En la década de 1980, Japón creó una práctica revolucionaria que hoy conquista el mundo: el shinrin-yoku o baño de bosque. Esta técnica, que significa “absorber la atmósfera del bosque”, se presenta como un antídoto contra el estrés urbano y una forma de reconectar con la naturaleza para mejorar nuestra salud física y mental.
La práctica ha trascendido las fronteras niponas y encuentra cada vez más adeptos en Occidente, donde los profesionales de la salud comienzan a reconocer sus múltiples beneficios. Los baños de bosque son una práctica validada internacionalmente, que consiste en caminar despacio y en silencio por un bosque, prestando atención a los aromas, texturas, sonidos, colores y sensaciones.

Sin celular. Sin objetivos. Sin apuro. Como dice la ingeniera forestal Ana Lupi (del INTA-Instituto de Suelos, CIRN), quien también es guía certificada en baños de bosque y coach ontológico: “No se trata de hacer ejercicio, sino de estar presentes, abrir los sentidos, dejarse abrazar por el bosque”. Argentina, con sus 47,9 millones de hectáreas de bosques nativos distribuidos en siete regiones forestales, posee un escenario privilegiado para implementar esta forma de ecoterapia que combina prácticas legendarias con evidencia científica contemporánea.
La ciencia comprobó que el contacto con la naturaleza: reduce cortisol, baja la presión arterial, mejora el estado de ánimo, favorece el sueño reparador y disminuye la ansiedad.
Estos hallazgos validan los efectos terapéuticos que los investigadores han documentado durante décadas. Los estudios liderados por el doctor japonés Yoshifumi Miyazaki, un reconocido profesional que realizó los primeros experimentos sobre este tema en el mundo y que ha publicado varios libros sobre baños de bosque, prueban que caminar apenas quince minutos en un bosque reduce el cortisol, baja la presión arterial y eleva el ánimo.

Los colores verde y azul, característicos de los entornos naturales, tienen efectos neuronales específicos. Estos tonos cromáticos desencadenan respuestas fisiológicas medibles que se traducen en beneficios concretos para la salud. “Todas las gamas del verde y de los azules tienen un alcance neuronal que se transforma en reducción del cortisol”, explica la especialista. La reducción del estrés constituye apenas el punto de partida de una cascada de beneficios fisiológicos.
Lupi describe cómo “el solo hecho de caminar y estar tranquilo disminuye el estrés. La práctica regular de esta actividad impacta en la presión sanguínea, en el colesterol, en la relajación muscular. La clave es la reducción del cortisol que provoca todo lo demás”.
Dos horas semanales de baño de bosque alcanzan para percibir efectos sostenidos en la salud mental.
Los bosques ofrecen beneficios adicionales a través de compuestos químicos específicos. Algunas especies arbóreas, como los eucaliptos, liberan sustancias que, al ser inhaladas, fortalecen el sistema inmune. “Hay bosques que tienen especies cuyas hojas desprenden unas moléculas volátiles, que se llaman terpenos. Cuando uno las inhala obtiene un efecto positivo sobre el sistema inmune”, detalla la ingeniera forestal.

El contacto físico directo con la naturaleza también aporta beneficios únicos. “El hecho de tocar la tierra implica estar en contacto con microorganismos que hacen bien y que fortalecen el sistema inmune. Estar en la naturaleza nos fortalece frente a las enfermedades”.
Esta integración de la ecoterapia en los sistemas de salud representa un cambio paradigmático hacia enfoques más holísticos del bienestar. Los beneficios para la salud mental resultan particularmente significativos. La práctica regular genera efectos medibles en el estado emocional y cognitivo de los participantes. “Si uno practicara con regularidad los baños de bosque, podría alcanzar grandes beneficios para la salud mental: más tranquilidad, más creatividad, más empatía y menos emociones negativas”, enumera la especialista.

La dosificación recomendada para obtener resultados óptimos ha sido establecida a través de investigaciones específicas. “Se ha estudiado y recomendado que para tener un buen efecto lo ideal es una dosis semanal de dos horas de baño de bosque”, indica Lupi. Esta prescripción específica permite una implementación sistemática de la práctica como parte de rutinas de autocuidado.
El desarrollo de la actividad combina momentos de exploración sensorial con espacios de reflexión personal. “Durante el transcurso de la actividad, se puede mirar el entorno, tal vez escribir, armar un objeto con algo que la naturaleza haya descartado. Hay momentos para estar uno solo y después compartir”, explica la experta. El desafío puede empezar con actividades de conexión con la naturaleza. Una de estas es la huerta terapéutica, con distintas formas y aromas para sentir“ la tierra. Activa completamente el sistema sensorial.

La práctica puede iniciarse con actividades de menor complejidad que faciliten la adaptación gradual. “El desafío suele empezar con actividades de conexión con la naturaleza. Una de estas es la huerta terapéutica con distintas formas y aromas para sentir la tierra. Activa completamente al sistema sensorial”. Estas experiencias preparatorias resultan especialmente útiles para personas con poca experiencia en prácticas contemplativas.
El proyecto Urban Minddel King’s College London demostró que incluso el canto de aves o la presencia de árboles en ciudades genera un efecto restaurador inmediato. Este hallazgo resulta especialmente relevante para poblaciones urbanas que no pueden acceder regularmente a bosques naturales, y valida el hecho de que los beneficios del contacto con la naturaleza se extienden también a los espacios verdes metropolitanos.
Aunque el ideal es un bosque, la práctica puede adaptarse a parques urbanos, jardines, playas, montañas y huertas.
Los bosques urbanos adquieren una relevancia especial en este contexto. “Son estructuras clave en la ciudad”, enfatiza Lupi. Estos espacios representan oportunidades valiosas para que los habitantes urbanos accedan a experiencias de conexión con la naturaleza sin necesidad de desplazamientos prolongados.

La planificación urbana moderna incorpora criterios de proximidad a espacios verdes como requisito para el bienestar poblacional. “Hoy se recomienda que las viviendas no estén a más de 300 metros de un parque”, señala la especialista. La tendencia hacia una mayor integración de espacios naturales en el diseño urbano responde a una necesidad humana fundamental. Como reflexiona Lupi: “Todo tiende a que tengamos más contacto con la naturaleza porque en realidad somos así: el hombre primitivo vivía todo el tiempo a la intemperie”. Esta perspectiva subraya la importancia de reconectar con nuestro entorno natural como parte esencial del bienestar humano.
En varios países europeos y en Japón, médicos ya incluyen los baños de bosque como parte de tratamientos preventivos. Es un cambio de paradigma: la naturaleza como aliada directa de la salud pública.
El shinrin-yoku, desarrollado hace cuatro décadas y ahora validado por la ciencia moderna, ofrece una respuesta simple y poderosa a los desafíos de la vida contemporánea: volver a la naturaleza no como visitantes ocasionales, sino como parte integral de nuestro cuidado personal y colectivo.
Caminar sin apuro, respirar profundo, escuchar hojas y pájaros. El shinrin-yoku propone reconectar con la naturaleza como forma de cuidado físico y emocional. La ciencia ya respalda sus beneficios

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