era, ante todo, un escritor famoso. Poeta, novelista, periodista y orador, había alcanzado en Italia una celebridad rara para un hombre de letras. Lo leían, lo admiraban, lo criticaban. Su nombre ya era una presencia pública mucho antes de la guerra.

Había nacido en Pescara, en 1863, y desde muy joven mostró no sólo talento para escribir, sino también una habilidad especial para construirse a sí mismo. Le gustaban el lujo, la fama, la belleza, el exceso y la atención. Tenía una intuición muy aguda para el efecto de las palabras, pero también para el efecto de los gestos. Entendía que la modernidad no sólo se escribía: también se representaba. Por eso la guerra le ofreció algo más que una causa patriótica. Le ofreció un escenario nuevo. Allí podía unir la acción, el riesgo, la retórica y la imagen pública en una sola figura: la del poeta-soldado.
D’Annunzio no quería limitarse a cantar la epopeya. Quería vivirla. Además de la incursión sobre Viena, participó en otras operaciones que tenían audacia militar y representación simbólica. Antes de Viena, en febrero de 1918, participó en una audaz incursión naval en la bahía de Buccari (hoy Bakar, Croacia). La acción tuvo escaso efecto militar, pero un enorme eco simbólico: los italianos entraron, lanzaron torpedos, dejaron mensajes burlones y se retiraron. D’Annunzio entendió enseguida el valor de aquella escena y la convirtió en mito. No había sido tanto una victoria como una humillación. Y eso, en una guerra agotada, también contaba.
Eso no quiere decir que todo en él fuera pose. Había valentía real, gusto por el peligro y una voluntad sincera de intervenir en su tiempo. Pero también quería ser recordado.

Tal vez por eso llamó la atención de Mussolini, con quien tuvo una relación ambigua. Por un lado, el dictador admiraba en él algo clave: había entendido antes que nadie que la política moderna también se construía con símbolos, rituales, balcones, uniformes, arengas y escenas memorables. De ese repertorio el fascismo tomó mucho. Pero D’Annunzio no era un hombre fácil de absorber. Tenía una fama propia, anterior al régimen, y una voluntad de independencia que lo volvía incómodo.
Mussolini lo honró, lo rodeó de prestigio y lo convirtió en una figura nacional, pero prefirió mantenerlo lejos del poder real. Más que un aliado dócil, veía en él a un posible rival.
En sus últimos años, D’Annunzio vivió en el Vittoriale, su residencia monumental sobre el lago de Garda, cada vez más retirado de la vida pública, aunque nunca del todo ausente del imaginario italiano. Murió allí en 1938, en Gardone Riviera, y fue enterrado en ese mismo lugar.

La escuadrilla de D’Annunzio en la Argentina
General Rodríguez, 1935. Cuando el inmigrante napolitano Antonino Mastellone pensó en un nombre de fantasía para su joven empresa láctea, que por entonces solo producía muzzarella y ricota, recordó aquella escuadrilla legendaria. La bautizó “La Serenissima”, en honor a D’Annunzio. Aunque luego decidió quitarle una “ese” para que el nombre fuese más fácil de leer para los argentinos.
Un vuelo sobre Viena que se convirtió en leyenda

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