Quién pudiera, al menos por un rato, ser parte del mundo de los observadores de aves. Binoculares en mano, a veces con botas y equipo impermeable, y siempre con el oído entrenado tanto para el silencio como para identificar, en los escasos remansos de la vida silvestre, el matiz de ciertos cantos, graznidos, arrullos. En el sur de Francia existe un imán para los amantes de la ornitología: el parque Pont de Gau en Saintes-Maries-de-la-Mer (Camarga). Creado en 1949, el parque continúa a cargo de la familia de su fundador, André Lamouroux y creció, de los 6.000 metros cuadrados originales, a unas sesenta hectáreas de extensión. Allí llegan devotos de las aves de todas partes de Francia, a identificar garzas, patos grandes y pequeños, migratorios y sedentarios. Y, sobre todo, a volver con la foto de alguna bandada de flamencos, las orgullosas estrellas del lugar.
Quién pudiera, al menos por un rato, ser parte del mundo de los observadores de aves. Binoculares en mano, a veces con botas y equipo impermeable, y siempre con el oído entrenado tanto para el silencio como para identificar, en los escasos remansos de la vida silvestre, el matiz de ciertos cantos, graznidos, arrullos. En el sur de Francia existe un imán para los amantes de la ornitología: el parque Pont de Gau en Saintes-Maries-de-la-Mer (Camarga). Creado en 1949, el parque continúa a cargo de la familia de su fundador, André Lamouroux y creció, de los 6.000 metros cuadrados originales, a unas sesenta hectáreas de extensión. Allí llegan devotos de las aves de todas partes de Francia, a identificar garzas, patos grandes y pequeños, migratorios y sedentarios. Y, sobre todo, a volver con la foto de alguna bandada de flamencos, las orgullosas estrellas del lugar.

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