El lanzamiento del Plan Estratégico de Desarrollo por parte del gobernador Sergio Ziliotto despierta interés y expectativa en sectores de la política, la Producción y el Trabajo; mientras que las referencias libertarias, incluso el pampeano Adrián Ravier, empiezan a caer bajo sospecha por diversas trapisondas y se derrumba como castillo de naipes la falacia de su superioridad moral.
Una de cal…
El gobierno pampeano expuso esta semana una iniciativa de fondo que, al menos en el plano conceptual, merece ser atendidas con seriedad: un plan de Desarrollo Económico y Productivo pensado como hoja de ruta para los próximos años, con diagnóstico del presente, mirada estratégica y una vocación explícita de anticiparse a escenarios que ya asoman tanto en el mundo como en la realidad más cercana de la provincia.
El gobernador Sergio Ziliotto mostró satisfacción por el trabajo de elaboración, sostenido desde distintas áreas del Estado y con protagonismo de organismos que en esta etapa vienen teniendo centralidad, como la Agencia I-COMEX y el Banco de La Pampa.
Pero además dejó entrever otra expectativa política: que la propuesta no quede encerrada en una presentación oficial ni en un gesto de gestión, sino que funcione como disparador de una conversación más amplia, capaz de sumar actores, corregir desvíos y fortalecer coincidencias.
Hubo, en ese sentido, señales que pueden leerse como auspiciosas. Intendencias, cooperativas y cámaras empresariales participaron con interés de una convocatoria que buscó mostrar algo más que un programa de gobierno: la intención de construir un horizonte.
En tiempos donde la coyuntura suele devorarse cualquier discusión de mediano plazo, el solo hecho de poner sobre la mesa una planificación productiva, con eje en el desarrollo, la inversión y el empleo, ya tiene un valor político en sí mismo.
Ziliotto subrayó que «no faltó nadie», en alusión a la diversidad de sectores convocados. El entusiasmo del oficialismo puede encontrar ahí una razón atendible: no sobran, en la Argentina de estos días, las escenas donde el Estado provincial convoque a pensar el futuro y encuentre interlocutores dispuestos a sentarse, escuchar y discutir.
La paradoja fue que una de las ausencias más visibles no estuvo precisamente fuera del sistema político, sino adentro. Faltaron legisladores de distintos espacios, pero sobre todo dirigentes del propio peronismo ligados al ultravernismo, que en simultáneo prefirieron mostrarse en una mateada sectorial para ponerle picante a la pelea interna.
La postal tuvo una carga simbólica difícil de disimular: mientras una parte de la provincia intenta discutir una agenda de desarrollo, otra hace una apuesta a la liturgia de la disputa interna, que traduce ambiciones legítimas, pero que no deja de ser un interés más sectorial que pensando en el bien común.
Ese contraste no invalida la potencia de la propuesta oficial, pero sí vuelve a recordar una vieja dificultad pampeana: incluso cuando aparece la oportunidad de discutir el porvenir, nunca falta quien elija refugiarse en los intríngulis del día a día partidario.
…y una de arena…
Cada día aparecen nuevas pruebas de que la dirigencia libertaria que llegó al poder envuelta en una supuesta superioridad moral, señalando con el dedo a una «casta» corrupta, parasitaria y decadente, no era otra cosa que una versión apenas maquillada —y en algunos aspectos agravada— de aquello que decía venir a erradicar. La autoproclamada renovación resultó una estafa política, discursiva y también ética.

Esa fuerza que blandía la motosierra como símbolo de limpieza institucional y prometía «cambiar las cosas» quedó rápidamente enredada en una sucesión de episodios que revelan opacidad, negociados, tráfico de influencias, enriquecimiento, marketing financiado de modo oscuro y un ejercicio del poder atravesado por la mentira sistemática.
La contracara de las políticas públicas de crueldad, del ajuste salvaje y de la insensibilidad como doctrina, aparece así en su forma más descarnada: una forma de vida dedicada al lujo, la farándula, la especulación y la impunidad.
La Libertad Avanza rompió desde el comienzo su contrato electoral. Esa fue su primera gran defraudación. No vino a combatir a la casta: vino a ocupar su lugar, a perfeccionar sus peores vicios y a cubrirlos con una retórica de odio, cinismo y demolición del adversario.
Lo que asoma no es una anomalía ni una suma de casos aislados, sino un modo de construcción política basado en la sobreactuación, la manipulación y la estafa como método.
La cadena de descomposición suma eslabones sin pausa. El 3% de Karina Milei, el escándalo de Libra y la criptocoima de 5 millones de dólares, los movimientos reservados de Manuel Adorni, las contrataciones directas de familiares del poder, las timbas financieras de Toto Caputo y su entorno, o los vínculos oscuros que salpican a José Luis Espert y a otros referentes libertarios, forman parte de un mismo paisaje: el de una dirigencia que hizo del doble discurso una práctica cotidiana y del saqueo una hipótesis demasiado verosímil.
La falacia también golpea en La Pampa. Adrián Ravier, convertido en figurón de la Fundación Faro y vocero de un conservadurismo agresivo, deja ver por estas horas algo más que sus posicionamientos ideológicos: empieza a asomar un costado menos transparente, más turbio y directamente sospechoso.
El negocio de las campañas políticas puso a esa organización bajo una lupa inevitable. Manejó cifras siderales, desplegó gastos millonarios en redes sociales y aceitó una maquinaria de propaganda de enorme escala sin ofrecer explicaciones convincentes sobre el origen del dinero utilizado.
Ese es el núcleo del problema. No se trata solo de la hipocresía de quienes se presentaron como cruzados de la moral pública mientras reproducían prácticas que huelen a podredumbre. Se trata de que la verdadera casta terminó siendo esta: la que llegó prometiendo barrer privilegios y armó, en tiempo récord, un dispositivo de poder tan opaco, tan inescrupuloso y tan degradado como aquello que decía combatir.
eldiariodelapampa.

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